De vacaciones en Cuelgamuros

Últimamente se está oyendo hablar mucho de posverdad, sobre todo en relación con Trump, que, como dice mi amigo Juan Aparicio Belmonte, “dice posverdades como puños”. Sin embargo, ya lo he advertido más de una vez, la posverdad es mucho más antigua de lo que parece; tanto que aquí en España casi no hay manera de distinguir una posverdad de una posmentira. Por ejemplo, lo de que la Guerra Civil Española fue una pelea de hermanos, lo de que no hubo ningún golpe de estado en 1936 -si acaso un botellón que se salió de madre-, lo de que la Transición española fue ejemplar o lo del 23-F así, en bloque.

Hace poco Victoria Prego escribió un artículo en El Independiente donde explicaba que los presos republicanos que levantaron el Valle de los Caídos fueron apenas un millar y además no iban en régimen de trabajos forzados, sino que tenían que solicitarlo por escrito, como si pidiesen vacaciones pagadas. Gracias al rigor periodístico -que corrige la miopía de historiadores como Paul Preston- hemos descubierto que Cuelgamuros era el Benidorm penal de la época. Prego terminaba el artículo con una posverdad himaláyica: que el Valle de los Caídos es uno de los pocos lugares de España donde pervive la huella física del Caudillo. Se le olvidó mencionar Casa Pepe, la Fundación Francisco Franco, cierto edificio de la calle Génova, el drama de los sesenta mil niños robados durante el franquismo y unos cien mil y pico cadáveres anónimos desperdigados y enterrados en las cunetas.

Superando el conocido principio propagandístico de Goebbels, que afirma que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad, la derecha española repite la misma trola doscientas mil veces hasta que se enteran los sordos. La posverdad es, más que nada, una cuestión de cansancio. Por eso Diego Gago, actual concejal del PP en el Ayuntamiento de Vigo y futuro presidente de Nuevas Generaciones, ha vuelto una vez más con la matraca de que a la Guerra Civil fue culpa de la república y de la confrontación social. No hubo ningún golpe de estado, ni una conspiración de generales golpistas, ni asesinatos en masa de población civil, ni apoyo diplomático, logístico y militar de Hitler y de Mussolini, sino una bronca de patio de vecinos que desembocó en lo que ustedes ya saben.

Las Nuevas Generaciones, como se ve, son más viejas que el papel higiénico y sirven para lo mismo. Vista desde la perspectiva de la posverdad, la Guerra Civil Española -de la que tanto y tan mal se ha escrito- daría para una teleserie de lo más divertida ambientada en una comunidad de vecinos, con Azaña como presidente de la comunidad, Sanjurjo como dueño de una zapatería en un bajo, Mola atrincherado en el ático y Franco en la portería, harto de que le pisen lo fregado y de los ladridos de los perros del quinto. “En la república no hay quien viva”. Es cierto que Franco tenía hechuras y psicología de portera de posguerra pero eso iba a ser llevar la posverdad demasiado lejos.