Actualidad del Guernica

Pocas obras de arte, por no decir ninguna, pueden disputar al Guernica el título de cuadro más emblemático del siglo XX. El más famoso también, sin duda alguna, gracias a sus indudables méritos estéticos, aunque por desgracia la obra maestra de Picasso es también una denuncia, una advertencia y una premonición: en la bombilla que estalla en lo alto del lienzo yo siempre he visto el resplandor de la bomba atómica. De sus efigies atroces, de la heráldica de sus animales despedazados, del pavor de esas bocas eternamente abiertas nace el alarido de la humanidad contra la guerra.

En un espacio de apenas ocho metros por tres y medio de alto Picasso pintó entero el siglo XX. El Guernica contiene por completo el horror de la Guerra Civil española y de todas las guerras habidas y por haber: los caballos rotos de la Primera Guerra Mundial y las ciudades truncas de la Segunda, los niños desollados vivos en Vietnam, las aldeas arrasadas de Afganistán, las matanzas étnicas en los Balcanes. En sus trazos secos y nerviosos puede rastrearse una genealogía de la barbarie que viene de los frescos apocalípticos de Giotto, los delirios infernales del Bosco, las decapitaciones de Caravaggio, las tinieblas caníbales de Goya, la carne fría y tumefacta de La balsa de La Medusa.

El Guernica cumple ochenta años y una multitud hace cola ante el Reina Sofía para acercarse a uno de los misterios centrales de la pintura: el plano en que dos dimensiones revelan el tiempo y la profundidad; el modo en que el blanco, el negro y el gris dan a luz la sangre. Picasso pintó el cuadro en 1937 por un encargo de la República para el pabellón de la Exposición Internacional de París y por culpa de su tamaño tuvo que trasladarse de su taller al ático de la fotógrafa Dora Maar, una de las mujeres con las que mantenía una complicada relación a tres bandas. Según una nota firmada por Max Aub, se negó a recibir dinero alguno por el encargo, aunque aceptó un pago de doscientos mil francos por los gastos de alquiler, transporte, bastidores y telas.

La anécdota más célebre y la más elocuente sobre el cuadro sucedió cuando unos soldados nazis irrumpieron en su domicilio de París y se toparon con la apabullante y casi abstracta carnicería, tan infantil, explícita y conmovedora como una pintura rupestre. “¿Usted hizo eso?” le preguntó un oficial. Picasso respondió: “Yo no: ustedes lo hicieron”. Tal vez más significativo aún sea el hecho de que el tapiz con la réplica del Guernica que hay en la entrada del Consejo de Seguridad de la ONU (autorizado personalmente por Picasso y donado por la familia Rockefeller) fue cubierto por una cortina azul en las repulsivas declaraciones de guerra contra Irak que hicieron en 2003, entre otros, Hans Blix, John Negroponte o Colin Powell. Los censores explicaron que el color azul queda mejor ante las cámaras y no les faltaba razón: no iban a hablar de las armas de destrucción masiva delante de un niño muerto.