Vivir deprisa

Ueli Steck se ha matado en el Nuptse, a unos 7.200 metros de altitud, cerca del C2 del Everest. Todavía no está muy claro cómo ha sucedido el accidente. En un primer momento se informó que descendía por una pendiente helada, “a toda velocidad y sin protección” cuando se produjo la caída mortal; después unos sherpas que descansaban en el C2 han corregido esta primera versión: estaba escalando un muro de roca cuando lo han visto precipitarse al vacío y de inmendiato han partido a ayudarlo. Encontraron su cuerpo al pie de la pared del Nuptse, la montaña que Steck pretendía escalar antes de acometer la travesía Everest-Lhotse.

The Swiss Machine, como apodaban al alpinista suizo, saltó a la fama en 2008 al pulverizar todos los records de velocidad en la cara norte del Eiger. Ocho años después, en 2015, batió su propia marca en más de una hora: únicamente 2 horas y 22 minutos, sin cuerdas ni arnés, para rebasar los 1.800 metros de desnivel de la mítica pared de los Alpes, el ogro que atrae todas las nubes negras del continente y cuyos hitos recitan de memoria los escaladores de todo el mundo. Verlo bailar ante el abismo, sin más ayuda que unos piolets y unos crampones, es un espectáculo que corta el aliento. Esa hazaña, sin embargo, quedó pequeña ante la proeza que llevó a cabo en el Himalaya: 28 horas de escalada en solitario a través de la terrorífica cara sur del Annapurna.

Cuando le reprocharon, ante la ausencia de pruebas que avalaran la ascensión, que era imposible que hubiera hecho cumbre en el Annapurna, replicó que nunca le había gustado alardear y que escalar montañas es una actividad que no aporta nada a la humanidad. En un sentido estricto puede que tuviera razón; en un sentido amplio sin duda se equivocaba, porque la aventura -como la música, el arte, la literatura, la ciencia o el sentido del humor- es uno de los rasgos que nos hacen específicamente humanos. Escalar montañas es uno de los últimos límites del conocimiento, como lo son las profundidades del mar, las llanuras de Marte o los desiertos blancos de la Antártida. Apenas quince años separan la conquista del Everest de la llegada del hombre a la Luna y ese breve lapso corrobora la sentencia de Apsley Cherry-Garrard: “la exploración es la expresión física de una pasión intelectual”. Si estuvieramos hechos de otra pasta, todavía no habríamos bajado de los árboles.

Uno de los principios fundamentales de la escalada es la rapidez y nadie lo llevó más lejos que Ueli Steck: cuanto menos tiempo pase el alpinista en la montaña mucho mejor para su salud. Dicho en otros términos, menos riesgo de que cambie el tiempo, sufra un accidente o caiga una avalancha. Alguien podría pensar que, aplicado a la vida, vendría a decir algo parecido al famoso mantra del actor James Dean: “Vive deprisa, muere joven y deja un hermoso cadáver”. No es verdad, ningún cadáver es hermoso, aunque caiga al pie del Everest, el sepulcro más hermoso del planeta. En el alpinismo la muerte siempre es un error, el último de todos.