El suicidio en diferido de Miguel Blesa

Decía Raymond Chandler en El simple arte de matar que los policías, esos tipos duros que apoyan los zapatos en el borde de la mesa, saben muy bien que el crimen más difícil de resolver es aquel que se le ocurrió al criminal cinco minutos antes de cometerlo. Y al contrario, los más sencillos de descubrir son esos rompecabezas urdidos mediante un cronómetro, una cápsula de veneno y un reloj de cuco en los que el asesino se pasa de listo. Por su propia naturaleza, el suicidio muchas veces resulta el misterio perfecto: no hay forma humana de establecer un móvil o de interrogar al culpable.

Con la investigación todavía en curso, las hipótesis más plausibles sobre la muerte de Miguel Blesa apuntan al suicidio o al accidente. Las menos plausibles apuntan a otra cosa. Quién sabe, Blesa era un tipo tan especial que hasta es posible que se suicidara. A pesar de la condena a seis años de cárcel, todavía no estaba claro, dados sus múltiples recursos, sus contactos y amistades, que fuese a entrar en prisión. La última vez que estuvo -una de las raras ocasiones en que un banquero español haya acabado entre rejas- fue por poco tiempo, salió por la puerta grande y el juez que se atrevió a enchironarlo se quedó sin trabajo.

Puede que la sombría perspectiva de cárcel lo condujera al balazo, pero algunos de sus amigos y colaboradores cercanos han comentado que no tenía carácter depresivo y que solía crecerse ante los problemas. Al fin y al cabo, como bien saben los tipos duros de Chandler, cualquier hombre puede hundirse en cinco minutos, en dos minutos, en un minuto: el tiempo suficiente para agarrar una escopeta y agujerearse el corazón. De algún modo, con varias décadas de retraso, Blesa ha escenificado aquella parábola terrible que imaginara Chejov: un hombre va al casino, gana un millón, vuelve a casa y se suicida.

Hace cosa de un año, se quejaba a sus íntimos de que la fianza que le habían impuesto lo había dejado sin recursos hasta el punto de que él mismo tenía que lavar, fregar, cocinar y plancharse la ropa. Debía de ser todo un espectáculo y también una experiencia límite para un hombre acostumbrado a que le hicieran incluso el nudo de la corbata. Cuando terminaba de pasar la mopa, Blesa se iba a cazar con sus amiguetes a una finca privada de dos mil hectáreas. La caza era una de sus grandes aficiones y ahora esas fotos obscenas donde presumía sonriendo entre la cornamenta de animales recién despanzurrados han adquirido una resonancia profética, como si Blesa estuviese ensayando la puntería cada vez más de cerca, probando el disparo definitivo, para el que tuvo que utilizar el dedo gordo del pie o quizá el palo del selfie.

Como aquel banquero anarquista de Pessoa, Blesa luchó toda su vida contra el maligno influjo del dinero mediante el procedimiento de amasar inmensas montañas de billetes por cualquier medio, sin contar con la posibilidad de que terminaran aplastándolo. Como Jaume Matas, Juan Vilallonga o Juan Manuel Hoyos, Miguel Blesa era uno de esos amigos íntimos de Aznar a los que el ex presidente se esforzó a fondo en olvidar en un admirable ejercicio de amnesia, una de esas pertinaces erratas de juventud que fue tachando en sus memorias línea a línea: llega a tachar una más y le dedica un tomo en blanco. En la crisis del 1929 eran los banqueros quienes se arrojaban por las ventanas pero en 2008 prefirieron arrojar a los clientes. Blesa es la excepción que confirma la regla: una víctima más del batacazo financiero, en diferido, como siempre en el PP.