A ojo de buen torero

La misma tarde en que una manifestación de PACMA en Madrid juntaba a miles de personas para protestar contra los festejos taurinos, el diestro Juan José Padilla -más diestro que nunca- organizaba un pequeño escándalo al saludar al respetable en la plaza de toros de Villacarrillo envuelto en una bandera franquista. Al día siguiente, domingo, las fotos de Padilla haciendo buenas migas con el aguilucho usurpaban por completo la noticia de la manifestación. Padilla -hay que reconocerlo- es mucho más fotogénico, aunque también es verdad que una foto de un torero envuelto en una bandera apestosa resume mucho mejor el contexto anacrónico del debate antitaurino a comienzos del siglo XXI.

Entre el parche de pirata y las patillas de bandolero, Padilla representa lo más granado de la España decimonónica y goyesca, esa España que aplaudía al tenebroso borbón Fernando VII al grito impenitente monárquico de “Vivan las caenas“. Las caenas ahora son mayormente televisivas, es decir, ideológicas, e imparten un concepto de cultura donde los toros están considerados el summum de la expresión artística. No es de extrañar que al Juli le concedieran el año pasado la Medalla a las Bellas Artes y a Pablo Motos la semana pasada el premio Nacional de Televisión en el área de Cultura, en una ceremonia presidida por los reyes y el ministro Méndez de Vigo. No está muy claro si fue por su labor de pedagogo al intentar enseñarle a tocar el violín al revés a Kiko Rivera, por cuando palpó a conciencia las nalgas esculturales de Mónica Naranjo y pidió un aplauso para ambas o por cuando incorporó a Van Gogh contra el Cansino Histórico en el programa de José Mota. Probablemente por todo junto.

Padilla dijo que, en el momento en que se lanzaron desde el tendido, no se fijó en que la bandera llevaba estampada el aguilucho franquista, algo lógico teniendo en cuenta su falta de visión por el lado izquierdo. A Padilla, un matador del montón, le extirparon el ojo izquierdo e inmediatamente adquirió fama nacional: una metáfora perfecta de la ceguera en el mundo del toreo y de la cultura española. No se veía otra igual desde que Millán-Astray paseaba su anatomía manca y tuerta por la Universidad de Salamanca al grito racial de “¡Viva la muerte!” Unamuno, rector de la universidad, se levantó después de aquella bárbara proclama y dijo lo siguiente:

Acabo de oír el necrófilo e insensato grito de ¡Viva la muerte! Esto me suena lo mismo que ¡Muera la vida! Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente, en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esa superioridad de espíritu es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán-Astray desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada.

En esa España seguimos, querido don Miguel, un país necrófilo e insensato que rinde culto a la muerte, que se refocila en las torturas bestiales infligidas a animales y que grita ¡abajo la inteligencia! envuelta en la asquerosa bandera del pollo negro.