El plasma que gobierna el mundo

David Torres

Cristina Cifuentes ha llegado a tal punto de confianza en temas judiciales que anunció una querella primero contra su antiguo compañero de partido Francisco Granados; luego otra contra la Universidad Juan Carlos I por haberle extraviado los papeles del máster; y ayer mismo una tercera contra los periodistas que levantaron el escándalo. En el momento en que el juez solicite el máster en cuestión pueden ocurrir muchas cosas, incluso que Cifuentes presente uno, aunque sea sin sellos acreditativos y con el logo de la universidad pintado a mano. Es una decisión arriesgada, ya que una de las asignaturas que constaba como “no presentada” era Financiación de las Comunidades Autónomas y las Entidades Locales, una materia en la que Cifuentes ha demostrado sobradamente una ignorancia a prueba de investigaciones.

Con un máster hecho por un político ocurre lo mismo que con una novela escrita por un presentador de televisión: que lo mejor es recurrir a un profesional. Por ejemplo, a un amigo mío (no puedo citar el nombre) le encargó un célebre pope especializado en un área recreativa muy concreta (tampoco puedo citar el nombre del pope ni del área) un libro que podía considerarse como el compendio de su sabiduría sobre el tema. Así lo consideraba él, de hecho, cuando después de pasarle toneladas de información y cientos de volúmenes, un día le advirtió muy serio: “Esmérate, que ésta es la obra de mi vida”. El resultado fue, desde luego, espectacular, un libro de referencia, pero no hubiera sido posible sin esa indicación previa. La cultura del esfuerzo, tal y como se entiende hoy día, consiste en que se esfuercen los de siempre.

La impresionante actividad mediática de Cifuentes en las últimas semanas la ha llevado a inaugurar una nueva modalidad judicial: la telequerella. Tal vez hubiera sido mejor estrategia permanecer callada mientras el escándalo del máster era sepultado por el maremoto de la detención de Puigdemont en Alemania. Al fin y al cabo, al público le da igual que un político tenga un máster de más o de menos, e incluso es muy posible que considere que uno falsificado tiene más mérito. Sí, quizá lo más fácil era enseñar las notas que acrediten la titulación y el trabajo de fin de máster, pero desde que Cifuentes se afilió al PP, ya sabía que el camino fácil estaba descartado y que no había otro remedio que tirarse por un barranco. Dice que iba a barrer debajo de las alfombras, cayera quien cayera, y debajo de las alfombras no había ni suelo.

Puestos a caer, la presidenta Cifuentes ha elegido directamente el puenting sin cuerdas ni paracaídas mediante el procedimiento de imitar al presidente Mariano en su histórica comparecencia por plasma. La telepresidencia es el futuro de la humanidad mientras una sala llena de periodistas delante de una pantalla plana resulta la definición perfecta del periodismo del siglo XXI, como los monos danzando ante el monolito de Kubrick. A la espera de una señal de inteligencia, no nos queda más remedio que seguir danzando y tirando palos contra el monolito, quiero decir, artículos. Con Puigdemont teledirigiendo la república en suspensión vía twitter y Cifuentes lanzando telequerellas por control remoto, puede ser que el plasma ya se haya adueñado de las riendas del gobierno. Lo malo es que parece que estuviera sintonizado en Tele5.