Opinion · Punto de Fisión

Trilogía de la guerra

Una de las muchas maravillas que pueblan Trilogía de la guerra, la última novela de Agustín Fernández Mallo, es el encontronazo fortuito entre Marx y Einstein que se produce cuando uno de los personajes descubre que en una copia facsímil del manuscrito de El Capital guardada en un museo de Compostela hay una notación en letras griegas que se utilizaría décadas más tarde para expresar la frecuencia de una onda electromagnética dividida por la velocidad de la luz. Es el equivalente científico de aquel célebre cruce que hizo Lautréamont entre un paraguas y una máquina de coser, un choque poético teñido de resonancias inesperadas. Sin embargo, lo que parece un chiste o una simple curiosidad para eruditos se transforma en estupor cuando poco más adelante alguien, la novia de ese mismo personaje, señala que la caligrafía de Einstein y la de Marx son muy similares. La sospecha de que el concepto de lucha de clases pudiera entretejerse en los estratos microscópicos de la realidad a través de las fórmulas de la física cuántica da una idea del alcance y la profundidad de este libro, un volumen de una imaginación portentosa, que no es sólo el más ambicioso y perfecto logrado por Fernández Mallo hasta la fecha sino también la demostración de que su poética ha revelado al fin una ineludible dimensión política, una dimensión que, por otra parte, siempre estuvo allí, aunque muchos no supieran o no quisieran verla.

No podía ser de otro modo en un libro que comienza en la isla de San Simón, una antigua leprosería que tras la guerra civil se convirtió en un espantoso campo de concentración para presos políticos y combatientes republicanos. A través de las viejas fotografías de un libro llamado Aillados, y del contraste entre la belleza del presente y el horror del pasado, el primero de los narradores acomete una indagación a la vez científica y literaria, un viaje plagado de sorpresas, lecturas, descubrimientos y años en blanco, que lo lleva hasta un tenebroso Central Park donde se topará con los fantasmas de Lorca y de Dalí y con la aterradora y profética lectura de uno de los grandes poemas de Poeta en Nueva York. Porque lo que interesa al narrador (y también a Fernández Mallo) no es tanto el anverso sino el reverso de la realidad, la cara B del siglo XX, nociones perturbadoras como la idea de que la basura forma la materia prima de la Historia, de que los muertos forman la red social más grande del planeta o de que los vivos somos también fantasmas de nosotros mismos. La cara oculta de la Luna.

La estructura fractal, analógica, llena de armónicos y correspondencias, se sostiene gracias a un inagotable flujo narrativo, un formidable caudal de historias en el que Fernández Mallo -que es ante todo poeta y se considera deudor de los universos de Lynch o de Sebald- le pide prestado el telar a Penélope y el puro placer de contar a Sherezade. De continente a continente, de la porcelana china a Las Meninas de Velázquez, de Nueva York a Uruguay, del alunizaje del Apolo XI a las playas desoladas del desembarco de Normandía, el libro va saltando a través de una geografía especular de las guerras que vertebraron la pasada centuria -Vietnam, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial- desenterrando fósiles y recuerdos que van encajando en varias grandes preguntas sin respuesta: qué es la guerra, qué es la civilización, qué es lo que hace que una guerra sea un signo de civilización con sus reglas y sus leyes.

En la segunda parte la acción se traslada a los Estados Unidos, al relato de Kurt (el cuarto astronauta del Apolo XI, del que nadie tiene noticia porque es el que llevaba la cámara y no aparece en las fotografías), una novela dentro de la novela que empieza con la llamada de un policía a la puerta y que termina en otra alucinante historia de fantasmas. La tercera y última narración la protagoniza una mujer que emprende una caminata a pie por la costa normanda inversa a la que realizó Sebald por el litoral inglés antes de escribir Los anillos de Saturno: una caminata estrictamente interminable, puesto que, como descubrió Mandelbrot, una línea costera resulta virtualmente infinita. El final, con un grupo de refugiados que vuelven a la playa tras un naufragio, es inolvidable.

Conocí a Agustín Fernández Mallo hace ya muchos años, en la presentación de una antología de relatos de la que ambos formamos parte, y enseguida, a pesar de nuestras obvias diferencias, descubrimos unas cuantas pasiones comunes: Glenn Gould, Wittgenstein, Bach, Borges, Pat Metheny, la física cuántica, aunque en mi caso eso último es un amor imposible. Por la distancia que nos separa, no quedo con él tantas veces como quisiera, pero siempre que nos reunimos hay otra cosa aún más profunda que nos une: el humor, la certeza de que el humor es la mejor herramienta para escribir, para explorar el mundo y para enfrentarse a la vida. Aunque no lo parezca, este es un libro repleto de humor de la primera página a la última, lo cual no quiere decir que no sea serio, más bien todo lo contrario, es decir, terriblemente divertido. Un día Agustín me contó una anécdota de su juventud, cuando entró en un bar de La Coruña y se le ocurrió pedirles a unos sindicalistas un ejemplar de Mundo Obrero que estaban leyendo para consultar la programación televisiva. Lo miraron estupefactos hasta que uno dijo: “Tira, chaval. Anda, tira”. Esa equivocación, no obstante, alumbra uno de los principios esenciales de la novela: la sospecha de que es el error lo que hace avanzar el conocimiento, lo que provoca los hallazgos fundamentales de la ciencia y las grandes obras de arte, el moho que hizo que Fleming descubriera la penicilina y el Bosëndorfer de timbre nasal y con los pedales atascados que inspiró a Keith Jarrett su monumental improvisación en Colonia.

En una de las páginas finales del libro, aparece esta iluminación, típica del estilo de Agustín: “Tras novedades de última hora acerca del inminente Brexit, me entretuve con un partido de fútbol en directo, jugado al otro lado del Globo. La pelota iba de un lado a otro y pensé que hay algo aterrador al mismo tiempo que irremediablemente mágico en trescientos millones de personas volviendo la cabeza hacia la izquierda al mismo tiempo; quizá sea ése el último gesto verdaderamente comunitario que queda sobre la faz de la Tierra”. El televisor, esa ventana abierta al mundo. Tal vez a Mundo Obrero le habría ido mucho mejor de haber incluido la programación televisiva.