Opinion · Punto de Fisión

Mariano y Albert, pelea de tortolitos

La última encuesta del CIS mostraba a Ciudadanos convertida en la segunda fuerza política, por delante incluso del PSOE, con lo cual el panorama ideológico español, habitualmente volcado a la derecha, ha dado otro excitante giro a la derecha. El centro está ya tan sobrecargado, de Errejón a Rafael Hernando, que el hemiciclo podría hundirse en cualquier momento y provocar un socavón que se tragara las Cortes, la Diputación Provincial y el ala noble del Hotel Palace. Si antes ya era difícil distinguir entre el PP y el PSOE, ahora el problema se triplica con la irrupción estelar de los naranjitos, que se parecen a los populares como un premio Planeta a otro premio Planeta. Afortunadamente, hace tiempo que fundaron otro partido y le pusieron un nombre alternativo para diferenciarse de sus progenitores, porque si no, no habría manera.

Al igual que Freud aconsejaba matar al padre con el fin de culminar un buen Edipo, era fatal que Ciudadanos se levantara en armas contra el PP, aunque fuese en términos simbólicos. Es lo que hizo ayer Albert Rivera en una dramática pantomima durante la sesión de control del Congreso de los Diputados: ponerse en pie ante Mariano y estamparle en la cara que hasta aquí hemos llegado. Después, continuarán juntos el viaje, como hace Albert siempre que se le necesita. Allá donde los esqueletos de la derecha más corrupta de Europa se caen por la inercia de su propia podre, allá acude un albañil de Ciudadanos a aguantar el tenderete y que la mierda siga circulando a través de los circuitos democráticos. El gobierno de la Comunidad de Madrid, cuyas tuberías han terminado por reventar después de dos décadas de acumular zurullos, puede permitirse el lujo de continuar en pie gracias al firme sostén de Ciudadanos, un partido implacable con la corrupción. Que no placa ni una caquita, vamos.

Con esta maniobra psicoanalítica y fortalecido por las recientes encuestas del CIS, Albert se despojaba por fin de sus complejos de hijo único, postulándose como jefe de la oposición y candidato al trono paterno. Ha dicho en voz alta que ya no va a apoyarle en la aplicación del artículo 155 y Mariano, más padrazo que nunca, le ha respondido que se comporten con la misma lealtad que la gente del PSOE, que parecen uña y carne, cuando no parecen uña y roña. Ha quedado claro que Albert se ha ganado a pulso el nombramiento honorífico de jefe de la oposición, lo cual tiene mucho mérito porque oposición antes no había ninguna y, para lo que hace y para lo que se opone, el jefe actual, Pedro Sánchez, bien podría estar trabajando de encargado de planta de unos grandes almacenes a tiempo completo. O de maniquí en el escaparate.

Con todo, las desavenencias entre Mariano y Albert son más zarzueleras que otra cosa, una pelea de tortolitos en la que ya se sabe que los amores reñidos son los más queridos. Pudiera parecer que estamos desbarrando la metáfora al meter el incesto en medio del complejo de Edipo, pero es que lo de Ciudadanos y el PP, más que rivalidad, es hemofilia. La operación de reciclaje con que la nueva derecha va carcomiendo a la vieja derecha resulta muy similar a la campaña publicitaria con que la misma empresa que financiaba a la Coca Cola se inventó la Pepsi Cola con el fin de no dejar atrás ni un solo cliente. Afortunadamente, los clientes habituales de ambas formaciones son tan ingenuos que hasta encuentran diferencias entre ambas. Según las últimas encuestas, cuatro de cada diez votantes han perdido la confianza en el PP. Los seis restantes han perdido las gafas.