Opinion · Punto de Fisión

Una tortuga contra una ostra

Algo chungo se anunciaba en el horizonte cuando se supo que Manolo iba a entrar en el estadio de Moscú sin su bombo. El día anterior, llorando ante las cámaras, Manolo había pedido ayuda a la FIFA, al FBI e incluso al presidente español, Pedro Sánchez, para que mediara en este conflicto internacional, pero no hubo manera. Al igual que una rancia ley británica todavía considera la gaita escocesa un arma de guerra, el bombo de Manolo pertenece al ámbito de la guerra psicológica, una especie de polonio acústico que podría desalojar a media hinchada rusa y dejar sordos a los defensas y al portero contrarios. Las autoridades rusas sabían lo que se hacían: privarnos del bombo de Manolo era como si la Luftwaffe lanzara confeti.

Planificado por los anfitriones hasta sus últimos detalles, el partido se jugó a la hora de la siesta, horario español, y resultó, en efecto, soporífero. Eso a pesar de un primer gol tempranero e inverosímil, en el que Ramos se acostó a dormir sobre un defensa ruso y, a falta de los propios, tuvo que rematar con uno de sus tobillos. Poco antes del descanso, Piqué levantó un brazo para llamar un taxi que lo sacara del marasmo sin darse cuenta de que un ruso había rematado de cabeza. Lo demás fue una incesante e interminable sucesión de pases en que nuestro abrumador dominio del juego horizontal parecía no tener en cuenta el hecho de que en el fútbol se trata de meter gol. Si ambas porterías hubieran estado situadas sobre el círculo del medio campo podíamos haber ganado ampliamente de treinta o cuarenta, pero, una vez más, la fatalidad se cernía sobre la Roja.

A los diez minutos de partido, en un clímax de irrefrenable optimismo, uno de los comentaristas dijo que llevábamos 287 pases y los rusos sólo 51, de manera que alguien tuvo que explicarle el reglamento. A fuerza de querer penetrar en el área enemiga enviando el balón hacia atrás, la selección española estuvo a punto de redescubrir el rugby. De hecho, las únicas innovaciones técnicas a lo largo de las dos horas largas de tedio vinieron por parte de Camacho, que cada vez que agarraba el micro se las apañaba para improvisar un poema experimental. Puede que el espectáculo deportivo fuese algo menos emocionante que un campeonato provincial de petanca, pero como ejemplo de tenacidad fue algo único. No se veía nada igual desde un viejo documental de la BBC en que una tortuga intentaba follarse a una ostra.

Con una posición tan estática y con los rusos resignados a jugar al futbolín, lo único que cabía esperar era un infarto masivo del equipo rival por aburrimiento, un meteorito que descolocara la defensa o el propio bombo de Manolo que saliera a rematar botando desde la grada. Pero Manolo, ay, no tenía bombo, ni siquiera pandereta, y las repeticiones a cámara lenta de la delantera española ya salían al óleo. No pudo ser. Es muy triste, sobre todo, para las jóvenes generaciones de chavales acostumbrados a ver ganar a España al fútbol y a quienes les esperan unas décadas bien jodidas. Al menos este mundial ha alumbrado el primer avance tecnológico en el deporte desde la vuvuzela: se llama BAR, del ruso samovar.