Opinion · Punto de Fisión

Mujeres en hombres y viceversa

“La mujer perfecta es un hombre” decía el doctor House con no poca mala leche al descubrir que una supermodelo adolescente en realidad ocultaba a un hermafrodita. Ángela Ponce, una activista transexual (Miss Cádiz 2015, Miss España 2018, y aspirante al título de Miss Universo) asegura que el día más feliz de su vida fue cuando se sometió a la operación de cambio de sexo, que había tomado su existencia como un ensayo hasta el momento de su metamorfosis definitiva en el quirófano. Ponce ha decidido llevar la lucha por los derechos de los transexuales a la pasarela de los concursos de belleza, un podio desde el que combatir los prejuicios, pedir tolerancia y mostrar al mundo que ella sólo es “una niña más, una niña como otra cualquiera”.

No es una tarea fácil, a ella, desde luego, le costó muchos años aceptar la verdad. Sólo hay algo semejante a las presiones, recelos y tabús que soporta una niña encarcelada en un cuerpo de hombre, y es un niño prisionero en un cuerpo de mujer. Recuerdo que en el colegio donde cursé mis primeros años de E.G.B. había un chico muy afeminado, de los que pasean meneando las caderas y torciendo las muñecas, un chico de voz atiplada que tenía que soportar comentarios, burlas e insultos cada vez que abría la boca. Los más compasivos venían a decir que se trataba de “un error de la naturaleza”, pero estaba claro que la naturaleza allí poco tenía qué hacer: era la sociedad la que había decidido relegarlo al circo de los monstruos y los mariquitas.

Algún tiempo después me encontré, en mitad de la lectura de Poeta en Nueva York, con la Oda a Walt Whitman, de Lorca, y me chocó tropezar con unos versos que me parecieron furiosamente homófobos:

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,

contra el niño que escribe

nombre de niña en su almohada,

ni contra el muchacho que se viste de novia

en la oscuridad del ropero,

ni contra los solitarios de los casinos

que beben con asco el agua de la prostitución,

ni contra los hombres de mirada verde

que aman al hombre y queman sus labios en silencio.

Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,

de carne tumefacta y pensamiento inmundo,

madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño

del Amor que reparte coronas de alegría.

 

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos

gotas de sucia muerte con amargo veneno.

Contra vosotros siempre,

Faeries de Norteamérica,

Pájaros de la Habana,

Jotos de Méjico,

Sarasas de Cádiz,

Apios de Sevilla,

Cancos de Madrid,

Floras de Alicante,

Adelaidas de Portugal.

 

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!

Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,

abiertos en las plazas con fiebre de abanico

o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte

mana de vuestros ojos

y agrupa flores grises en la orilla del cieno.

¡No haya cuartel! ¡Alerta!

Que los confudidos, los puros,

los clásicos, los señalados, los suplicantes

os cierren la puerta de la bacanal.

Mucho se ha escrito sobre este pasaje de Lorca, pero es evidente que, en la España de la época, incluso en los ambientes intelectuales más liberales, ser homosexual no resultaba nada fácil incluso para Lorca. “¿Es verdad que eres maricón?” le preguntó con escasa sutileza un sorprendido Buñuel en la Residencia de Estudiantes, interrogante al que el poeta granadino respondió con un abrupto: “Tú y yo hemos terminado”. Lorca prefirió ocultarse ante su amigo, aunque no lo hizo demasiado bien, ya que en 1936 acabaría fusilado y uno de los que formaron el piquete, Juan Luis Trescastro, se jactó del asesinato con estas bestiales palabras: “Yo le metí dos tiros en el culo por maricón”.

En un debate televisivo emitido hace muchos años, alguien, de cuyo nombre ni me acuerdo ni quiero acordarme, dijo que Lorca era homosexual, sí, pero no afeminado, y el poeta Félix Grande le interrumpió: “¿Es que no podía ser afeminado? ¿Es que hay algo malo en ser afeminado?” Debe de haberlo cuando hace poco más de una semana, en Callosa de la Segura, un anciano salía indignado a protestar porque en el balcón del ayuntamiento habían colgado la bandera arcoiris: “En un ayuntamiento no se puede poner una bandera de gays, hostias, porque en Callosa no hay gays. El que sea maricón, que salga y que sea maricón. Aquí tenemos lo que tenemos”. En efecto, mientras sea el odio y no el amor el que grite impunemente en la calle, queda mucho camino por recorrer.