Opinion · Ecologismo de emergencia

Elegir carreras con salida, para el Planeta

Pilar Calvo 

Llega junio, adolescentes y jóvenes se preparan para afrontar la EBAU (Evaluación de Bachillerato para el Acceso a la Universidad). Comenzamos a hablar de notas de corte, del Grado, de carreras universitarias con salida.

El año pasado, en España, se presentaron a las pruebas de selectividad cerca de 300.000 alumnos, una cifra similar a la que lo harán este año y nos preguntamos ¿pueden 300.000 jóvenes cambiar el mundo y volverlo mejor?.

También podemos preguntarnos ¿Cuál es el objetivo a la hora de elegir la formación universitaria? ¿cuáles son sus fuentes de información para la toma de decisiones? ¿Qué desea la sociedad de la formación universitaria? ¿qué deseamos y aconsejamos las familias?.

Según el estudio Fuentes de información que utilizan los estudiantes de Bachillerato en la elección de carrera universitaria, publicado en Psicothema en 2016 por Débora Areces, Luis J. Rodríguez-Muñiz, Javier Suárez-Álvarez, Marisol Cueli y José Muñiz, de la Universidad de Oviedo, la información procedente de los padres y las páginas web de las universidades son las fuentes más utilizadas y valoradas por los estudiantes preuniversitarios.

La elección de carrera universitaria es para la mayoría de jóvenes un momento de indecisión y supone además un proceso de autodescubrimiento donde no solo intervienen las fuentes de información consultadas, sino que también influyen motivos de diversa naturaleza.

Hablamos de grandes grupos motivacionales: motivación intrínseca como interés por las relaciones personales, logro y prestigio, poder e influencia, superación de problemas afectivos y motivación extrínseca, prestigio de la universidad, salidas laborales, consideración social, aspectos vocacionales, influencia social y

ubicación geográfica. Si bien las motivaciones intrínsecas relacionadas con aspectos vocacionales e intereses personales han sido las más valoradas, dentro de las motivaciones extrínsecas han sido las referidas al prestigio de la universidad o a las futuras salidas laborales las que han recibido una mayor puntuación en el estudio citado.

De acuerdo con esto, pero para dar respuesta a algunas de las preguntas planteadas anteriormente volvemos a cuestionarnos ¿queremos sujetos felices, jóvenes con empleo, ser más competitivos en un mercado laboral difícil? Lo que nos lleva de nuevo a otra pregunta ¿qué mundo para qué personas y qué personas para qué mundo?.

Si bien hay un consenso sobre querer lo mejor para nuestra juventud, para nuestras hijas e hijos, quizá ese “mejor” responde en la actualidad a una estrategia de resistencia y lucha por los recursos naturales y sociales basado en un modelo del pasado, en una economía al servicio de unos intereses que han colapsado la sociedad que justo ellas y ellos van a habitar y tienen la oportunidad de transformar.

Es evidente la necesidad de un cambio de modelo, una transición ecosocial y urge que tanto familias como proyectos universitarios orientemos ese futuro cercano para solventar los grandes retos globales, ineludibles para quienes hoy están cercanos a su mayoría de edad.

“No hay Planeta B” reza una camiseta que suele ponerse mi hija de 16 años y pienso que nuestra generación ya no llega a tiempo para no avergonzarse de este mensaje que asumo como un reproche adolescente tan descarado como certero a una generación que muchas veces resolvemos los desafíos en un “sálvese quien pueda” sin considerar en su justa medida la ecointerdependencia generacional.

Ya no sirve la orientación hacia carreras que faciliten un trabajo rápido a costa de ser empleos que favorezcan modelos de producción y consumo depredador del entorno, o empleos que no sean dignos, con salarios injustos ni becas eternas ni aquello del “turismo laboral” perpetuo sólo para quienes se lo puedan permitir.

Si no somos capaces de relacionar estudios superiores y empleo verde no estaremos entendiendo el verdadero efecto transformador de la Universidad en las capacidades de nuestra fuerza estudiantil. Les estaremos encorsetando en modelos socioeconómicos en crisis que han vivido su máximo auge potenciando por ejemplo universidades privadas y cursos de posgrado que te preparaban para ser “el mejor” en una sociedad que se descompone y crean la ilusión de poder individualizado en una sociedad altamente tecnificada donde les faltará probablemente en unos años algo tan esencial como agua potable.

Hablamos de dar oportunidades y para ello debemos de cambiar de paradigma: No hay Planeta B.

Nuestra mejor recomendación será que en sus estudios aborden nuevas vías para erradicar la pobreza, terminar con los conflictos bélicos, favorecer la solidaridad entre pueblos y entre generaciones, que profundicen con estudios al máximo nivel en alternativas que aborden la equidad, la perspectiva de género, la protección de la biodiversidad y los ecosistemas, la economía circular, los modos de producción y el reparto de la energía limpia. O que aborden la ética de los cuidados, la mejora del bienestar animal o la renta mínima universal.

Y esto afecta por igual a las carreras científicas, las artísticas o las de humanidades, esa clasificación tan utilitarista y poco real para abordar los desafíos multifactoriales que nos toca vivir, pero desde la cuál se puede tener presente, aún con sus imperfecciones el desarrollo social, el emprendimiento responsable, una economía verde o el uso de tecnologías que mejoren nuestros hábitos destructivos de vida.

El mejor consejo y la mejor influencia para nuestra juventud es ayudarles a responder a la pregunta ¿en qué sociedad te gustaría vivir y cómo crees que puedes contribuir a ella? Somos ecointerdependientes, tendréis grandes retos y las carreras con más salida para tí son aquellas que permitan las mejores salidas para los colapsos del Planeta. Por eso la palabra, en este caso la Universidad, es un arma cargada de futuro. Comienza la carrera.

* Pilar Calvo Holgado es Miembro del Patronato de la Fundación EQUO