Palabras necesarias

25 Feb 2017
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Beatriz Gimeno
Escritora, activista y Diputada de Podemos en la Asamblea de Madrid

Alguien dijo en la pasada Asamblea de Vistalegre que no podemos acostumbrarnos a la moqueta o, que al menos, no puede gustarnos más la moqueta que el asfalto. Esa frase tiene un sentido evidente que comprende todo el mundo, pero tiene también una interpretación más simbólica que me preocupa. No podemos acostumbrarnos a la moqueta por la que nuestros pies caminan con comodidad, pero tampoco debemos acostumbrarnos a los discursos huecos que se usan en las instituciones y que en muchas ocasiones no tienen nada que ver con la realidad. Aunque cueste, y sabemos que cuesta, tenemos que seguir pudiendo decir en las instituciones lo que decíamos antes, lo que sabemos, lo que pensamos. Las instituciones no sólo cambian los comportamientos políticos, sino también muy fundamentalmente el lenguaje. Las instituciones ejercen una presión sobre el discurso que lo acaba no ya moderando, sino que lo transforma en un metalenguaje en el que los discursos de unos y otros son casi intercambiables, excepción hecha de algunas ocasiones, previamente pactadas, en las que hay que escenificar algún tipo de diferenciación. Se trata de que toda palabra proferida desde las instituciones aparezca como rodeada de un aura de “respetabilidad” que es, en realidad, aislamiento de la realidad social, de la realidad cultural o académica. La presión de los medios, de los demás partidos, la propia presión de la institución consigue que poco a poco los discursos pronunciados desde dentro se vayan atemperando hasta hacerse indistinguibles unos de otros. Y por supuesto que esto tiene consecuencias políticas y sociales.

Y me quiero referir especialmente al discurso que hizo mi compañera Isabel Serra en la Asamblea de Madrid, hace un par de semanas, a propósito de los abusos sexuales a menores dentro de la familia y que ha generado multitud de titulares y palabras fuertes no sólo por parte de la derecha, sino también del PSOE. Como bien explicó Serra, y bien sabemos las feministas y los expertos en este tema,  dichos abusos sexuales son un absoluto tabú social y son mucho más frecuentes de lo que seguramente imagina la mayoría de la gente. El 44% de los abusos sexuales se producen en el ámbito de la familia y un 25% de las mujeres dice haber sufrido abusos sexuales en la infancia. No obstante, nadie habla de ello y nadie protege a esos niños y niñas. A veces no sólo se hace el silencio sobre estos abusos, sino que cuando se hacen públicos, hemos visto en muchas ocasiones que la justicia lo que hace es ignorarlos. Si antes no se creía a las mujeres violadas, estamos en una situación en la que no se cree a los niños o niñas que denuncian haber sufridos abusos sexuales por parte de adultos de su propia familia.

Lo que Serra dijo, y yo estoy de acuerdo, es que no se les cree porque quienes gobiernan y legislan eligen defender un bien para ellos superior a los derechos de esos niños y niñas, como es la familia. No es nada extraordinario. Es así. Y esto no quiere decir más que eso, pero tampoco menos. La razón de que los abusos sexuales en el ámbito intrafamiliar sean un absoluto tabú es que denunciarlos y combatirlos de manera decidida supone admitir que la familia no es ese lugar idílico que los sectores conservadores siguen pretendiendo que es. Uno de los problemas con los que nos encontramos las feministas cuando comenzamos a denunciar la violencia machista era precisamente que esta se daba en el ámbito de la familia y, por tanto, había que poner de manifiesto que la familia puede ser –y muy a menudo es-  un espacio de maltrato y abuso.

Lo que dijo la diputada Isabel Serra es algo que es conocido por cualquier especialista en abuso infantil y en derechos de la infancia y algo que se expresa en cualquier ámbito experto sin que pase nada. De la misma manera que la Iglesia ha tenido que asumir que la pederastia era una plaga y ha tenido que pedir perdón porque en su momento escogió defender a su institución por encima de la defensa de las víctimas, de la misma manera que todo el mundo ha tenido que admitir que la institución familiar en muchas ocasiones es un infierno para las mujeres, se terminará por asumir que también lo es –en muchas ocasiones- para niños y niñas y que hay  padres, demasiados, que son en realidad abusadores o violadores de sus propios hijos e hijas.  El PP no es defensor de la pederastia, pero como todo partido conservador, opone resistencia a cualquier cosa que parezca socavar la idea de que la familia es un lugar idílico. Y si hablamos de abusos sexuales a niñas y niños, oponer resistencia a esta idea básica supone no ser lo suficientemente diligente en la protección de estas víctimas. Dentro de unos años nos sorprenderá la manera en que dejamos abandonadas/os a estas niñas en manos de sus agresores.

Por ahora, no tengamos miedo a las palabras que se dicen desde la tribuna si son palabras que, sin problema alguno, decimos en otros ámbitos. Las tribunas parlamentarias no pueden ser una burbuja a la que no llegue lo que decimos en la calle, lo que sabemos desde la universidad o desde el activismo. No nos acostumbremos al temor que a veces produce el ruido mediático y que es intencionada, para callarnos. Que no nos gane la moqueta, pero no abandonemos tampoco las palabras necesarias, por muy duras que sean.


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