
No ocurre todos los días que un ex alto cargo de la Administración de Bush, de probada fe neocon, denuncia a un medio de comunicación norteamericano que sus jefes se embarcaron en “una guerra sucia para dar la victoria a una dictadura corrupta” de Oriente Próximo. Y no es la primera vez que ocurre algo así. El personaje en cuestión es David Wurmser, hasta julio de 2007 asesor de Cheney, y la “dictadura corrupta” es la Autoridad Palestina.
La revista Vanity Fair ha publicado este mes un largo reportaje –“The Gaza Bombshell”– en el que detalla con documentos confidenciales y fuentes de la Administración el fracaso de los intentos de EEUU por eliminar a Hamás de la ecuación palestina con la colaboración de los dirigentes del Gobierno de Mahmud Abás.
Parte de esta historia es conocida ya. Lo que consigue el artículo es evidenciar de forma nítida la hipocresía autodestructiva del mensaje a favor de la democracia en Oriente Próximo tantas veces esgrimido por George Bush y Condoleezza Rice.
Votos y fusiles eran los ingredientes con los que Bush y Rice querían acabar con Hamás. Curiosa mezcla. Ambos fracasaron porque partían de un desconocimiento total de la realidad política de la zona, entre otras cosas por no ser conscientes de los efectos deplorables que han tenido los sucesivos fracasos de los denominados procesos de paz en el paisaje político palestino: ya sólo quedan pie los radicales y los colaboracionistas. Las soluciones que –con grandes sacrificios y dosis de suerte– podrían haber tenido éxito hace 20, 15 o 10 años dan evidentes muestras de agotamiento.
Todo comenzó con un capricho democrático: Bush quería elecciones en Palestina. Por distintas razones, los políticos israelíes y palestinos se oponían. Se cambió la ley electoral para que beneficiara a Fatah y lo que ocurrió fue justamente lo contrario. Con poco más del 44% de los votos, los islamistas obtuvieron una mayoría absoluta arrolladora.
“¿Quién coño recomendó esto?”, dijo alguien en el Pentágono. Los mismos que, fracasada la opción de los votos, pasaron a apostarlo todo a la carta de las balas. Condoleezza Rice viajó a Ramala para aplicar toda la presión sobre el presidente palestino, Mahmud Abás. Las elecciones ya no importaban. Había que disolver el Gobierno dirigido por Hamás y declarar el estado de emergencia, una medida de dudosa legalidad.
En el mismo despacho en el que Arafat se convirtió durante años en el símbolo de la resistencia palestina, Abás se puso a los pies de su invitada. Pero Rice descubrió pronto que su débil interlocutor nunca podría cumplir los términos del acuerdo.
La opción de las balas pasaba por un siniestro personaje, Mohamed Dahlan, caudillo de Fatah en Gaza. En tiempos fue uno de esos jóvenes líderes de la primera intifada llamados a sustituir a los líderes de la OLP acostumbrados a la buena vida del exilio. Terminó convirtiéndose en un jefe policial sin escrúpulos, experto en permitir a sus hombres técnicas tan edificantes como la detención arbitraria y la tortura.
EEUU creía haber encontrado a su nuevo hombre fuerte. Después de reunirse con él en tres ocasiones, Bush dijo a sus asesores. “Es nuestro hombre”. Lo mismo que mucho tiempo atrás otras personas dijeron de Van Thieu, Somoza, Noriega o Sadam Hussein.
El teniente general Keith Dayton prometió a Dahlan 86 millones de dólares para formar una fuerza policial con la que colocar una pistola en la sien de Hamás. El dinero nunca llegó por culpa de las reticencias del Congreso. Como en los tiempos del escándalo del Irancontra –pero aparentemente sin cometer ningún delito– Rice tuvo que dar un rodeo y convencer a varios gobiernos árabes de que adelantaran los fondos y entrenaran a las fuerzas policiales de Fatah.
No es que Dahlan estuviera en su casa esperando acontecimientos. Lanzó una guerra sucia contra los islamistas en una cadena de asesinatos y represalias que perseguía convertir Gaza en un lugar ingobernable. En eso sí que tuvo éxito.
A Rice le dio un ataque cuando se enteró de que Abás había cedido ante Arabia Saudí y aceptado formar un Gobierno de coalición con Hamás.
El Departamento de Estado elaboró un plan alternativo, con el poco imaginativo nombre de Plan B, para dar a Abás 15.000 hombres armados con los que definitivamente acabar con el control de Gaza por Hamás.
En una historia en la que la corrupción y la incompetencia van de la mano, no resulta extraño saber que todo se vino abajo cuando el plan se filtró a un diario jordano. Los dirigentes de Hamás no contaban ya con simples sospechas. Sabían que iban a por ellos. No es extraño que prefirieran adelantarse a los acontecimientos y expulsar de Gaza a sus verdugos.
Sin votos y sin balas, ya sólo quedaba la alternativa del bloqueo de Gaza. Si Hamás hubiera tenido agentes a sueldo en la Casa Blanca, las cosas no le habrían salido mejor.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Escaleras sobre el muro de Gaza. La inocencia de los objetos denuncia el tamaño de la destrucción. Los palestinos salen, compran y regresan a su prisión, ciegos como hormigas huyendo de la catástrofe. Dicen que tras un bombardeo los supervivientes no revuelven entre los restos del hogar sino que regresan a donde se sintieron a salvo una vez, a esa casa de la infancia que abandonaron mucho tiempo atrás, por ejemplo. Perdidos. Del retrato de las cosas, el shekel (18 céntimos de euro) que los jóvenes cobran a quien sube la escalera. Las palestinas que acuden a las bodas de los que se quedaron en el otro lado del muro, pagan. Se precipitan las celebraciones. Una marea humana engulló el zoco de Rafah. Los palestinos someten su hambre a las leyes del mercado, quizás sienten que así la trascienden, del mismo modo que el precio trasciende la singularidad de la mercancía. La moneda denuncia la ceguera. Víctimas posmodernas. Tras semanas de bloqueo, años de aislamiento y bombardeos, Olmert aseguró que no permitirá una crisis humanitaria en Gaza. ¿Quedó Abás atónito?. El perverso goza viendo dudar a la gente entre la ley y la transgresión. Su máxima aspiración: que las víctimas nunca acaben de morir. A miles de kilómetros del shekel, en Davos, otros critican la falta de espiritualidad de esta crisis y la del mercado aunque, materialmente, son una tuerca más. Nuevos cínicos. Ya escribió Solszhenitzin: “La violencia sólo pide de nosotros una cosa: participar diariamente de la mentira”.
Martha Zein

Malas noticias para Israel, EEUU y la Unión Europea. La estrategia de imponer el bloqueo de Gaza para castigar a los palestinos por haber votado a Hamás en las elecciones de 2006 no termina de fructificar. Antes al contrario. A pesar de la responsabilidad de Hamás en la desgraciada suerte de Gaza, está ocurriendo lo contrario. Más aún después de los acontecimientos de Rafah.
La voladura de la barrera fronteriza ha servido para aliviar algo la desesperada situación del gueto de Gaza –porque es difícil llamarlo de otra manera– y para reforzar la imagen de Hamás. Al menos, sus dirigentes hacen algo por aliviar el bloqueo, dirán los palestinos. El Gobierno de Mahmud Abás sólo pronuncia discursos y recibe promesas. Cuando éstas últimas se cumplan, es posible que la ecuación se equilibre. Hasta entonces, unos jugarán el papel de salvadores y otros el de colaboracionistas.
Hamás continúa inmersa en la locura de pensar que se puede gestionar una Administración y, al mismo tiempo, continuar una guerra contra el invasor, cuando Gaza no puede sobrevivir con los accesos a Israel y Egipto cortados. Pero ningún palestino les obligará a cambiar de estrategia mientras Israel les exija la rendición. Ése es un precio que nunca pagarán. Los Gobiernos israelíes aún no han demostrado que abandonarán los asentamientos edificados sobre tierra robada. Cuando lo hagan, será más fácil presionar a Hamás.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Éste es uno de esos momentos (y no hay muchos) en los que los liberales de corazón más duro que el pedernal tienen algo de razón. ¿Para qué enviar miles de millones de dólares a un país sin saber si esa ayuda va a servir para generar riqueza? ¿No ocurrirá que sólo será útil para aumentar la corrupción? Mi querido liberal: ésa es la idea.
La comunidad internacional ha reventado la banca al prometer una espectacular cantidad de dinero. El presidente palestino recibirá los fondos en tres cómodos plazos con la condición de que no pacte con Hamás y que continúe el proceso iniciado en Annapolis. En otras palabras, es un soborno por una buena causa.
Desde 1993, los territorios palestinos han recibido 10.000 millones de dólares. Es el dinero que ha permitido a Israel desentenderse de sus obligaciones con Gaza y Cisjordania. Puede ocupar Cisjordania, atacar Gaza o cerrar las fronteras. Las facturas las pagan los otros. Israel puede destruir proyectos o rehabilitaciones como la de Belén, pagada con dinero de los contribuyentes europeos. Nunca asume la responsabilidad, porque al final siempre paga la Unión Europea, la ONU o, a veces, EEUU.
Todo ese dineral será inútil si no se invierte en algo más que en salarios de funcionarios. Y eso es lo que aparece en el plan de Fayyad: el 70% se destinará a los salarios y pensiones que concede su Gobierno. Sólo el 30% irá a proyectos de desarrollo e infraestructuras. Mal comienzo.
En estas grandes citas, siempre hay espacio para estupendas demostraciones de hipocresía. “Tenemos que demostrar a los palestinos moderados que la democracia es la única solución para vivir en paz”, ha dicho solemne el francés Kouchner. Pero los palestinos ya fueron a las urnas en enero de 2006 en condiciones mucho más democráticas que las existentes en Egipto, Jordania, Siria, Arabia Saudí, Kuwait y Marruecos, le podrían responder los palestinos.
Gran error. No votaron lo que Europa y EEUU tenían en mente. Ésa no es la idea de democracia que queremos extender en Oriente Próximo. Después de 7.400 millones de dólares, Kouchner está seguro de que lo tendrán más claro.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Las citas históricas no son nada sin un buen apretón de manos que puedan recoger las cámaras. De ahí que la ministra israelí de Exteriores estuviera tan compungida. En su discurso en Annapolis, Tzipi Livni lamentó que ninguno de los 16 ministros árabes que asistían a la cumbre se dignaran a acercarse a ella: “¿Por qué nadie quiere estrechar mi mano? ¿Por qué nadie quiere que le vean hablando conmigo?”
Típico de los políticos israelíes. Nunca tienen suficiente. El país más poderoso de Oriente Próximo (en esto el tamaño no importa) cultiva su imagen de pobre desvalido ante la perplejidad general. Tampoco comprende por qué su imagen es tan deplorable en medio mundo, tan mala que sólo mejoró en términos relativos cuando la de los palestinos comenzó a desmoronarse con los atentados suicidas contra bares, restaurantes y discotecas.
Decenas de ministros y altos cargos de instituciones viajaron a Annapolis para asistir al enésimo intento de conseguir la paz entre israelíes y palestinos. Básicamente, se les invitó para que formaran parte de un gran espectáculo televisivo. Diez horas de vuelo para hacer de figurantes.
Los ministros árabes volvieron a sus países decepcionados por lo que habían visto y escépticos por el resultado de la iniciativa. Pagaron por adelantado la factura sin saber de qué les serviría. Deberían saber que los extras nunca se llevan el crédito en una película.
Si han echado un vistazo a la encuesta publicada en Israel por el diario Yediot Ahronot, empezarán a tener las cosas claras. El 83% de los israelíes no cree que haya paz en un año, como reza el compromiso en Annapolis. El 69% piensa que no es necesario devolver el Golán a Siria para firmar la paz con el vecino del norte. Quieren la paz como quien quiere ir de vacaciones al Caribe sin pagar nada.
¿Quién puede reprochárselo? Sus líderes les han convencido durante décadas de que pueden tenerlo todo y de que los que les hacen frente son sólo unos terroristas. Les dijeron que los palestinos no existían como pueblo (Golda Meir), que los territorios ocupados en la guerra de 1967 les pertenecían por derecho propio (Isaac Shamir), que se podía negociar con los palestinos mientras al mismo tiempo se continuaba expandiendo los asentamientos con la tierra robada a sus antiguos dueños (Isaac Rabin), que las negociaciones eran imposibles porque no existía un interlocutor fiable al otro lado (Ariel Sharon).
Esta semana se han cumplido 60 años de la aprobación del plan de partición de Palestina por la ONU. La resolución 181 puso fin al mandato británico y estableció la creación de dos Estados, uno para los judíos con el 55% del territorio y otro para los palestinos con el 45%. Si Israel volviera a las fronteras de 1967 –como piden palestinos y sirios– controlaría el 78% de Palestina. Pero no es suficiente. Por lo visto, los árabes están obligados a estrechar la mano de Livni y a conformarse con mucho menos de ese 22%. Si les dan el 18% o el 20%, si les fuerzan a renunciar a sus derechos sobre Jerusalén, deberían mostrarse encantados con la generosidad israelí.
Existe un consenso generalizado que dice que no hay ninguna posibilidad de que israelíes y palestinos lleguen a un acuerdo sin una presión continuada de EEUU. Cada parte tiene una lista interminable de agravios y quejas, de lugares sagrados que son innegociables, de grupos extremistas para los que la única concesión admisible es permitir al otro que siga vivo… bajo ciertas condiciones.
Los últimos 15 años –el periodo que se inició en la época de la Conferencia de Madrid– han tenido una influencia deplorable. No se suele decir en voz alta, pero los israelíes y palestinos son hoy más racistas e intolerantes que entonces. Han sufrido mucho y el sufrimiento casi siempre hace peores a las personas. En los asuntos más importantes (fronteras, asentamientos, Jerusalén y refugiados) no se ha avanzado prácticamente nada porque ningún dirigente político cuando estaba en el Gobierno ha tenido el valor de decir a los suyos a qué tenían que renunciar si querían alcanzar la paz.
Condoleezza Rice apretó las teclas correctas en su discurso de Annapolis. Recordó su experiencia cuando era una niña negra en Alabama, el racismo de esa sociedad y el miedo que siempre le acompañaba.
La empatía es una virtud, pero insuficiente para culminar con éxito unas negociaciones diplomáticas. La pregunta es: ¿qué es lo que va a hacer EEUU para que Annapolis no sea otra decepción?
De entrada, ya sabemos cómo ha acabado uno de los primeros pasos. Llevó el acuerdo de la cumbre a la ONU para que fuera ratificado por el Consejo de Seguridad. Lo hizo el jueves y el viernes tuvo que retirar el texto por presiones de Israel.
Por si alguien lo dudaba, ya sabemos quién está al mando del proceso de Annapolis.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Amos Oz suele decir que el mayor obstáculo para la paz entre israelíes y palestinos es la cobardía de los cirujanos. Si Rabin, Peres y Arafat hubieran alcanzado un acuerdo similar al de Annapolis, con el compromiso de llegar a un acuerdo definitivo en un año, es posible que hubieran terminado mereciendo de verdad el premio Nobel que al final recibieron injustamente. Pero decidieron dilatar todos los plazos para no tener que dar el último paso.
Lo malo es que los cirujanos actuales (Olmert y Abás) parecen más unos curanderos que unos médicos titulados. No sabemos si están en condiciones de manejar el bisturí o si acabarán por matar al paciente. De lo que sí estamos seguros es que su crédito en sus respectivas sociedades está bajos mínimos.
Muchos palestinos ven a Abás como un dirigente vulnerable a cualquier presión israelí, casi un traidor. Muchos israelíes ven a Olmert como un político incapaz de llevar a buen puerto ninguna iniciativa, alguien que vive en la sombra de Sharon sin contar con su carisma.
Nada en el texto aprobado ayer nos dice cuáles son sus posibilidades de éxito. Son las mismas buenas palabras de siempre. ¿Cuál es el precio que tendrá que pagar cada pueblo por alcanzar la paz? ¿A qué tendrán que renunciar?
Sólo los necios piensan que la paz es gratis.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Los comentarios del primer ministro Ehud Olmert el lunes en la Kneset sugiriendo vagamente la disponibilidad de su gobierno a renunciar a ciertos barrios palestinos de Jerusalén apenas han tenido repercusión en la prensa local, tanto en el lado israelí como en el palestino.
Los dos diarios de mayor difusión en ambas zonas de la ciudad santa han reaccionado de manera similar: la noticia no sólo no está en la portada del Yediot Ahronot sino que este periódico de Tel Aviv que vende más de 400.000 ejemplares ni siquiera le dedica una sola línea en sus páginas interiores. Ni una línea.
Por su parte, Al-Quds, el de mayor difusión entre los palestinos, no menciona las palabras de Olmert en su profusa portada.
Esta circunstancia dice mucho de cómo unos y otros perciben un asunto de capital importancia. Los israelíes, según algunos analistas, no dan ningún crédito a Olmert, el mismo Olmert que en 2000, cuando los acuerdos de Camp David, lideró una marcha de más de 300.000 personas en protesta por los rumores de que los laboristas estaban dispuestos a renunciar a Jerusalén.
A estas alturas, los palestinos no se creen nada, y desgraciadamente tienen muchos motivos para ser escépticos. Si hubieran de hacer caso a las palabras de los líderes israelíes, hace años que se hubiera resuelto el conflicto.
Una cosa son las palabras y otras los hechos. Al informar sobre este conflicto, el lector o el oyente han de tener en cuenta que la información que reproduce las declaraciones tiene truco. La única información válida es la de los hechos.
Lógicamente, los palestinos no pueden ignorar que sólo la semana pasada el ejército israelí inició la expropiación de la llamada Zona E-1, un área de 110 hectáreas situada al este de Jerusalén en la que Israel ya ha iniciado los planes para construir más de 3.000 viviendas para colonos judíos.
Esto son hechos y no palabras que se las lleva el viento.
Eugenio García Gascón /Jerusalén
Como casi todos los políticos italianos que han pasado por el Gobierno, Massimo D’Alema tenía una buena relación con Israel. En 1999, cuando D’Alema era primer ministro, tuvo una interesante conversación con Ariel Sharon, un año antes de que el veterano ex general israelí ganara las elecciones a pesar de que muchos pensaban que su futuro político era inexistente. Pero Sharon no se daba por vencido y los hechos posteriores le dieron la razón.
D’Alema contó años después en una de sus visitas a Israel que Sharon había pasado mucho tiempo intentando convencerle de que el sistema de bantustanes, impuesto por el régimen racista de Suráfrica, era el más apropiado para resolver el conflicto entre israelíes y palestinos.
Los bantustanes eran pequeños Estados (o seudoestados) aislados entre sí que las autoridades afrikáner de Pretoria concedieron a algunas tribus y movimientos políticos negros para que se gobernaran. Su misma existencia dependía de la voluntad de los dirigentes surafricanos. La idea era crear unas fronteras falsas que enmascararan la auténtica naturaleza del apartheid.
Sharon continúa hoy en estado de coma conectado a unos tubos que le mantienen con vida en un hospital. Pero sus sucesores han continuado sus planes. Hace unos días, dieron otro pequeño paso adelante. El Ejército ordenó confiscar 110 hectáreas de tierra perteneciente a cuatro pueblos palestinos para la construcción de una carretera que conectará la zona palestina de Jerusalén con Jericó.
La decisión permitirá urbanizar una zona, llamada E-1 en los mapas israelíes, para que en el futuro se construya allí una urbanización de 3.500 viviendas y una zona industrial. Sólo para judíos. E-1 no tiene un nombre de resonancias bíblicas ni está cargado de la connotación histórica habitual en la llamada Tierra Santa. Sin embargo, dista de ser un término anodino. De hecho, E-1 es uno de los mayores obstáculos para la formación de un Estado palestino y, en definitiva, para que haya algún día paz entre israelíes y palestinos.
Se trata de la zona que se extiende desde Jerusalén hacia el este hasta el asentamiento judío de Maale Adumim, donde viven 30.000 personas, ya dentro de Cisjordania. Los israelíes pretenden blindar su control de Jerusalén Oriental creando un continuo urbano de cerca de veinte kilómetros. La expansión partiría Cisjordania en dos y convertiría en una quimera cualquier entidad independiente palestina.
Aunque E-1 no es un término que haya trascendido mucho, en el Departamento de Estado norteamericano conocen muy bien sus repercusiones. Por eso, llevan desde 2004 presionando a Israel para que no tome medidas irreversibles. Incluso en Washington son conscientes de que no habrá paz si la oferta de un futuro Estado palestino no incluye la continuidad geográfica indispensable para su existencia. Un conjunto de cantones enlazados por carreteras, túneles y puentes crearía un inválido dependiente del oxígeno que Israel quisiera facilitarle y que podría cortar a su antojo. Cualquier dirigente palestino que acepte ese regalo envenenado se convertirá en un colaboracionista.
La Corporación Rand publicó un estudio hace dos años sobre las necesidades económicas y demográficas de un futuro Estado palestino y sus conclusiones fueron claras. A menos que haya una continuidad geográfica sustancial, no podrá cumplirse ninguna de las condiciones para que ese Estado pueda funcionar en términos de la seguridad, viabilidad económica y bienestar social. Esa continuidad se refería a “las dimensiones, forma y coherencia territorial” del Estado.
Seguro que los israelíes leyeron en detalle ese informe. A pesar de la benevolente presión norteamericana, no se han quedado quietos. Ya está construida la carretera que en su opinión solucionará el problema. Una carretera que permitirá a los palestinos de Nablus y Ramala desplazarse al sur de Cisjordania, a la Belén separada por un muro y a Hebrón. La vía tendrá cuatro carriles, “dos para cada tribu”, en acertada expresión de un periodista de The New York Times.
La parte palestina de la carretera tendrá 16 metros de ancho. Ésa es la idea israelí de continuidad geográfica. Un pasillo asfaltado de 16 metros. Los habitantes de Maale Adumim irán a trabajar a Jerusalén sin ver a un solo árabe. Los palestinos no tendrán la posibilidad de entrar en Jerusalén Oriental, que quedará para siempre enclavada en territorio israelí.
El modelo territorial se repetirá en el resto de Cisjordania. Los asentamientos y sus carreteras sólo para israelíes ya mutilan el territorio. Los cantones urbanos (o bantustanes) disfrutarán de una soberanía ficticia. Los mapas se diseñarán de forma que los israelíes controlen los recursos acuíferos.
Israel ofrece a los palestinos la paz del apartheid. Nos podemos imaginar cuál será su respuesta.
Iñigo Sáenz de Ugarte