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El tablero global

Carlos Enrique Bayo

La atroz venganza chechena contra Putin

25 ene 2011
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A su manera asesina y brutal, los islamistas caucásicos acaban de lanzar su campaña antielectoral contra las aspiraciones de Putin de volver a ser presidente tras las elecciones de 2012. Con la masacre de Domodédovo, los terroristas chechenos no sólo cumplen su amenaza de llevar la guerra al corazón de Rusia, en venganza por su sangrienta derrota en el Cáucaso, sino que pretenden desquitarse del actual primer ministro, quien forjó su popularidad y ascendió al poder sobre los escombros de la devastación de Grozny.
Putin se jugó su reputación política al exterminio militar de los rebeldes integristas y a la victoria policial sobre el terrorismo, pero no se puede erradicar la violencia con métodos violentos, y las feroces campañas bélicas en Chechenia y Daguestán han dejado un peligroso legado de fanatismo suicida. Las viudas negras que siembran muerte y terror en el metro, los kamikazes que se vuelan en pedazos en la sala de un aeropuerto abarrotado, han reemplazado a los comandos de secuestradores que eran aniquilados por las fuerzas de seguridad rusas sin piedad ni siquiera para sus rehenes, aunque fueran niños.
Así que Putin puede perder su gran baza de zar terrible, figura que los rusos admiran y respetan, si los chechenos vencidos lanzan una escalada de atentados sanguinarios en la cuenta atrás hacia las presidenciales. Más aún cuando el Kremlin está también apostando por los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014, que tienen que celebrarse en Sochi, a orillas del Mar Negro y no lejos de otro conflicto armado auspiciado por Moscú: el de Abjazia contra Georgia.
Al horrible saldo de muertos por la atrocidad de Domodédovo podría sumarse otra víctima… política. La del que ascendió a hierro al poder.

La ‘solución’ militar tiene consecuencias monstruosas

30 mar 2010
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De todos los espantos desatados en los escenarios de la doble matanza terrorista de Moscú, uno causa especial desazón: las dos autoras de la carnicería eran mujeres suicidas, sin duda chechenas, y una de ellas muy joven. Su acción no sólo estremece por la ferocidad con la que ambas buscaban masacrar a cuantos más civiles mejor, sino también por su disposición a inmolarse en esos ataques indiscriminados.
Los islamistas caucásicos ya lanzaron ataques kamikazes en 2000, pero no fue hasta dos años después cuando aparecieron (en el secuestro del Teatro Dubrovka) las primeras guerrilleras con pañuelos que proclamaban su disposición a inmolarse. Todas perecieron en el asalto policial que causó también la muerte de los 129 rehenes de la audiencia, y se descubrió que dos de ellas eran hermanas que habían sido raptadas de su aldea y violadas repetidamente por soldados rusos.
Después, comenzaron a actuar las llamadas viudas negras, mujeres que habían perdido a sus maridos, hijos, hermanos y padres en la pavorosa represión desencadenada durante y tras la segunda guerra chechena, en la que fueron exterminadas decenas de miles de personas por una maquinaria militar devastadora. Ellas han cometido atentados suicidas implacables –como el de la escuela de Beslán y los de los dos Tupolev llenos de pasajeros– que sólo se pueden explicar si se tiene en cuenta la extrema destrucción que el Ejército ruso ha causado en Chechenia a lo largo de los últimos 14 años.
Miles y miles de chechenas han visto morir de forma atroz a todos sus familiares, y el estrés postraumático que padece esa población femenina es allí una pandemia.
Una vez más, la solución militar sólo ha generado nuevas monstruosidades.

Kadírov entierra la verdad a tiros

20 jul 2009
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Pocas semanas antes de que la activista por los derechos humanos Natalia Estemírova fuera secuestrada en su domicilio de Grozni y asesinada por un escuadrón de la muerte, el propio presidente checheno, Ramzan Kadírov, le había dicho en privado: “Es cierto que tengo las manos manchadas de sangre, y no me avergüenza. He matado, y seguiré matando a los malos”. A continuación, la amenazó e insultó para que dejara de denunciar los secuestros, asesinatos e incendios de domicilios de opositores y separatistas en esa martirizada república.
Por tanto, ella sabía perfectamente que la iban a matar los sicarios del implacable ex señor de la guerra, cuyos oponentes han sido sistemáticamente eliminados por asesinos profesionales dentro y fuera de Rusia (uno en Viena y otro en Dubai). Esos crímenes han sido cometidos, además, con la arrogancia y el descaro del que se sabe por encima de la ley, porque Kadírov –colocado en el poder por el hoy primer ministro ruso, Vladimir Putin, para que exterminase a los rebeldes– goza de la absoluta impunidad que sólo el Kremlin puede otorgar.
Después de los incesantes asesinatos, a menudo a plena luz del día, con los que el líder checheno se ha ido desembarazando de todos los que denunciaban su reinado de terror, pocas dudas pueden caber sobre el autor intelectual de esta nueva atrocidad. Pero el viceministro de Interior de Rusia, Arkadi Yevdelev, se ha permitido aleccionar a los periodistas de que habrá que investigar todos los posibles móviles, desde una “provocación” para comprometer a las autoridades chechenas, hasta un “atraco”, pasando incluso por la insultante sugerencia de que el crimen pudo tener su origen en la “vida social” de la galardonada y valerosa activista.
Tan denigrante discurso oficial me recuerda el de Mijail Komissar, presidente del Consejo de Interfax, durante la mesa redonda sobre medios de comunicación del I Foro de la Sociedad Civil España-Rusia, celebrado en Madrid, cuando sostuvo sin ruborizarse que el asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya (amiga y colaboradora de Estemírova) había sido (¡también!) “una provocación” para dejar en mal lugar a las intachables autoridades rusas. Pero no se quedó satisfecho con eso, y a continuación adujo que la periodista Anastasia Baburova murió sólo porque casualmente se interpuso, el pasado enero, entre un sicario y el abogado Stanislav Markelov, también asesinado en esa acción.
¡Qué casualidad que ambos estuvieran investigando los abusos policiales en Chechenia! Bueno, pues encima Komissar venía a quejarse de lo injustos que somos los periodistas occidentales al informar de que no hay libertad de prensa en Rusia.
En mayo, Amnistía Internacional denunció que en su primer año de mandato el presidente ruso, Dmitri Medvédev, ha incumplido sus promesas y las violaciones de los derechos humanos siguen siendo masivas y flagrantes en Rusia. A él, a Kadírov (y a la hija de 15 años de Estemírova que han dejado huérfana) me gustaría poder recordarles la sentencia de Émile Zola: “Si silencias la verdad y la sepultas bajo tierra, crecerá y acumulará tal poder explosivo que el día que estalle todo volará a su paso”.