La noticia acaban de publicarla varios medios, la ha ratificado el propio diario y dejará nuevamente huérfanos a quienes añorábamos como profesionales y lectores un periódico de izquierdas en España. Público estuvo más cerca de serlo que ningún otro rotativo en los últimos decenios, pero no ha conseguido llegar a cumplir un lustro de vida en los kioscos. Público cierra su edición impresa al no encontrar inversores que apoyaran el proyecto.
Esto es lo que acaba de asegurar elEconomista.es, según fuentes de la propia redacción del diario. También se dice que Público continuará apareciendo en su edición digital. Como se recordará, la empresa editora, Mediapubli, había solicitado voluntariamente el concurso de acreedores de la cabecera el pasado 3 de enero, debido, según la propia compañía, a “la intensificación de la crisis publicitaria, la profunda transformación que está sufriendo el sector de la prensa escrita y las dificultades para acceder a nueva financiación”.
En esa misma fecha se iniciaron una serie de negociaciones para tratar de conseguir los 9 millones de euros precisos para que el periódico continuara publicándose. Al parecer, esos contactos no han dado su fruto. Mediapubli no ha logrado un acuerdo para salvar su edición impresa, en palabras de miembros de la redacción. No ha habido luz verde a un pacto con un grupo inversor latinoamericano que parecía interesado en participar. Finalmente, han dado marcha atrás y han decidido no acudir al rescate del periódico. Por eso, el administrador judicial ha citado al comité de empresa a las 12.00 horas de este mismo viernes para dar las “malas noticias” correspondientes.
Jaume Roures, administrador único del grupo Mediapro, matriz de Mediapubli, recibió en su día preguntas de sus trabajadores sobre su patrimonio y sus cuadros. Si estaría dispuesto a vender alguno para hacer frente a las deudas del diario. El empresario contestó que “si alguien me paga 4 millones de euros por un Antonio López, lo haría”. Roures se refería a un óleo titulado El Campo del Moro, que está valorado en cinco millones de euros. Los trabajadores esperan ser tratados de acuerdo con la línea progresista editorialmente trazada por su empresa.
Creemos que el lugar ocupado hasta ahora por el diario Público no debería quedar vacío en la prensa española, máxime en la actuales circustancias de regresión en los derechos sociales adquiridos. Es claro que su ausencia constituiría una lacra para la pluralidad informativa en este país, a la que habíamos estado habituados durante buena parte del vigente periodo democrático, y que alguna vez habrá que superar, como sucede en otros países de Europa. Personalmente no me sentiré en un país libre mientras esto no ocurra.
Mi solidaridad con todos los compañeros y colegas (160) que hasta última hora han creído en la posibilidad de que su trabajo no tuviera este frustrante y decepcionante final. Necesitamos Público (y más).
Hace unos días falleció en Valencia, ciudad en la que residía desde hace 25 años, el historiador Ronald Fraser, partidario de que el Estado y no Garzón investigara los crímenes de la Guerra de España. Enamorado de nuestro país desde que leyera la obra de Gerald Brenan, Fraser fue uno de los pioneros en investigar la Guerra Civil sirviéndose del testimonio oral de sus protagonistas. En este caso no se trata de los grandes protagonistas, sino de los ciudadanos comunes que padecieron aquel conflicto, tanto en el sector gubernamental como en el dominado por el bando rebelde. Su libro Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, publicado en 1979, es fruto de más de trescientas entrevistas que el autor hizo entre los años 1973 y 1975.
En 2008, Gerald Fraser concedió una entrevista al diario Levante en la que, respondiendo a una pregunta del periodista acerca de si el olvido puede curar las heridas no cerradas por la Guerra de España, respondió: No, al contrario. El olvido es la represión otra vez y la represión nunca es buena, porque lo que se ha reprimido suele volver por otros cauces y puede ser incluso peligroso. Es mejor enfrentarse abiertamente al pasado y, finalmente, entenderlo y asumirlo.
El pasado 24 de enero fue convocado por el Tribunal Supremo el juicio contra Baltasar Garzón, acusado de prevaricación por haber intentado investigar los crímenes del franquismo. En esa misma fecha, 35 años atrás, eran expuestos los féretros de cuatro abogados laboralistas y un conserje, asesinados por tres pistoleros ultraderechistas adscritos a sectores del poder franquista residual que se resistían al proceso de transición democrática.
Hoy, 23 F, 31 años después del intento de golpe de Estado que a punto estuvo de acabar con la tierna democracia española, se reunirá el pleno del Consejo del Poder Judicial para consumar la expulsión de Baltasar Garzón de la carrera judicial. Que se vaya contra Garzón en esas dos fechas reseñadas pudiera parecer cualquier cosa menos mera coincidencia. Permitidme que de forma irrespetuosa os diga que os ha traicionado el subconsciente -escribe hoy la abogada Cristina Almeida-, y habéis intentado evitarlo diciendo que ya está expulsado. Que habéis decidido ya y que mañana [por hoy] sólo es una mera ratificación del pleno de lo que ya está acordado. Almeida califica la resolución contra Grazón por parte del Consejo General del Poder Judicial como la culminación de un atentado contra la Democracia y un golpe a la Justicia.
Por eso no debe extrañarnos que el próximo sábado, como ocurriera en los tiempos de la dictadura contra las resoluciones adoptadas por Franco, esté convocada en la Place Pierre Brisson de París una manifestación en defensa de Baltasar Garzón, según me acaba de comunicar por correo Carmen Negrín.
La revista Der Spiegel es una publicación seria, con una tirada media de más de un millón de ejemplares, caracterizada por la profundidad de sus análisis y un estilo académico muy distintivo. También, por haber investigado con éxito la corrupción política, hasta el punto de ser considerado un semanario defensor de la democracia.
No ha sido, por lo tanto, un medio cualquiera el que ha revelado las conversaciones de Juan Carlos I con el embajador alemán en España en 1981, Lothar Lahn, a propósito del intento de golpe de Estado del 23-F. En esa charla, el rey de España expresó su comprensión y hasta su simpatía por los golpistas -según el despacho diplomático recientemente desclasificado por el Gobierno de aquel país-, e incluso confesó a Lahn su intención de mediar ante la justicia a favor de quienes habían querido repetir la ejecutoria de su predecesor en tan expeditivo método, Francisco Franco.
La plática entre Juan Carlos I y el embajador alemán se celebró un mes después de que el intento golpista tuviera lugar. Esto significa que no se dio al calor de una ocurrencia improvisada, sino con todo el poso reflexivo de las semanas transcurridas desde que se solventó aquella desgraciada coyuntura, y con la agravante además de creerse investido el monarca de un poder absoluto, capaz de influir en la sentencia que decretasen los tribunales.
¿No es ahora ya, como ayer propuso Izquierda Unida en el Congreso, de que sean desclasificados todos los archivos, documentos y grabaciones que el Estado mantiene en secreto con relación al más bochornoso episodio vivido en este país desde 1975 y que tan a punto estuvo de retrotraernos al pasado dictatorial? Solo cuando se dé libre acceso a los investigadores para tener conocimiento de todo lo que se desconoce, se podrá contrastar lo que ahora ha revelado la revista alemana.
Mientras eso no ocurra, la información de Der Spiegel será digna, por lo menos, de promover iniciativas como la de Izquierda Unida, ante las que el PSOE ha guardado un significativo silencio, no compartido por el memorioso Alfonso Guerra, que vivió aquello tan de cerca y no debe de estar muy satisfecho con lo que de aquello se sabe.
Cuando fusilaron a su madre, María tenía solo 6 años y 2 meses. La mataron con otros 27 hombres y 3 mujeres. A María, hoy octogenaria, no le han permitido apenas explicar, ante el Tribunal Supremo de su país, la más íntima emoción de su memoria. Que su padre estaba segando cuando pasó aquello “y también fueron a por él y se lo llevaron preso, y el día que volvió de la cárcel me abrazó y no me soltó en horas”.
La voz de María sonaba como un susurro, quebrada por la afonía, ante los imperturbables semblantes de los jueces. Al instructor de la causa contra Baltasar Garzón, Luciano Varela, le dijo un día María, por carta, que también él movería cielo y tierra por encontrar a su madre si ella fuera la desaparecida, pero no obtuvo respuesta. También escribió María al juez Garzón. Esta carta, manuscrita con pundonorosa caligrafía, sí mereció contestación y por ella María fue escuchada ayer, aunque se haya retrasado tanto la cita.
María Martín López, de Pedro Bernardo (Ávila), llegó a la Audiencia Nacional apoyándose en un andador y en un cuartilla amarillenta, tan vieja y tan viva como su íntima y silenciada memoria. De niña -cuenta- los falangistas la llevaban a veces al cuartel o a la iglesia y le daban aceite de ricino y guindillas para castigarla. “Yo lo que quiero es que me ayuden a encontrar a mi madre para poder enterrarla. Nada más y nada menos”. Su madre está, desde el primer día del otoño de 1936, junto a los restos de otras 30 víctimas, “al lado del arroyo, arriba del puente, aunque ahora han hecho una obra y han echado tres metros de tierra encima”, indica María.
Estoy convencido de que María Martín López, que ayer tambien dijo que “un entierro sin muertos, como esto, es una cosa muy seria”, coincidirá con el lehendakari López cuando ayer igualmente, en un acto público, tuvo un recuerdo especial para todas las víctimas del terrorismo y reivindicó su memoria como referente ético: “Nunca las olvidaremos, porque forman parte ya del nosotros colectivo sobre el que tenemos que asentar la convivencia democrática. Sin revanchas, sin odios, pero con memoria, haciendo una revisión justa y veraz de lo ocurrido”. Tiene mucha razón el lehendakari al afirmar que un nuevo tiempo no se construye sobre el olvido. Lo sabe muy bien María.