Opinion · El desconcierto

El destino del ciudadano Sánchez

El último comité federal del PSOE, celebrado el pasado sábado en Sevilla, marca el inicio de la cuenta atrás en la segunda y definitiva defenestración de Pedro Sánchez. La ausencia de cuatro dirigentes de algunas de las más importantes federaciones y el abandono de la reunión, justo antes de la votación del nuevo reglamento de Ferraz por otros dos, devalúa este papel con el que el todavía secretario general socialista intenta blindarse hoy ante las maniobras de sus compañeros críticos. Sólo faltaba el elogio fúnebre de quienes le defenestraron en octubre de 2016, señalándole ridículamente como el vencedor de las próximas elecciones generales, para poder percibir la Parca sobre su insegura cabeza.

Rajoy, con su propuesta de inmersión lingüística, lo ha vuelto a partir por la mitad. Mejor dicho, por la mitad más uno a favor de la tesis de la Moncloa y mucho menos de la mitad en contra. De hecho, Sánchez no cuenta más que con el apoyo interesado de Iceta que ve como el 155, que votó, le reduce hasta en su propio partido a ser un convidado de piedra. Con razón uno de los mejores periodistas del diario La Vanguardia, Jordi Juan, se preguntaba ayer mismo ¿dónde está el PSOE ? Porque, efectivamente, ese Wally socialista es una incógnita. Está con el sí y el no a Rajoy; con Rivera para gobernar y contra Rivera que le roba la cartera electoral; con el 155 pero sin todo el 155; y, en el no va más de estas piruetas, con el intermitente a la izquierda mientras gira a la derecha.

La cuestión es que el PP baja mucho, el PSOE apenas sube nada y lo que pierde Podemos se refugia hoy en la abstención. La subida que los socialistas registraban en todos los sondeos, tras haber ganado el pulso de las primarias, derrotando a Susana Díaz, se ha ido diluyendo al mismo ritmo con que Sánchez se ha ido convirtiendo en una Susana Díaz con pantalones. Esa es la consecuencia lógica que se obtiene al prometer una política de izquierdas y aplicar una política de derechas. Tan es así que no cabe diferenciar al PSOE de Sánchez del Partido Popular de Rajoy. Pierde lo que recuperó hace un año, porque por la derecha de su partido no puede haber competencia alguna con el PP y Ciudadanos y le deja inerme, ya que rechaza avanzar por la izquierda que es por donde podría conseguir votos. Nunca, a lo largo de toda su historia, el PSOE ha sido tan seguidista de Rajoy y de Rivera como lo es hoy. Ni con González, Almunia, Zapatero y Rubalcaba el PSOE ha sido tan poco autónomo de la derecha. Hasta el punto que los suyos hablan ya del ciudadano Sánchez.

En cuanto se cierren las triples urnas de mayo de 2019 comenzará el entierro anunciado de Sánchez. Las navajas se afilan bien en Ferraz en espera del fracaso del todavía secretario general socialista. Bien lo sabe el clan sanchista cuando, por ejemplo, se veta el nombramiento de Elena Valenciano, como candidata a la presidencia del eurogrupo socialista, y se vigila bastante atentamente al coordinado equipo de jóvenes dirigentes que le traicionaron apenas unos pocos minutos antes de su defenestración. Demasiado bien sabe Pedro Sánchez que algunos de ellos, muy vinculados a ese inteligente poder fáctico que es hoy Rubalcaba, puede sucederle en la secretaría general del PSOE, nada más muerda el polvo de la gran triple derrota electoral de mayo de 2018.

No habrá entonces reglamento orgánico que salve al actual líder socialista por mucho que se blinde burocráticamente. Esa batalla contra el aparato no se resuelve únicamente con unos cambios organizativos, si a la vez la apelación a las propias bases no va acompañada del simultáneo respeto político a la votación de los militantes. Si piensa que mañana, una vez que los suyos vuelvan a enjuiciarlo, encontrará algún apoyo en la militancia que el mismo traicionó, ya puede aguardar sentado en el sillón que va a perder en Ferraz. Tanto como si cree que los que le apuñalaron ayer, que hoy preparan su ataúd, van a celebrar ahora, como si fuera el hijo pródigo, su vuelta al redil de la burocracia. Salvo que un Dios inexistente se apiadara y le regalara la Moncloa, no tiene salvación alguna.

La insoportable levedad del ser del Wally socialista no tiene más recorrido. La cuenta de resultados, que muestran todas las encuestas, lo deja meridianamente claro: el PSOE pasa de ser la segunda a la tercera fuerza parlamentaria sin avanzar ni retroceder, estancada. El sorpasso que Sánchez trataba de evitar acaba de producirse a manos de Ciudadanos. No tiene más función próxima que la de ser comodín de Rajoy, de Rivera o de ambos a la vez; pero para ese papel está ya  desgastado. En el banquillo de Ferraz calientan motores algunos de los jóvenes cuadros que sueñan con sustituirle. Si González, Almunia y Rubalcaba dimitieron tras sus derrotas electorales, no le va a ser fácil al ciudadano Sánchez continuar en su puesto, sobre todo, después de la debacle que anuncian las encuestas. Sea por las buenas o por las malas, ese parece ser su inevitable destino.