¿Qué necesitamos para llegar al cielo?

Pedro Chaves

“Una escalera larga y otra cosita”, dice la popular canción. Pero nunca supimos en qué consistía esa otra cosita que nos permitiría acceder a las glorias celestiales.

Ahora ya sabemos que el asalto al cielo tendrá que esperar: o mucho corremos y cambiamos durante el camino a la meta, o la famosa “ventana de oportunidades” que pareció abrirse hace ahora un poco más de un año, va a cerrarse con estrépito en nuestras narices.

Cierto es que las elecciones catalanas no son extrapolables a unas generales. Las condiciones de polarización y cobertura identitaria que han arropado los debates no propiciaban los matices. Y hará falta mantener esa insistencia en los matices para las semanas y meses que vienen allí en Catalunya y en el resto del estado. La lógica de la confrontación agudizará sus perfiles en los próximos meses.

Pero lo que sí han hecho las elecciones catalanas  ha sido consolidar tendencias  que ya estaban presentes en las elecciones municipales y autonómicas: el bipartidismo se recompone; el trasvase de votos interbloques (de izquierda a derecha y viceversa) se paraliza, de manera que se ha conjurado la posibilidad de una situación de sorpasso sistémico, sobre la que estuvieron especulando diferentes organizaciones; la agenda vuelve a transitar por derroteros tradicionales.

La fantasía segun la cual se había abierto una revolución democrática y había aparecido un nuevo sujeto político en condiciones de representarla sobrevaloraba un resultado y minusvaloraba consistentes tendencias de fondo. Una actualización del viejo paradigma del. Voces del pasado para tiempos fundados en una lógica de sujetos múltiples, liderazgos provisionales y sustituibles y descentramiento de temas tradicionales.

El impulso del 15M era tan importante como exigente: abría un nuevo ciclo de protestas y opciones para un cambio político de contornos indefinidos. Pero la coherencia programática no es una característica de los movimientos sociales; para eso están los partidos, sean de viejo o nuevo cuño.

Las exigencias que el 15M planteaba eran normativas y procedimentales: una politización de lo cotidiano y nuevos mecanismos que hicieran creíble el empoderamiento de la gente en los procesos decisionales. El legado simbólico era mucho más importante que el programa concreto pero el imaginario del cambio estaba anclado en sólidos presupuestos.

Construir una herramienta política en condiciones de representar ese impulso simbólico era esa “otra cosita” imprescindible para subir al cielo.

Ya sabemos  hasta qué punto se han impuesto en Podemos los mecanismos para asegurar el poder a “los leales” sobre las exigencias de empoderamiento horizontales y abiertamente democráticas.

Pero lo cierto es que la homogeneidad en el núcleo de dirección del partido “del cambio” nunca fue una exigencia del movimiento 15M. Entre otras cosas, fue una lectura de circunstancias sacada apresuradamente de la experiencia de confrontación en el seno de Izquierda Unida.

Tampoco era evidente que solo una fuerza política estuviera en condiciones de representar ese impulso. El legado del 15M, y de las Mareas después, se reconocía en una cierta pluralidad de actores.

La prueba del deseo de cambio se expresó con rotundidad en las elecciones europeas, donde la irrupción de Podemos mostraba a las claras que había despertado una nueva generación a la política, y que su reclamo implicaba nuevos actores y nuevas formas. Pero de valorar esa emergencia y su significado, a considerar que solo el nuevo actor emergente estaba en condiciones de protagonizar la alternativa hay un salto.

De hecho, las elecciones municipales mostraron la credibilidad de los procesos de acuerdo y convergencia como oportunidad de cambio, y el reconocimiento de la población al compromiso de fuerzas políticas que llevan años oponiéndose a las políticas neoliberales en “magnífica soledad”.

Inexplicablemente, el buen resultado para IU en estas elecciones municipales, con miles de concejales electos, parece presentarse más como un lastre que como un valor.

En fin, este proceso exigía y exige mucha generosidad.

En primer lugar, nadie en particular estaba llamado a protagonizar la demanda social de cambio o, más bien, que esta demanda se reconocía en una pluralidad de sujetos a los que se exigía acuerdo y coincidencia. La ambición simbólica del 15M exigía dejar a un lado la habitual canción: “¿qué hay de lo mío?”. Resulta llamativo hasta qué punto la proximidad –más imaginada que real- de un cambio sistémico ha propiciado un discurso exclusivista que exigía de los otros subordinación cuando no pleitesía.

En segundo lugar, después de las elecciones municipales y autonómicas, insistir en el discurso “ni de izquierdas ni de derechas” dejo de tener sentido. Pudo ser una estrategia arriesgada, aunque comprensible, cuando el viento de las encuestas soplaba a favor de Podemos y todo parecía indicar que sería el primer o segundo partido del país. Después de confirmarse que lo que estaba pasando realmente era una recomposición del voto en la izquierda alternativa, mantener una lógica orientada al centro carece de sentido y ha propiciado el extrañamiento de sectores de la población que no han entendido ni la indefinición en asuntos sustanciales ni las declaraciones excesivas contra símbolos muy queridos de la izquierda.

En tercer lugar, continuamos en una fase de acumulación de fuerzas, y es el momento de la representación política que de un impulso decisivo en ese proceso de suma y de inclusión. Eso significa poner el énfasis en los procesos horizontales de empoderamiento y en los procedimientos inclusivos de las diferentes voces y actores.

En cuarto lugar, se ha puesto en evidencia la fragilidad de los temas transversales (casta, corrupción, inmigración…) y sus dificultades para “ordenar” el escenario político. La articulación de un programa político alrededor de la narrativa de la “casta” o de la corrupción parece haber agotado su impulso movilizador. Mantenerla y no enmendalla es subordinar el cambio a otras opciones políticas de las que se esperaba su práctica desaparición y que han mostrado más consistencia de la imaginada. Como demuestra la perspectiva comparada en Europa, los partidos que han crecido alrededor de los temas transversales operan como partidos satélite de los partidos tradicionales y su papel ha consistido en incorporar temas a la agenda, pero en ninguna ocasión ha producido el cambio que proclamaban.

El momento clave de este proceso de acumulación de fuerzas va a producirse alrededor de los resultados electorales de las próximas elecciones generales. Lo que sepamos y seamos capaces de hacer determinará las opciones de cambio en los próximos años.

Hay tiempo para hacerlo, hay demanda social que reclama un proceso de acuerdo político en las izquierdas en condiciones de recuperar la alternativa. Es necesario saber si existe la voluntad política adecuada por parte de los principales actores en este juego. Quizá, después de todo, esta sea la cosita que nos permita subir al cielo usando una larga escalera como medio indispensable.