Opinion · ¿Tendrá futuro la UE?

Francia: el enfermo de Europa

Probablemente sin quererlo, Pierre Gattaz, el lider de Medef (el equivalente a la CEOE en España) daba una de las claves que permiten entender lo que está ocurriendo en Francia: el pasado 1 de diciembre afirmaba: “Digo: cuidado! porque el programa económico del FN me recuerda extrañamente al programa común de la izquierda de 1981: retorno de la jubilación a los 60 años, aumento de todos los salarios especialmente del smic (salario mínimo) de 200 euros, retorno al franco, aumento de las tasas sobre las importaciones…”

La respuesta de Florian Philippot, vicepresidente del Front National ofrece también pistas explicativas: “El señor Gattaz es el Medef, es decir que a él le gustaría poder deslocalizar sin límite, le gustaría que miles de inmigrantes lleguen para poder utilizarlos y seguir una política antisocial (…) Es el sueño de este hiper-capitalismo, de este hiper-liberalismo que encarna el señor Gattaz”.

La victoria del Frente Nacional en Francia ha superado sus propias expectativas y coloca a este partido como el primer partido político en Francia y anuncia una situación inédita de cara a las elecciones legislativas y presidenciales del año 2017.

El FN ha conseguido el 28% de los votos, ha triplicado los resultados de las anteriores regionales, frente al 27,33% de la derecha capitaneada por Sarkozy o el 23,26% del Partido Socialista. La izquierda alternativa y ecologista pierde en su conjunto casi un millón de votantes respecto a las anteriores regionales y a duras penas supera el 10% de votos emitidos.

No es la primera vez que afirmamos la necesidad de considerar dos datos de la realidad europea que, a estas alturas, aparecen como incontestables: la derecha radical no es un fenómeno pasajero y en la mayoría de países europeos la representación de la alternativa al régimen se da por la extrema derecha y no por la izquierda (en cualquiera de sus versiones).

Los resultados del proceso de elecciones regionales merecen, no obstante, ser matizados para poder calibrar mejor el alcance de los mismos. En primer lugar, las elecciones regionales pueden ser consideradas como elecciones de ‘segundo orden’, esto es, procesos electorales en los que el electorado privilegia la opción del ‘castigo’ al poder frente a otras alternativas posibles.

Los Consejos regionales (Parlamentos) que se formarán tras la segunda vuelta del próximo domingo tienen un importante conjunto de competencias administrativas pero están muy lejos de parecerse a un modelo federal, de hecho los Consejos no tienen competencias legislativas.

Esta idea se entiende mejor si observamos la elevada abstención en este tipo de elecciones: un 49,5% en la primera vuelta de las regionales o un 49,8% en las departamentales de marzo de este año frente a tasas de participación de casi el 80% en las últimas elecciones presidenciales (2012).

Esto querría decir que el FN habría ido más allá de su votante tradicional y que se sitúa en excelentes condiciones para competir en las elecciones legislativas y presidenciales del año 2017. No obstante, la elevada abstención ofrece una incógnita muy importante sobre el comportamiento electoral de esa elevada bolsa de abstencionistas en caso de movilización. Y puede significar una demanda insatisfecha de representación política más allá del sistema de partidos existente en Francia, incluido el Frente Nacional.

En segundo lugar, si agrupamos los votantes por bloques electorales observaremos que la izquierda consigue casi un 38% de los votos frente a un 60% de la derecha y extrema derecha. Lo que daría cuenta de hasta qué punto la representación política ha basculado hacia la derecha. Y este giro es también visible en términos de agenda política: los atentados del 13 de noviembre sumados a la retórica antiinmigración que resulta moneda común entre los partidos de la derecha, pero también en el partido socialista, ocupan casi la totalidad de los discursos y propuestas en el espacio público.

La explicación de esta emergencia incontestable del Frente Nacional en Francia, pero también de otros partidos de extrema derecha en otros países europeos, suele explicarse desde el lado de la demanda, es decir, desde los cambios tectónicos ocurridos en nuestras sociedades y que han modificado profundamente las preferencias políticas y electorales de las sociedades en las que vivimos.

Esta aproximación pone el acento en que los cambios económicos, sociales y culturales vividos habrían puesto fin al reinado de las identidades políticas surgidas en el siglo XX y afirmadas después de la Segunda Guerra Mundial. Quizá pueda servir como ejemplo singular de estas mutaciones lo ocurrido en Calais, la ciudad de donde era originario Maurice Thorez, secretario general del Partido Comunista Francés de 1930 a 1964 y ministro y Vicepresidente del gobierno francés de 1954-1947. Esta ciudad, donde el Frente Nacional ha conseguido superar incluso los resultados de la región, aproximándose al 50% de los votos, fue durante décadas un bastión electoral del Partido Comunista y de la izquierda en general.

El fin de las identidades políticas pasadas no es el fin de las identidades políticas mismas. De hecho, no es cierto que el voto del FN sea el voto de la cólera y de la rabia. A estas alturas del proceso electoral, el FN ha afirmado un suelo de lealtad política que ha sido capaz de superar los escándalos familiares que han salpicado la singladura de este partido en los últimos años. Y la elevada bolsa de abstención puede querer decir que ese voto desafecto a la política y que repudia el conjunto del sistema todavía no se ha expresado políticamente.

Pero también quiere decir que las líneas de continuidad histórica entre las viejas identidades y los partidos actualmente existentes están claramente rotas para la mayoría de los votantes. Es decir, el origen histórico remoto de los actuales partidos no es, necesariamente, una referencia de sentido para la mayoría de los votantes. Salvo, quizá, para las cohortes generacionales más envejecidas.

Adaptación activa de los partidos al cambio

No obstante, el eje izquierda-derecha sigue siendo significativo y sigue operando como un vector explicativo fundamental para la mayoría de los votantes. Y en este punto es donde, en mi opinión, hay que incluir las explicaciones sobre lo que está ocurriendo y que incorporan la perspectiva de la oferta política. Es decir, la capacidad de adaptación de los partidos a estos cambios. Se trata de una adaptación activa que modifica la realidad misma promoviendo y enfatizando determinados aspectos frente a otros. El FN habría, desde este punto de vista, sabido maximizar sus posibilidades cabalgando sobre la fractura izquierda-derecha para generar un nuevo imaginario político. Además, la banalización que la derecha ha realizado de la retórica del Frente Nacional ha ayudado a su difusión y normalización.

Esta combinación nos advierte, de ser cierta, que la pervivencia de la izquierda transformadora solo será posible si es capaz de mejorar su capacidad de adaptación utilizando aquello que sigue siendo plenamente vigente: la fractura entre izquierda y derecha. Solo que los viejos registros que permitían codificar hace años la realidad y adaptarla a este esquema han saltado por los aires, en su gran mayoría. Nos toca reescribir el guion y no tenemos mucho tiempo.

Las encuestas dicen en Francia que vistos ante la eventualidad de decidir entre el FN y una alianza anti-FN, un 59% del electorado elegirá la segunda opción. Así es que no es fácil que el partido de Marine Le Pen consiga liderar las seis regiones en las que ha conseguido ser el primer partido. Pero el FN gana en cualquier caso. La eventual victoria de la derecha en al menos dos regiones frente al FN, (aquellas en las que este partido ha conseguido más del 40% y en las que las candidaturas del Partido Socialista se han retirado en favor de las listas de Sarkozy), ampliará la brecha entre los partidos del régimen y el único partido que en Francia aparece en condiciones de dar un puñetazo en la mesa.

Francia es, ahora mismo, el auténtico enfermo de Europa: su papel histórico, su tamaño demográfico, económico y político, convierten esta situación en un enorme riesgo para el futuro del continente en su conjunto. No se trata sólo de la Unión Europea, se trata de la perspectiva misma de Europa la que está en riesgo. De paso es un laboratorio cercano para visibilizar futuras evoluciones del sistema de partidos en España y de la agenda política.

En fin, no estará mal aplicarse ese sugerente consejo de Woody Allen cuando afirmaba no creer en la vida más allá de la muerte pero que por si acaso se llevaba un par de mudas nuevas.