En la Alemania nazi se hizo pasar por avances la esclavitud de las mujeres, su reducción a meros animales paritorios, propiedades y bienes del estado con los que hacer crecer la economía. Aquella violencia pronto acabó en la eugenesia: controlar la pureza de la raza y qué salía de los úteros arios. Y eso es lo que está defendiendo Gallardón con un lánguido, desganado y bochornoso discurso que no se cree ni él mismo, tan obsesionado con parecer moderno y rodearse de modernadas (será para tapar su gris, gris, gris personalidad). Porque entre legislar los embarazos como propiedad del estado y acabar decidiendo quién es feto o hijo correcto para ese estado, no hay mucho. Es evidente que Gallardón y su partido no andan muy lejos de La mujer en la Alemania nazi. La soberbia con la que dictan leyes para someter su libertad da fe de ello. Por si quieren ahorrarse trabajo, aquí les paso unos apuntes de dónde acabó esa confiscación de los derechos de la mujer, que Gallardón ya ha llevado a cabo, en la Alemania nazi:
Se favoreció que las mujeres no trabajaran fuera del hogar. “El campo de batalla de las mujeres alemanas es el hogar“, decían. En 1933 Richard Wagner, director de la clinica de mujeres del Hospital de la Charité en Berlín declaró a los ovarios de las mujeres alemanas como patrimonio nacional, propiedad del estado alemán y futuro del pueblo. Hubo premios de natalidad. Las madres en función del número de hijos que tuvieran eran condecoradas con cruces. Oro, para 8 o más hijos, plata, para 6, y bronce más de 4. Estas cruces eran entregadas el 12 de agosto, día del nacimiento de la madre de Hitler.
Con su escandalosamente absurda declaración de que “Hay una violencia de género estructural contra la mujer por estar embarazada” Gallardón, al igual que su partido (y especialmente esa ala rancia, hipócrita y cristofascista que está gobernada por el Opus y la Iglesia más virulenta), intenta retorcer conceptos, hacer absurdos malabares dialécticos que den la vuelta a la realidad y, una vez más, conviertan a la víctima en verdugo: “tu nuca está agrediendo a mi hacha mientras te corto el cuello”, es la proclama más habitual del PP en coloridas variaciones.
Acudir, una vez más, repito, al discurso de las víctimas reales, a la retórica de izquierdas, feminista y progresista, para intentar legitimar la opresión, el saqueo de derechos, el retroceso social, es una estrategia que la derecha más rancia (cuanto más casposa y reaccionaria, peor) viene haciendo desde hace tiempo. La colonización de la retórica feminista por parte de mujeres-esclavas machistas para distorsionar los derechos de la mujer hasta hacerlos pasar por estar infantilizada, invisibilizada y sometida al varón, la colonización de la retórica gay para hacer pasar por logros de la comunidad el machismo anti-lésbico, la transfobia, el clasismo y el heterocentrismo religioso, o la colonización de las reivindicaciones del pueblo oprimido para intentar disfrazar de petición social los intereses de una pequeña oligarquía que roba dinero a las arcas públicas para repartirlo a sus bancos, son las estrategias con las que la caverna ha conseguido, aprovechándose de la desidia de un pueblo acomodado y privilegiado (recuerden compararse con África o Asia), implantar el todo es alternancia: hoy feminismo, mañana machismo, hoy derechos gays, mañana homofobia, hoy trabajo digno, mañana esclavitud servilista…
Pero es en los derechos de la mujer donde realmente se ve lo “liberales” que son los cristofascistas. Por un lado van hablando de liberar mercados y por el otro se meten en los ovarios de las mujeres, las camas de los homosexuales y las muertes de todos. ¿O sea que ser liberal es sólo para lo material, no para lo que debería ser, para lo humano? ¿Qué retórica es esa vuestra que ataca las ideas socialistas tachándolas de intervencionismo y por otro lado quiere volver a la teoría del feudalismo que regía vidas, haciendas y muertes de sus lacayos?
Y encima cuentan con todo ese ejército de esclavas agradecidas que son las mujeres “neoliberadas” del PP. Que a cambio de unas horas de libertad son capaces de vender a todas las mujeres y devolvernos a la mantilla, el silencio y el infantilismo sexualizado.
Pero quizás escandalice más que nada que se atreva a vincular el aborto con la violencia de género (o machista, como prefiero llamarla yo) un dirigente de un partido que ha ido cerrando casas de acogida para mujeres que sufren la violencia machista, que ha hecho todo lo posible por volver a invisibilizar esa violencia machista y que ha desmontado los institutos de la mujer y el ministerio de igualdad dejando abandonadas a las mujeres que sufren la única violencia machista real (no vuestras pajas mentales que quieren considerar violencia de género partirse una uña en el Ritz cogiendo un canapé o que una adolescente lleve la falda demasiado corta en las procesiones de Semana Santa).
Y la Iglesia frotándose las manos: vamos a poder volver a encerrar los libros, la información y el conocimiento en nuestros monasterios, como antes. Y con un pueblo de analfabetos asustados, la única posibilidad de felicidad es el más allá. Nuestra inmobiliaria fraudulenta que vende parcelas en el más allá vuelve a estar en alza.
por cierto, #violenciaestructural ya es tendencia en twitter. Y no para bien precisamente. Cuando se impone la sinrazón, la respuesta más común es la ironía.
Por supuesto, el PP ya ha dado sus primeros pisotones a los derechos del siglo XXI. Y, como no, las primeras en caer han sido las mujeres. Es su prioridad. Las razones de su opresión (que es la de la repugnante Iglesia) no son morales, son económicas. La Iglesia y los estados imperialistas que la sustentan ven en la mujer una mera máquina de reproducir. Un animal para parir sin más alma que una yegua con la que mejorar y aumentar sus establos. Son ganado, propiedades con las que conseguir dinero y poder. Es urgente tutelar a la mujer para mandar sobre su cuerpo, sobre su mente.
Como argumentó un comentarista aquí: ¿Qué les parecería si la mujer tuviese que pedir permiso a sus padres para tener a su hijo y estos le obligasen a abortar? A todas. Porque la situación inversa es igual de salvaje: que sus padres decidan por una mujer de 16 años si puede o no abortar es volver a la mujer como propiedad del padre.
Pero el PP, ajeno a la realidad social en la que vivimos, jugando hasta el límite (como ha hecho durante toda su salvaje oposición que ha estado a punto de derrumbarnos), quiere borrar estos últimos 30 años de evolución y devolvernos a ese hipócrita espejismo de libertad que fue la transición, a 1985, restaurando la ley de supuestos que tutelan a la mujer. Gracias a la presión de los cristofascistas, Las mujeres tendrán que volver a dar una justificación para abortar. Un atropello a todos nosotros como sociedad. En un comunicado Acai dice que la reforma de Gallardón convertirá “en menores de edad” a todas las mujeres. Como bien explica la Asociación:
La Asociación de Clínicas Acreditadas para la Interrupción Voluntaria del Embarazo (ACAI) considera que la reforma de la legislación que regula el aborto anunciada por el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, supone “convertir en “menores” de edad a todas las mujeres españolas”.
Acai advierte que un posible retorno a la legislación anterior supone no solo tutelar de nuevo la decisión de las chicas de 16 y 17 años, “sino convertir en menores de edad a todas las mujeres españolas”.
Además, prosiguió este miércoles la entidad, regresar a una ley de supuestos implica no solo ningunear la decisión de la mujer sobre su gestación, “sino también volver a instaurar la inseguridad jurídica para mujeres y profesionales”.
Y esta inseguridad, advirtió Acai, abre de nuevo la puerta a las interrupciones clandestinas, “lo que pone en peligro la salud y la vida de las más de 100.000 mujeres que abortan ahora por derecho propio en España”.
La asociación aventura, finalmente, que la legislación de supuestos propuesta por el titular de Justicia será “aún más regresiva” que la normativa de 1985, y que excluirá a España de la legislación europea más progresista.
Gallardón es la peor especie de hipócrita: el que se cree su pose. Es un meapilas con pose de tolerante que en cuanto recibe la orden de dejar caer la guillotina lo hace sin pestañear. Y eso es lo que ha empezado a hacer con pose de pesadumbre. Ya no puede ser el alcalde “guay” que sumió Madrid en la bancarrota total en pos de sus delirios de grandeza. Ahora posa de ministro impasible y va ejecutando las órdenes de esas organizaciones, nidos de pedofilia y abusos a menores, que susurran sus órdenes entre mantos púrpuras y crucifijos. Nos quieren devolver a la España del miedo, la cobardía y la muerte en vida. Pero se equivocan en una cosa: ya no estamos dispuestos a aguantar esas bravuconadas. Por mucho que enjuicien a Garzón a modo ejemplar, por mucho que derrumben Megaupload, por mucho que roben el dinero a espuertas, no podrán esconder la línea que trazamos hace tiempo. Y si nos empujan para atrás, volveremos a recuperar cada paso que conquistamos. Con nuestra sangre, con nuestra vida, con nuestro aliento.
No tenemos miedo. Sólo nos falta la rabia. La que nos trajo hasta aquí. Y poco a poco la están recuperando. Y cuando la rabia esté toda en nuestras bocas, los gritos antecederán a la valentía, la generosidad, la lucha.
A raíz de la famosa foto, manipulada hasta la saciedad por la derecha para hacer parecer a los revientamarchas católicos los mártires y a los pacíficos laicos, que fuimos acosados, insultados y provocados, los verdugos y acosadores, un intento de insulto que he leído en mil comentarios, blogs y tuits, es el del calzado que yo llevaba. “Esas sandalias que llevabas son horrorosas”, han repetido los cristofascistas a modo de fatal injuria.

En ningún comentario se ha visto más claro su cortedad de miras, su miedo, su servilismo social. Es un verdadero caso de escotoma: ven lo que quieren ver, no lo que hay. Y si no existe, lo completan.
Nunca ha sido más evidente el fascismo genérico, la categorización y el machismo que asola esta sociedad. La gente (especialmente los reaccionarios) sigue categorizando todo en términos binarios de hombre/mujer, masculino/femenino, feo/guapa… y les aterroriza, ofende e inquieta cualquier disidencia de la norma que han aceptado sin siquiera pensar. El ser humano tiene terror al cambio. Por eso es tan fácil imponer el pensamiento reaccionario de la derecha y tan difícil conseguir el más mínimo avance desde la izquierda.
La trampa machista ha sido muy efectiva controlando el cuerpo reproductor de la mujer, dificultando su libertad, imposibilitando la paridad que el feminismo quiere no sólo para las mujeres, sino para los hombres. El poder ha hecho un verdadero lavado de cerebro a la población que ya dura siglos. No saben por qué, pero saben que las mujeres deben esforzarse en adornar, ir adornadas, cuidar su vestimenta, calzado y apariencia, mientras el hombre puede descuidarse, es más, debe descuidarse porque es un síntoma de virilidad. Un hombre que va excesivamente conjuntado, cuidado o guapo, preocupado en complacer visualmente a los demás, en ser observado en lugar de ser observador (punto de vista hegemónico), es inmediatamente cuestionado como poco viril; ergo: potencialmente homosexual.
Y es entendiendo esa limitada forma de clasificar según la caduca dualidad genérica como se explica que se empeñasen en ver mi calzado, perfectamente propio para una manifestación en Agosto, como un fallo de etiqueta.
La mayoría de personas, ni digamos los cristofascistas que pretenden devolvernos al pasado, no se ha querido percatar de que mi apariencia no es fruto de una necesidad estética, fetichista o consensual. Es una provocación, es un acto político, es una reivindicación en sí misma. Quizás por ello no se hayan dado cuenta de que:
- Nunca me vestí de mujer. Me vestí de Shangay Lily. Como mucho de Diva. Ninguna mujer se viste como yo iba. Y de Diva multicultural. El turbante fue en todo momento muy premeditado para plantear los hábitos culturales musulmanes, indios o africanos en una sociedad homogénea que no se plantea lo subjetivo que es la definición de masculino y femenino (lo que en España se considera como ultrafemenino, una falda, por ejemplo, en Escocia es el ápice de la masculinidad guerrera gañana, como vimos en Braveheart).
- Hace muchos años (desde la presentación de mi primera novela y segundo libro, Escuela de glamour, más exactamente) que dejé de maquillarme y usar el turbante. Entonces la prensa saludó mi cambio con un surrealista “¡Milagro! Shangay Lily se ha convertido en un hombre”. Concretamente en la revista Sorpresa! de 2000. En esta sociedad capitalista, acosada con la repetición de estereotipos fáciles de vender, es incomprensible que alguien utilice su imagen para algo más que encajar en los nichos ofrecidos.
- Si dejé de vestirme y maquillarme de lo que la sociedad entiende como “mujer” (ninguna mujer se viste así, repito) fue porque había sido encajado en ese constructo social, aceptado, asimilado, y ya no era efectiva mi disidencia, mi protesta, mi provocación para desafiar lo que es correcto, lo que es masculino o femenino, lo que es correcto o no.

El hecho de que yo fuese vestido bastante informal con pantalones, una fresca camisa y un calzado cómodo, apropiado para una marcha de protesta, no para un photocall, se les escapa completamente. Y ello es posible porque me analizan con los parámetros machistas, clasistas y homófobos que les han enseñado. Es más, me los quieren imponer. Ha habido quien incluso me ha tachado de ir de pai de santo (sacerdote de la santería brasileña), bastante más cercano a mi intención. Hasta homosexuales antiguos y endohomófobos han intentado menospreciar mi activismo porque “te vistes de mujer”, sin saber que esa homofobia y, sobre todo, misoginia, dice más de su ancestral servilismo que de mi inexistente intención o deseo de parecer una mujer. Y, sobre todo, de su deseo de travestirse. No pueden ver la transgresión, el acto político si en el fondo se ve con envidia la posibilidad de vestirse de mujer, algo que para mí fue siempre una pesada carga, un duro trabajo y un esfuerzo considerable que no me compensaba en sí mismo, sino en el activismo.
Sólo sabiendo esto se puede entender que en un conjunto de calle, salvo quizás por el turbante que servía a su función de protegerme la calva del sol, puedan ver una indumentaria femenina (ni digamos un “disfraz de transexual” concepto absurdo e imposible donde los haya; o se es transexual o no se es, lo demás es travestismo como mucho y, en este caso, prejuicios para querer ver a una vestimenta femenina donde hay una clara vestimenta masculina informal). Aún no se han repuesto de mi osadía de maquillarme, llevar tacones y lucir más glamour que sus mejores fantasías y de repente aparezco con lo que sólo se entiende desde la perspectiva de “masculino” (si es que eso existe).
Es verdaderamente hilarante su obcecación en imponer una dictadura, una jerarquía, un imperio de etiquetas que mantenga a todo el mundo atrapado en su nicho (diseñado por ellos, claro).Me divierte enormemente el empeño de los reaccionarios en mantener su corteza de mirada, su arcaico.
Así es: sólo entendiendo esa incultura, esa cortedad de miras, esa promoción de la incultura y la desinformación, se puede entender que de todo lo que proponía políticamente aquella tarde de agosto en la que, bandera gay en mano, fui a protestar por el intento de la derecha de restituir a la Iglesia en su Inquisición, sólo se quedasen con que a mi ego de seudo mujer (que nunca quise ser, como repetí en mil entrevistas y libros), de homosexual que se asemeja a una mujer en su miedo a no encajar en las normas heterocentristas (otro error que he aclarado en mil entrevistas; la maliciosa equiparación de homosexualidad con travestismo, ignorando las diferencias entre sexo, género y deseo), de súbdito del heterocentrismo, controlable por unos parámetros hegemónicos que quieren dictar lo correcto y lo erróneo, lo bonito y lo feo como si fuesen objetivos y no escandalosamente subjetivos y manipulados, de minoría oprimida por unas normas inventadas por el Patriarcado para controlar a sus peones, sólo se quedaron con que ese calzado no era bonito, no era lo suficientemente subyugante, no era “femenino”. Intentaron apelar a mi sentido de la obediencia civil en medio de un acto de desobediencia civil.
Así de absurdos y ajenos a la realidad son ellos, los cristofascistas.
Hace unos días el hashtag (etiqueta) #feministaentwitter fue TT (trending topic, o sea: “tópico tendencia”) en twitter. Con motivo de la sorprendente tendencia, los pocos feministas, bueno, no tan pocos si éramos tendencia, que nos desesperamos leyendo trivialidad estúpida tras trivialidad estúpida (“Yo el twitter lo tengo para partirme la caja con las paridas de la gente”, me confesó un chico hace poco mientras me enseñaba los tuits de Carmen de Mairena; más simples que el mecanismo de un tornillo), inmediatamente empezamos a saludar con alborozo la celebración.
En pocos minutos el hashtag se llenó de tuits de descerebrados afirmando barbaridades paleolíticas del tipo: “Todas las feministas son feas con bigote que odian a los hombres porque ninguno se las quiere follar”. Aquella horda de machistas recalcitrantes utilizaba las estrategias de siempre: insultar, desacreditar, liar, manipular, mentir y distorsionar lo que es el feminismo para intentar justificar su violencia machista y preservar la caricatura de la feminista que tan bien le ha funcionado al Patriarcado hasta ahora.
La gente, que sufre un severo caso de “equidistanismo” (sí, he aprendido ahora la palabra que tan bien define al 15M, a pesar de que mi querida Rosa María Artal le quería dar otro significado), o sea: se aferra a un cómodo y cobarde “todos son iguales así que yo no soy ni de izquierdas ni de derechas”, rápidamente acudió a ese ignorante y cobarde “equidistanismo” para quedarse con que tan malo es ser machista como feminista, lo bueno está en el centro. De hecho, el comentario de una mujer en el Google + de un amigo (sí, sí, ya tengo Google + para perder el tiempo un poco más) fue: “No hay que ser feminista, ni machista, hay que ser humanista”. Patética afirmación de colaboracionismo con el verdugo que respondí con un comentario que creo resumen muy bien el problema:
Intentar hacer pasar el feminismo por lo opuesto al machismo es manipular la realidad. Y que lo haga una mujer es triste. Equiparar a los asesinos machistas con los feministas que luchamos por la libertad es como decir que no hay que ser ni de ETA ni víctima sino persona indemne.
Por suerte muchos aplaudieron y entendieron mi explicación. No pude, o caí, en añadir que además de víctimas, los que están al otro lado del terrorismo, intentando encontrar una nueva respuesta pacífica y honesta, son lo más parecido a los feministas, pero me habría extendido demasiado. En cualquier caso, con esta epidemia de equidistanismo se hace imposible pasar más allá de la superficie más facilona y genérica. Esa ha sido mi gran duda con los “Indignados” y su lamentable “PSOE y PP la misma mierda es”. Es innegable que le han hecho el juego a la derecha, gran promotora de ese discurso “equidistaní”.
El caso es que también abundaron los insultos personales por declararme orgullosamente feminista. Entre estos destacó uno de un engendro que se llama persona y que estaba poniéndonos tuits insultantes a todas las feministas compulsivamente. Su empeño en querer marcar en el imaginario colectivo la asociación de “feminazis” con feministas o de “Machismo y feminismo la misma mierda es” (una vez más ese peligroso discurso “equidistaní”) o incluso de que en realidad son las mujeres las que están maltratando cada día a los hombres y que las feministas tienen el poder y tienen sometida a la población masculina a una ola de terror y violencia (de academia surrealista dadá), delata su escuela machista clásica.
Me quedé perplejo cuando vi el psicótico cartel que había puesto como imagen de perfil y que cambiaba los anuncios denunciando el maltrato a las mujeres por una imagen de una mujer “maltratadora” que es lo común, como si eso existiese.

Ya casi me he acostumbrado a los delirios de este tipo de chiflados, pero nada me podía avisar de lo que me encontré cuando entré “blog”. La asquerosa montaña de mierda que él llama entradas animaba a los hombres a ser violentos con las mujeres, y esta cloaca incluso frivoliza en tono jocoso con los maltratos a las mujeres que cada semana dejan cadáveres y nos “explica” que si las mujeres se metiesen en la boca un puñado de caramelos y no hablasen ante su agresor el hombre no tendría que estar dándoles palizas “por su bien”.
De vómito que siga existiendo este tipo de excremento por el mundo.
Hay que ser sinvergüenza para perseguir al feminismo en cada rincón en el que se manifieste, como Esperanza Aguirre ha hecho y promovido en el caso de las Valientas de la capilla de la Complutense, y luego recurrir a su retórica, logros y mecanismos de defensa cuando nos viene bien.

Pues eso es lo que intentó hacer la populista Señora Presidenta de la Comunidad de Madrid cuando un cartel suyo con el revelador eslogan Adiós, Condesa apareció en destacados lugares de la capital como parte de la lúcida campaña de Tomás Gómez. Esperanza Aguirre, una innegable representante del dinero, los privilegios de clase y el clasismo más rancio, una mujer convencidamente machista, casualmente casada con un Grande de España, no tuvo mejor ocurrencia que acusar a Tomás Gómez y a su equipo de “machista” por decirle la verdad en la cara: que está casada con dinero aristócrata, que ella es de dinero aristócrata (eres nieta del Conde de Sepúlveda, José Gil de Biedma Becerril, querida, que ese apellido no lo saques sólo para disfrazar tu homofobia mencionando al poeta que jamás conociste), que sus amistades son de dinero, elitistas, machistas y reaccionarias. Pero de repente no le venía bien que la realidad eclipsase su discurso populista de “yo no llego a fin de mes” (una vergüenza que una mujer increíblemente rica y aristócrata por familia y casamiento, pero de las ricas de verdad, se atreva a reírse de los ciudadanos que sí que no llegan a fin de mes y tienen que hacer malabares para que no les echen a la calle o a sus hijos no les dé ni para zapatos). Pero esas son las estrategias de la derecha hipócrita y populista que tan bien representa la señora condesa, Esperanza Aguirre. Valores de clasismo y enchufismo (ha colocado a todas sus compañeras y compañeros de clase) encubiertos por un paternalista “colegueo” con “el pueblo” que en su caso bordea en la caricatura zarzuelesca. Habrá visto que a su colega Rita Barberá le funciona muy bien lo de trabajarse la vena populista en las agrupaciones falleras (en las que están metidas todas las familias) y ha decidido que el equivalente es la manola de la Verbena de la Paloma (a pesar del desplante que el año pasado le dieron los Bomberos protestando por la precariedad, por mucho que Telemadrid obligase a sus cámaras y redactores a ocultarlo).
Ella, al igual que su partido, intenta hacer pasar por avances para la mujer el hecho de que haya conseguido diversos cargos de relevancia política que en realidad sólo han sido posibles gracias a sus contactos, endogamias diversas y privilegios de clase. Querida Esperanza Aguirre, no eres, ni de lejos, el primer caso de una mujer de derechas, reaccionaria y machista que llega al poder. De hecho es una estrategia que los reaccionarios patriarcales vienen reproduciendo cada vez más a menudo para disimular sus discriminaciones. Tu adorada Margaret Thatcher fue un claro precedente. Es fácil para una mujer que se pliega al Amo Patriarcal llegar hasta arriba como una bala, como para un gay que hace lo mismo, los oligarcas necesitan esas marionetas populistas para distraer de su creciente reducción y destrucción del Estado de Bienestar a favor de la Plutocracia.
El feminismo no es un complemento que una se pone o se quita según cómo quede con el modelito que llevamos ese día, querida Condesa. El feminismo es una cosa muy seria que ha llevado a la cárcel, al exilio y a la tumba a muchas valientas. Quizás no hayas entendido que lo que tú haces se llama mujerismo. El mujerismo está construido sobre la falacia de que todas las mujeres son iguales, han luchado por lo mismo y, por lo tanto, son feministas. Obviando la incómoda realidad de que, por desgracia, una gran proporción de mujeres son agentes machistas al servicio del Patriarcado y sus máximos representantes: Familia e Iglesia.
Y es que la derecha ha aprendido de su mentora, la Iglesia Católica, que las mujeres son instrumentales a la hora de preservar el machismo, la homofobia, el fanatismo. La Iglesia siempre ha sabido utilizarlas en un estado de profunda represión y miedo para convertirlas en agentes adoctrinadores desde las bases, en la familia. Y en política eso lo han sabido reproducir desde la hipócrita derecha: a las mujeres rompedoras, valientes, solidarias de la izquierda, contrapone mujeres obedientes, serviles, adoctrinadas en la derecha. Mujeres como Esperanza Aguirre que dejó de pensar por si misma hace mucho, si es que alguna vez lo hizo, y se limita a preservar el poder masculino, a reproducir los esquemas machistas, a obedecer la máxima nacional-católica de padre-marido-confesor. Y, por supuesto, a perseguir a sus hermanas más generosas. Con la sonrisa, la cortesía y el aire palaciego de la esposa del cacique, claro.
Pero no es el primer caballo de Troya que intenta meter al enemigo en el vientre del feminismo. Muchas antes lo hicieron y muchas más lo siguen haciendo. Y vamos a seguir luchando. Con nuestro voto.
Vota feminista, no votes mujerista.
P.D: El PP se niega a retirar unos carteles que culpan del paro a Tomás Gómez. Y si a La Condesa le parece mal que se hable de su marido en lugar de ella, ¿qué le parece hablar de Zapatero en lugar de Tomás Gomez para desacreditar al segundo con la absurda asunción de que el paro es culpa de Zapatero? ¿No habéis tenido nada que ver vosotros y vuestra especulación inmobiliaria, chatos? ¿No es más cierto que vuestro apoyo a los corruptos ha degenerado en esto? Bendito sistema neoliberal que sigue culpando a las víctimas y devolviendo dinero a los verdugos.