Criminales

En eso se convierten el presidente Bush, su camarilla y los que le apoyaron desde Europa, al saberse que las razones que se alegaron para la invasión de Irak fueron inventadas.

A no ser que los engañados, ante esta revelación, ahora oficial, se desmarquen, ofendidos, indignados. No es suficiente alegar entre risas, como hizo el señor Aznar, que su error es no ser tan listo como otros y darse cuenta de las cosas más tarde que los demás. Aunque lo niegue, en diferentes ocasiones hizo de portavoz de las mentiras de Bush y su gente, que ahora se reconocen falsas.

Si no es cómplice de este genocidio, si es cierto que se tragó las mentiras porque, como él afirma con cinismo, es más cortito que los demás, lo tiene muy fácil para proclamar su inocencia y recuperar su condición de hombre decente. Le basta con descolgar el teléfono, llamar a su amigo el presidente de los Estados Unidos de América, democráticamente elegido, y decirle: “George, me engañaste, creí tus mentiras de buena fe, hiciste que estafara a mi pueblo, parte del cual confiaba en mí, hiciste que fulmináramos la legalidad internacional, y todo, para provocar un despiadado genocidio. George, quiero manifestarte mi desprecio por haberme utilizado, por abusar de mi ingenuidad, deslumbrado ante la posibilidad de que aquella foto que ha provocado tanta muerte, tanto derramamiento de sangre inocente, tanto terrorismo, tanto dolor, tanta crueldad innecesaria, estuviera en todos los libros de historia con un pie en el que se nos reconociera como apóstoles de la libertad y no de la muerte. George, tú has hecho de mí un genocida, por eso te desprecio y tengo que decirte que tú, y no yo, eres un criminal despiadado”.

De otro modo, será cómplice y tendrá que pagar por ello.