La supresión de las escuchas

Los que votaron a Berlusconi no sólo pretenden poner en el gobierno a su candidato favorito, sino acabar, de paso, con un sistema que detestan. Nadie en su sano juicio puede pensar que un candidato que ha sido condenado por sobornar jueces y que ha utilizado el parlamento italiano para promulgar leyes que impiden el normal funcionamiento de la justicia, para evitar ser juzgado por numerosas causas que tenía abiertas y que, gracias a esas argucias, prescribieron (como ocurrió aquí con le caso de la funeraria de Madrid), es el ideal para presidir un régimen democrático. Le votan desde el desprecio a la democracia. Detrás del elegido están los millones de electores que afirman: “Todos los políticos son iguales”. Si tenemos en cuenta que, como en el caso del señor que nos ocupa, entre los políticos hay delincuentes, al hacerlos a todos iguales, la clase política se convierte en el sindicato del crimen. ¿Cuál es el siguiente paso? Librar a la sociedad de este género infecto.

¿Cómo? Con la llegada de un bocazas demagógico que con un discurso populista derogue los derechos elementales y suprima la libertad. La democracia no es, evidentemente, un régimen perfecto, pero muchos, no todos, los que hemos vivido “lo otro”, reconocemos sus ventajas. Claro que también están los que se beneficiarían del cambio. Imagínense lo que ganarían algunos periódicos y radios con la supresión de esa libertad en cuyo nombre cometen atropellos constantes.

Una vez más, Europa mira hacia otro lado, pero exige a los países que pretenden entrar en este club privado de los desarrollados de occidente que, antes, democraticen sus estructuras políticas. ¿Se lo exigirán también a Italia? ¿O basta con convocar elecciones de vez en cuando?