Opinion · El rincón del ñángara

Cuando Rajoy mire hacia abajo

Cuando un régimen llega a su crisis final, antes de su verdadero colapso, un fenómeno misterioso tiene lugar: de repente la gente sabe que el juego ha terminado ya y deja de tener miedo. No es solamente que el régimen pierda su legitimidad, es que además sus acciones son percibidas cómo un ejercicio de pánico. Todos conocemos la clásica escena de dibujos animados en la que el gato llega al precipicio, pero sigue caminando, ignorando el hecho de que ya no hay suelo bajo sus pies. Solo empieza a caer cuando mira para abajo y ve el abismo.
Es la tesis de Slavoj Zizej, un lúcido filósofo esloveno, que escribe de la descomposición de los regímenes políticos… cómo si estuviese viendo a Rajoy caminando sobre el vacío del precipicio. Solo falta que mire hacia abajo.
La foto en la que se ve con más nitidez la descomposición del régimen (no solo del Gobierno) es la de la corrupción. Esa imagen en la que se percibe una casta de políticos cleptómanos, que utilizan el poder como vulgares hombres de negocios, sin piedad y abiertamente, como un instrumento para proteger sus intereses económicos. La corrupción les ha dejado sin autoridad moral para seguir exigiendo a los ciudadanos que se aprieten más el cinturón. Ya no están en condiciones de cumplir con la sagrada labor que les han encomendado los bancos y esa especie de ente orwelliano que hemos dado en llamar Bruselas. Sus exigencias de austeridad suenan a broma pesada, a truculencia y a sadismo. ¿El PP, hundido hasta el cuello en sus bárcenas, sobresueldos, blesas, gurteles, bankias…puede desencadenar otra operación de conmoción y pavor como la de la Reforma laboral? ¿Puede hacerlo el PSOE con sus ERE,s y sus 264 causas abiertas en los tribunales?, ¿Puede hacerlo el Rey?
Lo que hace de la corrupción política un fenómeno tan interesante es que los implicados tienen que actuar cada vez con mayor descaro y lo hacen desde el Poder. En su afán por neutralizar las investigaciones legales sobre sus actos delictivos, erosionan, inevitablemente, las instituciones y con ellas los fundamentos de la democracia formal. Destapan, sin quererlo, la tapa del engendro. Ponen al descubierto, muy a su pesar, la gran patraña en la que se ha convertido el régimen monárquico y el bipartidismo. El guiñapo de esta democracia trucada se exhibe a los ojos de todos.
“El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos”, decía Gramsci, para caracterizar un momento de cambios en la historia con ciertos parecidos al actual: crisis económica, guerras, inestabilidad… Pero ya advertía el intelectual italiano que los cambios sociales no llegan solos, aunque todos los astros estén correctamente alineados. Es necesario empujar, pasar a la ofensiva, hacer mucho ruido para que los de la monarquía bipartita miren hacia abajo
Lo más notable de la situación es que una parte de lo que hemos convenido en denominar “izquierda” se comporta como si fuesen fieles a ese proverbio oriental que dice “Hay algo peor que no conseguir lo que se quiere y es conseguirlo”. Lo teorizaba Orwell, en el camino de Wigan Pier: “Hay quienes plantean propuestas progresistas porque tienen la secreta convicción de que nada puede ser cambiado”… O quizás si, en algunos casos esa izquierda se decide sin titubeos a defender vehemente las transformaciones sociales… siempre y cuando se produzcan a una prudente distancia de seguridad: En Venezuela, en Cuba, en Bolivia.
Se les oye hablar en los parlamentos y en las sedes sindicales de las movilizaciones en las calles, pero no se refieren a lo que podrían hacer y no hacen sus propias organizaciones. Se refieren a otros: al 15-M, a las Mareas de colores, a los afectados por la hipoteca, a las plataformas civiles…. Ellos aquí y ahora, en este preciso momento, no encuentran la oportunidad para confrontar con decisión a la derecha, aunque se haya desencadenando una violenta guerra de clases ante sus atónitos ojos. No les pregunten por su desconcierto, les dirán que “están en la fase de acumular fuerzas”.
Mao, sostenía que las crisis eran los momentos más apropiados para forzar cambios sociales y lo explicó con una frase lapidaria: “Hay un gran desorden bajo el cielo: la situación es excelente”. Lo que era excelente para Mao no lo es para la izquierda española que antes de acercarse al Poder, prefiere ver primero cómo se abrasa la derecha y su prestigio en el fuego de la crisis. “La izquierda tiene sus tiempos”, dicen, y puede ser cierto. El problema es que quien no tiene tiempo es la gente. El nuevo periodo en el que está entrando la crisis evoluciona hacia un estado económico de emergencia, en el que los recortes y las medidas de austeridad se están convirtiendo en crónicas. En una nueva forma de vida. Todo tiene un gran riesgo de degradarse y nunca aparecerá un “buen” momento para que la Izquierda llegue al Poder. Incubus lo preguntaría con aquella canción: ¿ If not now, when? ¿Si no es ahora, cuando?
La red en la que estamos atrapados con un paro catastrófico, un endeudamiento imposible de afrontar y un sufrimiento social insoportable definen un desastre sin precedentes. Ese marco hace brillar también la miseria de la izquierda actual, que se limita al rechazo generalizado de cualquier medida que arañe el ya muy adelgazado “estado de medio estar”, sin hacer una propuesta clara y alternativa.
No es fácil. En palabras de Zizej “la izquierda tendrá que caminar hacia lo nuevo en situaciones totalmente inapropiadas y del tiempo que llega se podrá decir que no es apto para cardiacos”