Opinion · Bulocracia

Testificar y los testículos

A algunos les pica la curiosidad con los testículos y el verbo testificar y se acuerdan de los romanos. O del Papa. Según. Los que tiran de los romanos pueden empezar con que la palabra testículo procede de testículus en latín. Testis es testigo y culus, un sufijo diminutivo. Luego, se podría afirmar que los testículos para los romanos eran unos “testigos pequeños”… Seguro que unos más que otros.

Y a partir de ahí surge el bulo extendido que afirma que los romanos y los testículos tienen mucho que ver con la palabra testificar. Esto es como el presunto origen de la tortilla a la francesa, eso de que cuando nos invadieron los franceses por su culpa se acabaron las patatas y no quedaba otra que hacer las tortillas solo con huevos, a la francesa. El asunto se desmonta por sí solo porque se habrían acabado antes los huevos que las patatas, seguro.

Lo de los romanos con testificar y los testículos, igual. La teoría que dice que el verbo testificar es cosa de los romanos, porque juraban que iban a decir la verdad con la mano derecha en los testículos y se los estrujaban si mentían, es bastante popular pero ni está probada ni es es el origen de la palabra testificar, que se parece pero no es igual y viene a significar “hacer de testigo”. Testificar procede de testiguar y del latín testificare, no de testículo o de testículum.

Machismo de cojones

Los que prescinden de su origen romano mundanal y aluden a los Papas como artífices de la palabra testificar dicen que cuando ya se conocía quién había sido designado nuevo Papa, antes de pontificarlo, un cardenal le tocaba los cojones, literalmente, para dar fe de que ahí estaban y no se trataba de una mujer. Y a esa acción de palpar los papales testículos se supone que se la acabó conociendo como testificar.

Esta versión nunca la ha confirmado la Iglesia, ni lo hará, y eso que existe una silla, llamada sedia stercoraria, que se asemeja a un váter pero presuntamente tenía otra función. Porque su agujero central, dicen muchos, estaba ahí para favorecer el tocamiento de los testículos del inminente nuevo Papa y que no pasara como con “la Papisa Juana”, una mujer inglesa o germana que, según las leyendas, en el siglo IX consiguió pasar por hombre hasta llegar a convertirse en Papa.

Pero la descubrieron, porque dio a luz en plena procesión del Corpus en Roma. Y ante tal herejía, la multitud la golpeó hasta la muerte, a ella y al recién nacido. Y es que un Papa mujer, que da luz de manera espontánea en una procesión vaticana, porque obviamente debía estar embarazada, y eso es por algo, parece mucha tela para el siglo IX. Ni echando mano del Espíritu Santo.

Algunos autores creen que esa “Papisa Juana” pudo ser el Papa Juan VIII, aunque es difícilmente comprobable y tampoco sobre esto va a testificar nada nunca la Iglesia.