Realpolitik

Hacia una monarquía presidencialista

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el rey Felipe VI, posan juntos después de que el nuevo jefe del Ejecutivo prometiera su cargo en el Palacio de La Zarzuela. E.P./Pool
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el rey Felipe VI, posan juntos después de que el nuevo jefe del Ejecutivo prometiera su cargo en el Palacio de La Zarzuela. E.P./Pool

¿En qué momento comenzó la república romana a convertirse en Imperio? ¿Podemos señalar algún momento cierto en el que sus potentes instituciones republicanas comenzaron a transformarse en meros adornos imperiales?

Aunque los historiadores coinciden en que el año 27 a.c. fue el momento en el que formalmente se otorgó consistencia jurídica a la ficción de la convivencia entre el senado y un Octaviano ya investido como Imperator Caesar Augustus, dando así comienzo al Imperio, no es posible señalar si el proceso había comenzado ya en las guerras civiles, en la rebelión de Sertorio en Hispania, en alguna de las conjuras del hiperactivo Catilina, o en la gestación del primer triunvirato.

El de Roma es solo un ejemplo, en la mayoría de los cambios políticos de nuestra historia, nuestros antepasados no se acostaron un día ciudadanos de un régimen y se despertaron al día siguiente como súbditos de otro. Las cosas no son tan sencillas.

Por eso,  cuando la semana pasada se publicó en el BOE el decreto de estructura del gobierno Sánchez, me vino inmediatamente a la cabeza lo que acabo de contarles, el fin de la república romana y el comienzo del imperio, con la diferencia de que en nuestro caso no ha hecho falta la dramática investidura de un Princeps, ha bastado con algo tan sencillo como pegar unos cuantos discretos martillazos a nuestro engranaje constitucional para que, de hecho, estemos comenzando a vivir el comienzo de un nuevo régimen que si bien mantiene formalmente todas las instituciones del nacido en 1978, se parece muy poco ya a este, aquí tienen unos cuantos de esos cambios a los que me refiero.

  1. Presidencialismo puro y desacomplejado: Sánchez no es ya un primer ministro al estilo de las monarquías constitucionales europeas, un "primus inter pares" en el Consejo de Ministros, sino que eleva su "imperium" sobre el mismo asumiendo formas y potestades de los regímenes presidencialistas, dando comienzo a algo que creo que podríamos llamar sin demasiados riesgos como "Monarquía presidencialista".
  2. Moncloa se constituye de facto en el nuevo Consejo de Ministros:  El decreto de estructura, sin decirlo, inviste al gabinete de la presidencia del gobierno como verdadero poder ejecutivo asumiendo las funciones más sensibles del aparato del estado y además sin la engorrosa obligación de dar cuentas al parlamento.
  3. El Consejo de Ministros, aun manteniendo formalmente sus funciones constitucionales, se convierte por la via de hecho en un órgano basicamente decorativo. El exceso brezhneviano de ministerios hace que nada importante pueda ser debatido en profundidad en sus escasas reuniones, reduciendo por tanto su papel al de mera aprobación de las decisiones que se van a gestar en el gabinete de la presidencia.
  4. Los ministros y sus equipos van a ser coordinados desde el gabinete de Moncloa, por lo que de hecho se convierten en unos señores muy simpáticos que van a pasar por Moncloa una vez por semana… y poco más.
  5. Sánchez se convierte por tanto en el presidente del gobierno con más poder operativo y menos contrapesos de nuestra democracia: Más poder que el que atesoró Aznar y menos contrapesos de los que nunca tuvo Felipe.

Inauguramos así un nuevo tiempo en el que a pesar de que mantengamos la ficción de vivir en una monarquía constitucional, de hecho hemos comenzado a caminar hacia un nuevo e ignoto modelo en el que las instituciones de las que nos dotamos en 1978 (Consejo de Ministros y parlamento)  pierden consistencia y poder en favor de otra como el gabinete de presidencia que además ni siquiera tiene que someterse al control del parlamento: Una monarquía presidencialista.