Con negritas

La enconada batalla de Repsol

Es de suponer que LUIS DEL RIVERO había calculado las posibles consecuencias de su asalto a Repsol, pero seguramente no esperaba una resistencia tan hiperactiva como la que está encontrando. Desde hace días, Sacyr y Pemex vienen siendo objeto de un auténtico fuego graneado, detrás del cual no es difícil adivinar la mano de quienes se sienten amenazados por el pacto de accionistas que ambos firmaron en agosto. Un acuerdo con el que pretenden aumentar su influencia en la gestión de Repsol, donde tienen la convicción de ser simples convidados de piedra, pese a sumar cuatro representantes en el Consejo.

Sacyr lleva tiempo descontenta con el presidente, ANTONIO BRUFAU, que en 2009 logró sacar adelante un recorte del dividendo en contra de su opinión y ha desoído algunas sugerencias de la constructora. Del Rivero, además, en vísperas de la renegociación de la deuda asociada a Repsol, necesitaba dar un golpe sobre la mesa para demostrar que no es prisionero de esa inversión. Así se lo habían pedido abiertamente sus acreedores con el fin de asegurarse de que la petrolera española toma el rumbo que más conviene a los intereses financieros de Sacyr y, por tanto, también a los de los propios bancos.

La postura de Pemex tiene un origen distinto, directamente relacionado con la salida de JESÚS REYES HEROLES de la dirección general en septiembre de 2009. Su sucesor, JUAN JOSÉ SUÁREZ COPPEL, llegó pronto al convencimiento de que la vieja participación de Pemex en Repsol no daba de sí todo lo que podía esperarse y de que la condición de socio industrial era más nominal que efectiva. Ciertas decisiones estratégicas tomadas en los últimos tiempos abonaron su impresión de que, para según qué cosas, los mexicanos estaban siendo marginados.

Las aspiraciones de unos y otros han sido presentadas ahora como prueba irrefutable del grave peligro que entraña el pacto suscrito en agosto. De Sacyr se ha vuelto a decir que sólo busca enderezar a cualquier precio su maltrecha situación financiera, mientras que el objetivo prioritario de Pemex sería vampirizar por cuatro duros la reputada tecnología de Repsol.

Para corroborar el carácter parasitario de la operación ha resultado muy útil un informe interno de Pemex sobre las ventajas del acuerdo, que ha circulado en los medios con profusión. Las imprudentes afirmaciones que en él se hacen constituyen sin duda una munición impagable para la defensa del actual statu quo de Repsol ante la opinión pública española y ante los reguladores.