Me gusta que me mientas

UNO DE LOS NUESTROS// PEIO H. RIAÑO

Con la realidad todo es más difícil que con los platillos volantes”. Quizás por eso el “Punk Journalism” no persiga los resultados a los que estamos acostumbrados en las páginas de la prensa. Su inventor es Robert Juan-Cantavella (Almassora, 1976), para el que la ciencia ficción es una baratija y los reportajes de fin de semana un aburrimiento con pronóstico reservado. Su invento “no garantiza el pacto de la veracidad que rige los designios del reportaje periodístico”. Seguramente porque si el reportaje es carne de periódico, su propuesta sólo puede ser entre dos tapas duras. De esta bendita aventura que ha madurado con el paso de los días, los libros y los reportajes, da cuenta en El Dorado (Mondadori), un experimento rico en gaseosa literaria y un par de agallas.  
 
Verdad
“El lector se enfrenta al aportaje sin tener la seguridad de que todo lo que va a leer es cierto. Eso no quiere decir que todo lo que vaya a leer sea mentira”. Has leído bien: aportaje. Es el género característico del “Punk Journalism”, una forma bastarda del periodismo Gonzo, con la que el lector genera una actitud de sospecha. ¿El motivo? El escritor siempre aporta a los hechos sucedidos otros que no existieron, le pasa manita de pintura de imaginación. “Los asea. Les da un nuevo uso. Nada más que eso”, espeta Escargot, el protagonista de estas aventuras periodísticas, que le llevan a buscar el dorado en Marina d’Or y en Valencia, tras la pista del Papa. Por supuesto, al final nada. Fracaso rotundo. Derrota total. “Mi intuición era buena, pero en algún momento me lié”, remata al final Escargot aceptando sus limitaciones, satisfecho por el trabajo hecho. La verdad es un plato que hay que enriquecer para que alguien se lo crea y Robert Juan-Cantavella le echa todos los aditivos posibles. Qué rico.
 
Mentira
Todo con lo que había jugado Robert en su Proust Fiction (Poliedro) ha madurado en El Dorado, porque a su nihilismo habitual de pasar sin llamar le ha añadido el gusto por la mentira y su necesidad para conocer al ser humano. En realidad, todo periodista es un antropólogo que quiere saber quién anda ahí. Sólo hay una condición: ir y contarlo, lo demás son recursos narrativos. El antropólogo tenía los suyos. Los de Robert Juan-Cantavella, sea periodista o sea lo que sea, parten de una mesa de postproducción rica en ingenio y velocidad en la que mezcla hechos reales, grabaciones de conversaciones, fotografías de ancianas, pastillas de éxtasis, con el deslumbramiento de la realidad. ¿Y de todo eso que sale? Una chimichanga con tacto a literatura malversada, a periodismo aliterado, a mentira reconfortante.