Punto de Fisión

El no de don Mariano

 

Zapeando a la hora de la siesta, logré aguantar un minuto del partido de tenis entre Hollande y don Mariano. Un minuto es todo lo que pude ver antes de cambiar rápidamente de canal: si no seguí mirando no fue exactamente por asco sino más bien por lástima. Era un espectáculo deprimente, patético, del estilo de esos realitys donde gente sin ningún pudor exhibe el culo ante la cámara. Terrible constatar que nuestro presidente ha limitado el don divino del lenguaje a soltar perdigones por la boca. Desde hace más o menos un año este hombre no ha dicho una sola verdad, ni de rebote. Tiene suerte de que la mentira no huela igual que la halitosis porque entonces para las ruedas de prensa iba a necesitar una mampara.

La única vez que he estado ante don Mariano cara a cara fue cinco años atrás, cuando todavía vestía de candidato. Mis compañeros le lanzaban preguntas de todos los colores (economía, política, deportes) y él, más que contestarlas, las iba apartando con su espesa labia gallega, o no, ese rancio potaje de sibilantes y disyuntivas, como si estuviera contando un chiste cuya gracia aún no hemos captado. Cuando me tocó el turno, decidí explorar un tema personal, no por originalidad ni para marcar un tanto, sino para ver si aquel tipo tan escurridizo era capaz de mojarse en algo. Le pregunté cuál era su puro favorito y vi que tragaba saliva. Una corona, dijo, una media corona, uno cualquiera. Se veía que, más que responder, le interesaba no enemistarse con el conde de Montecristo, no fuese a dejar de enviarle cajas. Tampoco quería enfadar a los fumadores ni a los no fumadores ni dejar en mal lugar a la jefa de prensa. O no. Yo buscaba una marca, una vitola, al menos un tamaño, pero simplemente derramó tal meandro de generalidades que al final no me quedó claro si todavía fumaba o si había fumado alguna vez. O no.

Hablar con un tipo así es como intentar estrujar mercurio. De manera que ayer, cuando repitió solemnemente la misma promesa que ya ha roto por triplicado, se podía ver cómo buscaba con los ojos un cura con el que confesarse, no fuese a morir en pecado mortal. Aunque le sacaba más de una cabeza a Hollande, la impresión que daba a su lado era la de un niño en el despacho del director. O no. Parecía que llevaba pantalones cortos mientras explicaba por enésima vez que dijo lo de que nunca subiría los impuestos antes de tropezarse con la realidad, porque él siempre había vivido en el no, en los mundos de Génova, esa otra dimensión paralela.

La realidad, filosofa Mariano, y es como imaginarse a Wittgenstein pescando percebes.

O no.