Opinion · Punto de Fisión

Requiem por mi amigo Rafa

El jueves por la mañana la noticia viajaba a la velocidad del sonido, a través de las ondas, de locutor a locutor, porque Rafa empezó trabajando en la radio. Se había muerto Rafael Martínez-Simancas con 52 años y, como en las malas novelas, una absurda tormenta descargaba un chaparrón de lágrimas sobre Madrid en fúnebre sintonía meterológica. Esta madrugada se me ha muerto el mejor tipo que he conocido en el negocio éste del periodismo, el escritor de raza que me enseñó las cicatrices de Annual, el colega con el que compartí tantas cosas, el amigo cómplice que me presentó a Beatriz, mi mujer, en la sala de maquillaje de una televisión. Se ha muerto mi hermano, que era como me decía en los mensajes de correo y en los penúltimos abrazos, como si ser su amigo no fuese ya bastante orgullo.

Escribo esto por pura inercia profesional, con el llanto colgando de mis ojos, rellenando líneas una detrás de otra, empalmando recuerdos, lloviendo palabras. Un día, mucho antes de que le diagnosticaran el linfoma que se lo ha llevado después de tres años de lucha, bromeó diciendo que a uno de los dos le iba a tocar escribir el obituario del otro. Cómo podíamos sospechar que sería tan pronto. Tres años yendo y viniendo de casa a La Paz, subiéndose a todos los cacharritos del hospital, como él decía con ese sentido del humor inimitable que hacía troncharse de risa a las enfermeras. A su lado, acompañándolo hasta el final de esa terrible batalla donde además del cáncer lo perseguía la mala suerte, estaban su mujer, Lidón, sus hijos, familiares y hermanos.

Vi por primera vez a Rafa en la cava de Jesús Llano, en la calle Cardenal Cisneros, un epicentro de la capital donde sólo suceden cosas buenas. Descubrí a un tipo enorme y calvo como una bombilla que entrevistaba al viejo Robayna, el último emperador del tabaco, con un fraseo y una elegancia en la que las preguntas, en vez de ocurrírsele en aquel mismo instante, parecían brotar mecanografiadas. Tenía una facilidad asombrosa para la palabra, ya fuese oral o escrita, una alegría, un ingenio y un tacto que lo convertían en un periodista todoterreno ya le pusieran delante una cámara, un micrófono o un folio en blanco. Pero era en la contención de la columna, ese soneto flaco y cotidiano, donde su talento reventaba las costuras de la maqueta: nunca olvidaré una que escribió en El Mundo acerca de un plató de la televisión kazaja tan destartalado que los insectos correteaban delante de los papeles y el presentador, impertérrito, “vio pasar una cucaracha y ni siquiera le hizo una chicuelina”.

Desde muy joven, Rafa se volcó en el periodismo, en la radio, en la televisión, en la crónica, en el reportaje, y cuando quiso volverse hacia los libros, la vida apenas le dio tiempo. Aun así, publicó una biografía de Anguita, una espléndida novela de amor entre cómica y trágica que tituló precisamente El amor patético, un lúcido y esperanzador diario del combate contra su enfermedad llamado Sótano octavo, y la que para mí es su obra maestra, Doce balas de cañón, un emotivo y hermoso homenaje al coronel Benítez y el regimiento de Ceriñola que se sacrificaron en el cerro de Igueriben para cubrir la huida de las tropas de Silvestre por las lomas de Marruecos. Recuerdo que fue el 9 de diciembre, el mismo día de mi cumpleaños, cuando Rafa me hizo el regalo incomparable de dejar que los acompañara, a él y al coronel Gallardo, en busca de las huellas de esa novela que anhelaba tanto. Durante la subida al cerro, dos muchachos marroquíes nos ofrecieron unos viejos cartuchos de mauser, sucios de pólvora y de tierra, que guardo sobre mi escritorio, enfrente mismo del teclado, como un talismán de aquel día, de su amistad y su mirada oteando desde lo alto el mar de África.

Más de una vez nos prometimos repetir ese viaje por las heridas recientes de nuestra historia, pero no pudo ser. Bastante júbilo, bastante privilegio fue haber conocido a alguien como Rafa: por eso no nos conformamos con haberlo perdido tan pronto, cuando le quedaba tanto que contar, que disfrutar, que vivir, en la recámara. En la profesión tenía tantos amigos que hoy, si quisieran de verdad reflejar su ausencia, los periódicos por los que pasó, que fueron legión, deberían imprimirse en blanco. Sé que tenía al menos otra novela entre manos y que era tan tenaz y profesional que estuvo escribiendo artículos casi hasta el último aliento, aunque ya ni siquiera tenía fuerzas ni vista para escribir y debía dictárselos a su esposa.

Decía que la columna era el arte de matar sin bala donde no se hacen prisioneros, pero era tan buena gente y conocía tan de cerca a tantos políticos que casi nunca llevaba ese credo hasta sus últimas consecuencias. Me imagino que desde la A de Aguirre hasta la Z de Zerolo, políticos de todos los colores y tendencias se habrán sentido de repente más o menos huérfanos. En realidad, aunque escondía sus ideales detrás de diversas cobartas, era más rojo que el Potemkin, y todavía recuerdo aquel día en que fuimos a cubrir juntos la última victoria del PSOE en Ferraz, cuando una militante le increpó de mala manera por aparecer como verso suelto en alguna tertulia cavernaria. “Señora” respondió Rafa, “vergüenza debería darle a usted, que yo nunca he renunciado al marxismo ni sé cómo se come eso de la socialdemocracia”.

Fue defensor de varias y nobles causas perdidas que van del marxismo al Atlético de Madrid, pasando por el diario Qué, Punto Radio o la tortilla de patatas sin cebolla. Hablaba en greguerías y se reía en estéreo con la sabiduría ancestral de un niño grande. Es el único hombre en cuyo velatorio he visto cruzarse a un político al que puso verde, parado en solitario ante el ataúd como en una escena de John Ford, y a Petrus, un viejo camarero de Casa Salvador, su refugio culinario de Chueca, a quien siempre preguntaba qué tal iban los achaques. La última vez que lo abracé, fuera de un sueño, fue en la presentación de mi novela el pasado febrero, donde me escoltó al lado de mi editora y de mi amigo, el novelista Jose María Mijangos, con su estatura de ala-pivot y su cálido cariño de perrazo. No me puedo creer que te nos haya muerto, Rafa. Aún te sigo viendo, alto, sonriente, arbóreo, llamándome desde lo alto de la colina, junto al sol, bailando sin lobos, igual que el indio aquel despidiéndose en un puro alarido apache: “¿No ves que soy tu amigo? ¿No ves que siempre seré tu amigo?”