Opinion · Punto de Fisión

La fiesta de la democracia

Cada nación tiene sus idiosincrasias a la hora de acudir a las urnas. A los españoles nos molesta ir a votar dos veces y los británicos no tienen suficiente con una. Mientras se cierran los colegios electorales con la participación más baja de la historia de la democracia, en Gran Bretaña más de tres millones de ciudadanos pedían la repetición del referéndum sobre el Brexit. Se conoce que no habían votado bien o que no habían votado todos. Lo del jueves fue una de las cosas más surrealistas que se han visto nunca al otro lado del Canal, la confirmación de que los ingleses son un pueblo aparte y fundamentalmente zurdo que se rige por designios inescrutables como la yarda, la libra o las judías del desayuno. El viernes ningún periódico se atrevió a publicar en titulares aquel legendario comunicado de las autoridades portuarias: «El continente aislado por la niebla».

Cameron de la Isla, célebre cantaor por bulerías, puede pasar a los anales no sólo como el político torpón que desengachó al Reino Unido definitivamente del tren europeo sino también como el científico genial que inició el proceso de fisión de las islas británicas en sus elementos químicos constitutivos. Los escoceses ya están pidiendo otro referéndum de independencia, en Irlanda del Norte se lo están pensando y en Gibraltar han amenazado con soldarse para siempre a la península ibérica. Falta sólo que algunas discotecas de Ibiza pidan la autodeterminación para que la Commonwealth alcance finalmente la categoría de supermercado. La cosa va de islas y las islas siempre han ido a lo suyo.

Al igual que Fleming se levantó un día y vio que una plantación de bacterias se le había ido a hacer gárgaras por descuido, Cameron podría haber descubierto sin querer la cura contra el neoliberalismo esclavista que arrasa Europa con la extrema derecha de Farage como antibiótico inesperado. Al inofensivo referéndum que alimentó y amamantó como a un gatito huérfano, le crecieron de improviso zarpas y mandíbulas. Lo ha despedazado a él, a la flema británica y a las coles de Bruselas. Da mucha risa, mucha pena o todo junto leer las jeremíadas de los intelectuales que hablan de la UE como si fuese una respetable anciana de 70 años en lugar de una atolondrada jovencita de 23, y que lamentan el ilusorio perídodo de paz y prosperidad torpedeado en el jueves negro, como si la guerra de los Balcanes hubiera tenido lugar en un atolón del Pacífico y como si la prosperidad no fuese exclusiva de mercaderes y banqueros.

Entre las idiosincrasias particulares del pueblo español, y concretamente del gallego, prosigue la folklórica costumbre de los ediles del PP de llevar a votar a ancianos seniles y demenciados mientras carretadas de monjas van a las urnas en fila. Es el perfecto símbolo de una democracia con alzheimer y de clausura. Escribo esto a poco de cerrar los colegios electorales, cuando todavía nos preguntamos si el voto del miedo habrá vencido al del pánico, si los barones del PSOE eligen suicidarse con la mano izquierda o con la derecha y si Fernández Díaz llamará a Marcelo para que le ayude a contar papeletas. Rara es la fiesta de la democracia que no acaba en vomitona.