Opinion · Punto de Fisión

Boris Johnson a escena

Mucho ha cambiado la política internacional en los últimos años cuando un país tan aparentemente serio como Gran Bretaña escoge de primer ministro a un tipo tan poco serio como Boris Johnson. Creíamos que los británicos reservaban su irresistible lado cómico exclusivamente para la familia real inglesa, con sus príncipes Charlies, sus príncipes Harris y sus reinas madres, pero se ve que no han podido resistir más tiempo los embates de la posmodernidad y han sucumbido por fin al embrujo del circo, a la presión de una época carnavalesca donde los payasos han tomado por asalto la pista central, en detrimento de funambulistas, trapecistas y tecnócratas.

Qué tiempos aquellos en que la ironía, el sarcasmo y el fino humor británico brillaba incluso en las horas más oscuras del imperio, por ejemplo, cuando Churchill, tras la caída de Grecia y los Balcanes, decía que para frenar a Hitler lo mejor sería poner un anuncio en el Times. Su sucesor, Clement Attlee, definió el Mercado Común Europeo como un desastre compuesto de seis naciones donde poco tiempo antes Gran Bretaña había gastado enormes cantidades de sangre, dinero y esfuerzo salvando a cuatro de ellas de los ataques de las otras dos. Pero ya dijo otro laborista, James Callaghan, que un líder debe parecer consistente, aunque no tiene por qué serlo.

Boris Johnson ni lo es ni lo parece. Ni falta que le hace. Ha llegado a lo más alto a base de payasadas, siguiendo la grotesca estela de chocarrería inaugurada por Ronald Reagan; fortalecida por ejemplares de la talla de Bush Jr., Berlusconi o Aznar; y culminada gloriosamente en la figura de Donald Trump, del cual parece una fotocopia pasada por agua. Al igual que ellos, Johnson ha incorporado a sus arrobas la subcultura del reality, consciente de que el gran público se alimenta de fango y adora a los canallas desde los tiempos en que Jota Erre iba por la televisión dando sombrerazos. Ha comparado a las mujeres en burka con buzones de correos, a Hillary Clinton con una enfermera sádica y a los africanos con conguitos. Más allá de su impenitente bocaza, sus reacciones son imprevisibles, y lo mismo aprueba una amnistía para los miles de inmigrantes irregulares que pululan por Londres que proyecta la construcción de un puente hiperbólico para cruzar el Canal de la Mancha.

Como Trump, al que admira sin reservas, Boris Johnson es un bufón indescifrable con el que no se puede estar seguro de nada, ni siquiera de su antieuropeísmo a ultranza, del que ha recelado y reculado tantas veces que ya no sabe uno a qué carta quedarse. Quién iba a pensar que en Gran Bretaña triunfaría un primer ministro llamado Boris, que parece un submarino ruso pero que en realidad ha nacido en Nueva York y está orgulloso de sus raíces turcas. Los conservadores lo han elegido como último recurso para enfrentarlo a otro saltimbanqui de la política, el inefable Nigel Farage, partidario acérrimo de cortar amarras con el continente. Con cualquiera de los dos, el rubicón del Brexit promete incertidumbres, peligros, cabriolas y diversión a espuertas. De momento los ministros del gabinete ya van dimitiendo en bloque.