Opinion · Punto de Fisión

La valentía de Costa-Gavras

Konstantinos Gavras es, qué duda cabe, un cineasta incómodo. En una época donde las salas de cine se abarrotan con espectáculos palomiteros trufados de superhéroes y carreras de coches, conceder el Premio Donostia del Festival de San Sebastián al octogenario cineasta griego resulta toda una declaración de intenciones. En varias de las entrevistas que ha concedido estos días, se ha repetido una y otra vez la misma pregunta: si tiene sentido seguir haciendo, como él hace, cine político. Y Costa-Gavras ha repetido incansable la única respuesta posible: que todo el cine, como todo el arte, es político. Que las películas que venden autos deportivos y dioses extraterrestres repletos de músculos que vienen a salvar el mundo también están lanzando un mensaje político. Concretamente, quédate tranquilo, compra un coche y deja que los profesionales salven el mundo y de paso tu culo. Mejor sigue sentado comiendo palomitas.

En 1969 Costa-Gavras sacudió las butacas con Z, su primera obra maestra, que narra en clave ficticia el asesinato del líder demócrata Grigoris Lambrakis acaecido en 1963. Basada en la novela de Vassilis Vassilikos, con un guión escrito a medias entre Jorge Semprún y el propio director, y ambientada en una ciudad anónima que representa a Salónica, la película muestra la brutalidad de los mecanismos de poder que acabarían desembocando en la sanguinaria Dictadura de los Coroneles que atenazó a Grecia durante siete años. Con Z, Costa-Gavras cosechó un inmenso éxito internacional, aparte de una retahíla de premios entre los que destacan el Oscar a la Mejor Película Extranjera y el Premio del Jurado del Festival de Cannes.

Al año siguiente, convertido en adalid de la izquierda, fue duramente criticado por su siguiente película, La confesión (1970), también con guión de Semprún y basado en el libro de Artur London, una de las víctimas del Proceso de Praga en el que numerosos dirigentes comunistas checos fueron víctimas de las purgas estalinistas. Puede que las críticas le afectaran, pero sus dos siguientes películas demostraron que su destreza y su ambición continuaban intactas. En la primera, Estado de sitio (1972), Yves Montand volvió a protagonizar el papel principal, esta vez el de un funcionario de la CIA secuestrado por la guerrilla uruguaya.

En la segunda, Missing (1982), Costa-Gavras incidió en el mismo tema de la intervención estadounidense en Latinoamérica con la historia, basada en hechos reales, de unos padres desesperados que viajan a un anónimo país del cono sur con la intención de encontrar a su hijo desaparecido. Fue la primera incursión del cineasta griego en la industria de Hollywood y no pudo estar más acertado en la elección de los actores principales: Sissy Spacek y Jack Lemmon. La secuencia en la que el magistral cómico busca al hijo en mitad de un estadio atestado de prisioneros políticos no sólo es cine con mayúsculas sino que hiela la sangre. A nadie le pasó desapercibido que la repugnante dictadura del celuloide ocultaba la del general Pinochet, a Pinochet menos que a nadie y por eso la película estuvo prohibida en Chile durante la dictadura.

En 1988 estrenó El sendero de la traición, cinta poco conocida -pero que debería serlo más- sobre una agente encubierta que se infiltra en un grupo ultraderechista del Ku-Klux-Klan que planea un golpe de estado y que cuenta con interpretaciones soberbias de Debra Winger y Tom Berenger. Al año siguiente, obtuvo otro éxito mundial con La caja de música, un impresionante thriller judicial sobre un criminal nazi refugiado en Estados Unidos, arropado por las actuaciones estelares de Jessica Lange y Armin Mueller-Sthal. Desde entonces Costa-Gavras no ha vuelto a volar tan alto, a pesar de mazazos tan efectivos como Amén (2002) o Arcadia (2005), pero jamás ha dejado que la denuncia empañe la lente de la cámara ni que la Z indeleble que trazó en la pantalla de cine para vergüenza del mundo siga reclamando justicia.