Punto de Fisión

Ser catalán o no ser

Para ciertos eruditos e investigadores literarios, William Shakespeare es algo así como el Jack el Destripador de las letras británicas, un misterio insondable sobre el que no dejan de meter el cazo al menor descuido. Hay tal escasez de datos biográficos fidedignos sobre el Dulce Cisne de Avon, como lo llamaba su amigo Ben Johnson, que Anthony Burgess llegó a decir que si les dieran a elegir entre encontrar una tragedia inédita de Shakespeare o una lista de ropa sucia para la lavandería, todos los estudiosos optarían la lista de ropa sucia, en la creencia de que unos calzones sucios o unas medias mal zurcidas proporcionarían más pistas que otra condenada obra maestra. De ahí que a lo largo de los siglos hayan surgido diversas teorías que atribuyen la autoría del mayor legado dramático de la lengua inglesa a Francis Bacon, a Christopher Marlowe, a Edward de Vere y a Gwyneth Paltrow.

Desechados estos candidatos por la mayoría de eruditos, hay no obstante otra hipótesis que está cobrando fuerza en los últimos tiempos: la de que William Shakespeare, en realidad, era catalán de pura cepa, igual que Leonardo Da Vinci, Cristóbal Colón, fray Bartolomé de las Casas, santa Teresa de Jesús y otros muchos genios que tuvieron que esconder y borrar sus orígenes por culpa de la tirria ancestral que les tienen los castellanos a las gentes de más allá del Ebro. El diario británico The Guardian informó hace unos días que el Govern de la Generalitat financió con 3 millones de euros los estudios del Institut Nova Historia para que encontrasen no sólo la partida de nacimiento de Shakespeare en alguna comarca del Baix Llobregat, sino también los originales en catalán de Macbeth, El rei Lear, Al vostre gust y Molt soroll per no res.

Sin embargo, aunque con ese dineral bien podía haberse levantado un teatro, un hospital o una escuela superior de sardanas, no han sido 3 millones de euros desaprovechados como dicen las malas lenguas e incluso Gabriel Rufián, que está harto de ver cómo se desperdicia dinero público en estas cuestiones. De hecho, la audaz investigación histórica ha salido tan bien que los profesores del Institut Nova Historia han descubierto no sólo que Shakespeare era catalán sino que además Cervantes y Shakespeare eran la misma persona: Miquel de Sirvent. Es irrefutable, hay mensajes ocultos en las obras de uno y otro y códigos masónicos cifrados en sus apellidos, pero la prueba definitiva de la identidad esencial de ambos es que murieron el mismo día, el 23 de abril de 1616, una casualidad increíble que traía de cabeza a los filólogos desde hace siglos.

Las perspectivas abiertas por este descubrimiento son asombrosas. No sólo se explicaría, como apunta Miquel Izquierdo, por qué Cervantes no escribió nada durante los años en que Shakespeare estrenaba un porrón de obras, sino que además se pueden rellenar los misteriosos huecos de la vida de Shakespeare gracias a las documentadas aventuras de Cervantes: desde su participación en la batalla de Lepanto, en cuyo caos se escucha un eco de la arenga de Enrique V, al cautiverio en Argel, donde seguramente conocería a un moro que acabaría siendo el modelo de Otelo. Fue otro insigne historiador, Jordi Bilbeny, quien rastreó las raíces familiares de Cervantes entre montañas de ropa sucia hasta dar con la estirpe de los Sirvent de Jijona ("la comparas con la familia Cervantes y todo es igual, es lo mismo") y esclarecer al fin la triste figura de Miquel de Sirvent, el auténtico artífice detrás de Hamlet y del Quijote, al que tradujeron los libros al inglés y al castellano sólo por joder a los catalanes, como siempre, nen.