Punto de Fisión

El coronavirus según Groucho

Con el coronavirus pasa que cuanto más sabemos de él, menos seguros estamos. No hace falta propagar bulos ni inventarse datos porque los organismos oficiales, desde el gobierno chino al español, pasando por la OMS, son una auténtica fábrica de incertidumbres. Por ejemplo, el protocolo con mascarillas y guantes. Primero nos dijeron que había que ponerse mascarillas y guantes; luego matizaron que no, que podía ser contraproducente, que mejor colocarse la mascarilla y los guantes sólo a la hora de hacer la compra; después llegaron los expertos chinos y dijeron que en Europa no teníamos ni puta idea de hacer las cosas, que había que ir con mascarilla nada más asomar la gaita por la puerta de casa. Lo más seguro es que vete a saber, porque el kilo de mascarillas está desplazando al patrón oro y al barril de petróleo, y además las hay de tantos tipos que al final acabaremos extendiendo el carnaval hasta Nochevieja.

Para colmo, de los expertos chinos tampoco te puedes fiar mucho, porque lo mismo te venden mascarillas para disfrazarse de doctor Lecter que pruebas rápidas defectuosas por toneladas. El otro día una dio positivo en un señor de Manchester, quien no tenía síntomas de coronavirus pero resultó que estaba embarazado de mellizos. En cuanto a las cifras de víctimas que los chinos han manejado desde el inicio de la pandemia oscilan entre el farol y la coña marinera: tres mil y pico, chino arriba, chino abajo, contando despistados. Un poco menos y dicen que sólo se les ha muerto un gato. Las estimaciones oficiosas -hechas a partir de las urnas funerarias desplazadas en camiones y los números telefónicos dados de baja en los últimos meses- van desde unos cincuenta mil fallecidos en Wuhan a los más de 21 millones de celulares evaporados en todo el país durante los últimos tres meses. Suena raro, sí, pero a lo mejor se pasaron todos de golpe a Vodafone.

Por una vez hay que darle la razón a Donald Trump cuando suspendió la financiación de la OMS no sólo porque su director ha alabado la transparencia de Pekín (es verdad: no hay ni que rascar el cristal para ver la mierda), sino porque fallan más en sus recomendaciones y pronósticos que una escopeta de feria. Aparte de los guantes y las mascarillas, también la han liado parda con el ibuprofreno, sobre el cual al principio decían que agravaba los síntomas, después que no pasaba nada y ahora desaconsejan su uso aunque no ven que provoque ningún efecto negativo. Por momentos da la impresión de que la OMS la dirige el doctor Hackenbush, aquel personaje de Groucho Marx que le decía a una señora hipocondríaca que agitase todo el tiempo los brazos. "¿Y así me curaré, doctor?" "No, pero no quedará ni una mosca". Cuando la señora protestaba muy enfadada porque le habían enseñado una placa de rayos X que demostraba que no padecía ninguna enfermedad, el doctor Hackensbush replicaba: "¿Ah sí? ¿Y a quién va a creer? ¿A mí o a esos embusteros rayos X?"

Es verdad, la cosa no está para bromas, por eso no se entiende que casi cuatro meses después todavía no haya nada casi seguro sobre esta enfermedad, excepto que no, joder, no es una puta gripe. Se decía que no atacaba a los niños pero ya han muerto unos cuantos; que no se llevaba por delante más que a los ancianos, pero hay miles de jóvenes fallecidos; que no se contagiaba a los animales y se ha infectado hasta un tigre del zoo de Nueva York, como para no andarse con ojo con las mascotas.

Por no saber no se sabe ni el origen del bicho: que si un chino se había comido un murciélago en mal estado, imitando a Ozzy Osbourne; que si otro se había follado un pangolín con mala leche. Hasta hoy, una de las pocas certezas es que los especialistas descartan el origen artificial del coronavirus, pero el biólogo Luc Montaigner, premio Nobel de Medicina en 2008, asegura que se trata de una manipulación genética de un laboratorio de Wuhan donde hubo una fuga accidental mientras investigaban una vacuna contra el SIDA. Yo de vacunas sé lo mismo que José Manuel Soto, Fran Rivera o Quique San Francisco, pero ésta, la verdad, me parece la bomba: funciona igual que aquel sistema antirrobos de James Bond, que intentabas forzar la cerradura y el automóvil explotaba hecho cachos. A ver si la posverdad va a ser esto.