Punto de Fisión

Ayuso se hace la tonta y una traqueotomía

Ayuso inauguró ayer el hospital Isabel Zendal, una construcción hecha a su imagen y semejanza, es decir, deprisa y corriendo, pronto y mal, absurdo y vacuo, completamente inútil y más caro que un hijo tonto, una expresión siempre desafortunada pero que en este caso viene que ni pintada, después de que Ayuso comentara hace dos días: "Me resisto a pensar que la historia de España acaba aquí, en manos de cuatro estúpidos". Es una frase imprecisa porque no queda muy claro cuáles exactamente serán los cuatro estúpidos a los que se refiere Ayuso. Una lástima, porque hubiera acertado de pleno de limitarse a decir las cuatro primeras palabras y cortar el resto: "Me resisto a pensar". Resistirse a pensar: es lo que lleva haciendo Ayuso desde su ingreso en la alta política, desde que ladraba en la cuenta de Twitter del difunto Pecas hasta ahora que se pone a inaugurar un hospital inconcluso. Probablemente, los ladridos virtuales del perro son lo más inteligente que habrá dicho en su vida.

El hospital ha sido inaugurado al estilo de otras obras faraónicas del PP, mucho ruido y todo deudas, un pedo en un botijo para ocupar titulares, hacerse la foto y llevárselo crudo. Ahí sigue el proyecto de la Ciudad de la Justicia, de Esperanza Aguirre, una utopía ruinosa que al menos sirve como metáfora de la toga y el mazo en este país, una metáfora que se redondeó del todo cuando a finales de marzo se habilitó uno de los edificios con el fin de usarlo como morgue para las víctimas del coronavirus. O el aeropuerto de Castellón, cortesía de Carlos Fabra, el hombre al que siempre le toca la lotería, que construyó un aeropuerto para fardar ante sus nietos y que se rió de los necios que lo criticaban diciendo que no entendían nada, que esas pistas de aterrizaje no estaban hechas para que se posaran los aviones sino para que se pasearan los vecinos.

Fabra es un visionario: no hay más que ver las gafas que usa. Por eso dijo aquello de que el aeropuerto de Castellón está vacío igual que el Louvre de noche. Puesto que las obras de arte se definen esencialmente por su inutilidad, tal vez Ayuso acaba de inaugurar el monumento más imponente de las últimas décadas, una catedral made in Florentino que es como esos poblados de western de Almería hechos con un decorado de cartón-piedra, un sombrero y tres caballos, o como esa fabulosa avenida que inauguró Ceaucescu en Bucarest, donde una muchedumbre de alquiler se asomaba a las ventanas y los balcones para saludar a la comitiva presidencial, aunque no había ni una sola casa detrás de las fachadas.

En la inauguración de Ayuso faltaron únicamente una botella de champán para romperla contra la puerta de Urgencias y un montón de pacientes que tiraran las muletas y saltaran de la silla de ruedas dando brincos y cabriolas. A Pablo Casado se le ocurrió preguntar si había quirófanos y la presidenta respondió que sí, a bote pronto, sin pensarlo, antes de hacer uno de esos mohínes suyos que son como la Gioconda en patinete. Alguien explicó que quirófanos no, que lo que hay, de momento, son salas de curas, donde pueden hacerse traqueotomías. Puesto que todavía está vacío y ha costado el doble de lo presupuestado, Ayuso comentó que el hospital, además de pandemias, puede servir también para atender catástrofes. Lo dijo sin segunda intención, como si dijera "guau", aunque por ahora, aparte del coronavirus, la única catástrofe en Madrid es ella misma. Entre hacerse la lista y hacerse el harakiri, Ayuso prefirió hacerse la tonta y una traqueotomía.