Punto de Fisión

Los generales que fusilaban poco

 

Las Fuerzas Aéreas tienen mala prensa en España, además de mala suerte. Salen en las noticias únicamente para cagarla, cuando un grupo de generales jubilados monta un videojuego de fusilar millones de españoles o cuando un paracaidista se empotra contra una farola en un desfile de las Fuerzas Armadas. Casi mejor la farola, porque repasar los mensajes del chat de amigos del tiro en la nuca destapado por InfoLibre y el tono desenfadado con que discutían alegremente el fusilamiento de 26 millones de compatriotas es como leer los pensamientos de una banda de macacos del zoo despiojándose unos a otros, cada chillido más fuerte que el otro (¡Uuuh!, ¡Uuuuuh!, ¡Uuuuuuh!) salvo que los macacos suelen mostrar más respeto por la vida de sus semejantes y se condecoran con plátanos en lugar de medallas. Más que Fuerzas Aéreas parecían Fuerzas Arborícolas y la cosa derivó más aun hacia el planeta de los simios cuando, saludando efusivamente al grupo, en el chat apareció Abascal, que no hace mucho fue a Gibraltar a plantar una bandera y quitarle el trabajo a los monos.

En España, en general, se fusila poco, muy poco. El paredón es una de esas tradiciones perdidas españolas, como quemar herejes o arrancar cabezas de pollos a mala leche, aunque todavía hay pueblos donde, por no perder la costumbre, se arrancan cabezas de pollo estilo sacacorchos y todavía hay generales que se excitan mucho imaginando fusilamientos a cascoporro. En el primer tomo de sus Memorias no autorizadas, La cruda y tierna verdad, Vilallonga cuenta que no tenía aún 16 años cuando, en plena guerra civil, su padre le puso a las órdenes de un amigo, el coronel Joaquín Gual, para que se fuese acostumbrando al ruido de los disparos y terminara de hacerse un hombre a base de fusilar prisioneros en Mondragón. Al principio el chaval vomitaba y le temblaban las manos, pero uno se acostumbra a todo después de dos semanas de apiolar vascos y vascas, ya que el coronel, un exquisito homosexual mallorquín, no hacía distinciones de género en los cadáveres.

En otros países a los generales les da por fusilar vecinos o enemigos, quienes en estos casos suelen resultar sinónimos: desde siempre la población limítrofe ha sido muy fusilable o muy fusible (no sé, tendría que preguntar a un académico cuál es el término correcto, aunque yo creo que lo correcto es no fusilar a nadie). En España, en cambio, los generales son más de fusilar españoles, quizá por lo de que el roce hace el cariño, y tienen la virtud de distinguir al primer golpe de vista entre españoles de bien y españoles de mal, "los 26 millones de hijos de puta" de los que dice el general arborícola Francisco Beca que no va a haber más remedio que darnos matarile. "Hijos de puta" debe de ser el término técnico con el que se nos conoce en las academias militares a los españoles de mal, aunque aquí también habría que preguntar a un académico.

De momento, los generales arborícolas no han dado un golpe de estado ni han fusilado a nadie, sólo han escrito una carta al rey Felipe VI proponiendo lo primero y han hablado de lo segundo en un grupo de guasáp para aficionados a la petanca militar, una especie de herriko taberna virtual con muchas medallas, viseras y uniformes. Un grupo de guasáp, lo mismo que una disputa en facebook o un linchamiento en twitter, es, en efecto, una taberna mugrienta donde no sólo se oyen los pensamientos de los parroquianos sino que luego se quedan grabados en la pizarra, junto a la lista de las tapas; una especie de novela coral en marcha donde se transcriben literalmente los monólogos interiores de un montón de fanfarrones y borrachos mientras van expectorando sus flemas mentales. Lo que hubiera disfrutado Joyce prestándole a Leopold Bloom un teléfono móvil y un uniforme de general del ejército español en la reserva.

Muchos han comparado esta inocente afición de unos cuantos generales por planear el fusilamiento de 26 millones de españoles con los crímenes de esos raperos que desean la muerte a un guardia civil o de esos humoristas que hacen bromas macabras con el jefe del estado. A ver si nos enteramos que los militares ni hacen chistes ni hacen música: hacen la guerra, cuando les dejan, y la Pascua Militar, una vez al año. En 1987 Jaime de Armiñán retrató lo que viene a ser una turba de altos mandos de edad provecta en Mi general, una cinta hilarante donde unos generales empiezan por asistir a un cursillo de armas NBQ para ponerse al día y terminan por incorporar un aula de colegio con sus riñas, motes, sabelotodos y chivatos.

Gracias a un chivato, precisamente, nos hemos enterado de que en España un montón de generales arborícolas sueñan con fusilarnos a 26 millones por el bien de la patria. En esto, el general no resulta muy distinto de algunos españoles, por ejemplo, yo mismo, que fusilo cada día en mi imaginación a doce o trece personas, entre camareros, panaderos y editores, aunque últimamente, con esto del estado de alarma, he bajado significativamente la cuota. Es probable que esta tendencia me venga de familia, de un abuelo mío del que hablé en Breve historia de España, el poema que abre mi libro, Horizonte de sucesos, y que les pongo a continuación por el mismo precio:

 

ahora resulta que

todo el mundo tiene un abuelo

fusilado en la guerra civil

excepto yo que tengo un abuelo civil

que fusilaba a todos los demás abuelos

tal vez para ir equilibrando la estadística

 

 

según me lo contaron en realidad

mi abuelo sólo fusiló una vez

pero fue suficiente porque

ya saben cómo es este país con los motes

el caso es que buscaban un piquete

y no había mucha gente en el pueblo con escopeta

mi abuelo entonces era guarda forestal en un pueblo de la sierra

y estaba acostumbrado a lobos, hurones, perdices, jabalíes

no a tricornios, sargentos, terratenientes

es decir que no esperaba que aquella tarde

la guerra civil fuese a llamar a su puerta

la mismísima guerra vestida de civil con botas y bigote

le dijo anda, Daniel, descuelga la escopeta

y así reclutaron a mi abuelo y a otros tres desgraciados

para entrar con pie firme en la historia de España

necesitaban hombres de probado valor

que fusilaran a la mujer del maestro

un republicano convicto y confeso cuyas ideas nocivas

se habían propagado matrimonialmente

 

 

a veces pienso si toda la historia de este país

de Atapuerca al Bulli, de Altamira a Tejero

otro ilustre guardia civil

de don Pelayo a mi sobrino Jaime

que tiene cinco años y juega con armas de plástico

si toda la historia de España, decía

con sus muchedumbres, navíos, pintores, sacerdotes

y siervos de la gleba

no cabe entera en esos instantes

en que mi abuelo marchó a la guerra

con la escopeta al hombro

escoltando a una pobre mujer camino del muro

y pensando dónde apuntaría

si al pecho o a la cara

sabiendo que luego el guardia iba a inspeccionar los tiros

con el concienzudo afán de la justicia

 

 

y así iba mi abuelo por las calles desiertas

de un pueblo de Sevilla

donde la gente se había atrincherado en sus casas

hasta que la historia pasara de largo con sus cruces y ángeles

así iba mi abuelo como iba España

pensando en sus cosas

hasta que la mujer gritó viva la república

y el guardia civil se cagó en Dios muy cristianamente

y le pegó un tiro a la mujer en la cabeza

 

 

entonces mi abuelo durante un segundo interminable

en el que también cabían Lepanto, Numancia, el dos de mayo

los comuneros, el Cid, un verso de Lope

el río Tajo, el Miño, las cuevas del Drach

unas cuantas infantas subnormales, un rey idiota

y un pueblo que llevaba siglos muriéndose de hambre

se agachó a bajarle la falda

que con el desparpajo del crimen

le dejó al cadáver las bragas y el culo al aire

mi abuelo fue a taparla

entre las piedras y la sangre que corría entre las piedras

pero oyó una voz igual que Abraham entre las zarzas

déjala así, Daniel, deja a esa puta

que se joda bien jodida que la vea bien todo el mundo

y así quedó la mujer despatarrada

en el can-can inmóvil de la muerte

y mi abuelo más quieto que una piedra

y la guardia civil y la guerra civil

casi sinónimos

todo listo para otro cuadro de don Francisco y Lucientes

otro episodio nacional de don Benito Pérez

otro réquiem de don Tomás Luis

tres señores de los que mi abuelo

probablemente nunca había oído leído visto nada

ni falta que le hacía como sujeto dialéctico

de la apasionante y heroica historia de España