Dentro del laberinto

Bombay

Tanto tiempo convencidos de que el órgano más importante del cuerpo humano era el corazón y de pronto caemos en la cuenta de que no es así: es el riñón. Esa humilde, duplicada, alubiada masa rojiza, que filtra impurezas y depura inmundicias. Tan dócil que es posible vivir tan sólo con uno. Tan fiel que pocas veces se queja con orina más oscura, con un dolor punzante. Y, sin previo aviso, suicida, destructor, un enemigo silencioso cuando enferma.
Tantos meses dedicados a cómo latía ese corazón algo maltrecho, en torno al cual vive el mundo, que ahora, que nos han tranquilizado con un bypass llamado Barack Obama, reparamos con sorpresa en que otros lugares, varios de ellos, silenciosos, llenos aún de conflictos y de tóxicas ideas, comienzan a llamar la atención. Brota la sangre en Bombay, y los terroristas, como una metástasis desde Pakistán, gritan que aún existen. Se reabre el aeropuerto de Bangkok, como tras una diálisis ya efectiva que deshincha y normaliza el cuerpo. Cae asesinado un empresario en Azpeitia, y cae fulminada, con él, la esperanza de ver algún día, de alguna manera, una curación para esta plaga.
Duele el corazón con el dinero, que es por lo que nos han enseñado a preocuparnos en los últimos meses. Pero aquí no hablamos de dolor, hablamos de muerte: hablan otros, en realidad. No pidan soluciones a los que se les va la fuerza por la boca. Nunca sabremos qué culpa real habrán tenido los fallos del corazón americano en el bloqueo de los riñones hindúes. Bajo la lluvia, el cuerpo de ese hombre vasco inocente delata la enfermedad profunda de este país, que mira hacia otro lado, que continúa prometiendo que se cuidará, que prevendrá en un futuro, que insiste en que hay soluciones para no morirse del todo e ir tirando.