Desenredando

El privilegio (blanco) de los disfraces y la apropiación cultural

Varias personas fotografían una comparsa en el Carnaval de Badajoz, a 27 de febrero de 2022, en Badajoz, Extremadura (España). - EUROPA PRESS

Estamos todavía en semana de carnavales, una época del año en que la incorrección política y la irreverencia pasan por encima de la amabilidad y el respeto, y bajo esa premisa, mucha gente se lanza a la calle dejándose llevar por ese espíritu irreverente. También es uno de los momento del año en los que «apropiación cultural» es una expresión que se suele escuchar más de lo habitual. De repente muchas personas blancas echan de menos esos años en los que podían disfrazarse de lo que quisieran sin que nadie les martirizase señalando lo inapropiado de determinados disfraces.

Chinita, negrito de la tribu... De repente se les coloca la etiqueta de racista a todos esos disfraces que parecían inocentes y divertidos. Las relaciones raciales se convierten en un factor más que las personas blancas tiene que agregar a sus consideraciones mientras pasean por los pasillos de los almacenes de disfraces o hacen scroll en tiendas virtuales.

Respeto y libertad de expresión

Las justificaciones desde la blanquitud para librarse del señalamiento del racismo suelen ser siempre las mismas:

«Si lo hago desde el respeto, ¿por qué no puedo ponerme lo que quiera?»

«¿Y qué hay de mi liberta de expresión?»

«Yo no soy racista: me disfrazo de africana porque es mi forma de admirar esa cultura»

El «Yo no soy racista» es la frase que está en boca de muchas personas que quieren desmarcarse y no sentirse mal. Y aquí lo que hay que tener claro es que se está señalando un acto racista, no a una persona racista. Entonces, y para que quede claro, haber llevado un disfraz que ahora se considera racista, señala un acto racista y no convierte a nadie en racista. Sin embargo, cuando sistemáticamente las personas blancas insisten en ignorar conscientemente los discursos de los grupos culturales que se ven usados como disfraces, están haciendo uso de su privilegio blanco y eso sí se acerca más a ser racista. El privilegio blanco se manifiesta aquí por el hecho de no tener que preocuparse por cómo el racismo impacta negativamente en la propia vida; y las personas blancas, claramente, están exentas de eso.

Esa manifestación del privilegio blanco no es la única. Como acabo de decir, el privilegio blanco mantiene a las personas blancas ajenas al impacto del racismo en su vida; y si el racismo no impacta en sus vidas, las personas blancas no deberían ser quienes determinen si un disfraz de otra cultura es racista o no. Y cuanto más se hace eso desde la blanquitud, cuanto más se ignora por completo lo que las personas pertenecientes a otras culturas tienen que decir sobre el uso de sus propios elementos culturales, más de manifiesto se ponen el privilegio y la supremacía blanca. Al final, soportar el robo de elementos culturales y que se haga con ellos lo que plazca no difiere en nada de lo que las comunidades colonizadas llevan viviendo históricamente desde que empezó la invasión de sus territorios por Occidente.

Los elementos culturales y las vestimentas están ligados a la identidad. Esos símbolos se pueden utilizar para afirmarla, como hacen muchas personas de esas culturas cuando, en la actualidad, llevan esos símbolos culturales en espacios los que no suelen ser habituales, como Shina Novalinga apareciendo con sus tatuajes faciales en Elle Canadá. Pero esos mismos símbolos se pueden convertir en burla y en perpetuación de estereotipos, y eso es lo que ocurre cuando son personas ajenas a esas comunidades quienes usan esas representaciones culturales.

Para una persona blanca que vive en Occidente es muy difícil que haya vivido situaciones en las que su cultura haya sido históricamente menospreciada y burlada. Guste o no, las personas blancas pertenecen a la potencia históricamente colonizadora. Por eso no hay disfraces que representen a las personas blancas de forma caricaturizada y cargada de estigmas. Y por eso a las personas blancas les parece divertido disfrazarse de "africano" una noche.

Salir a bailar en carnaval, beber, gritar unos «¡unga unga!», llegar a casa y quitarse el disfraz. Ahí termina la relación con la raza para las personas blancas. Así es difícil considerar cuáles son las implicaciones negativas de los estigmas raciales que se perpetúan a través de los disfraces. Ser una persona africana durante una noche no permite comprenderlo. De hecho, ni siquiera es ser una persona africana: es encarnar lo que en el imaginario colectivo se considera que es una persona africana. Y el imaginario construido sobre las personas africanas en pocas ocasiones se corresponde o se acerca a la realidad y está cargado de estereotipos.

Las personas blancas tienen que hacer su parte

Cuando se señala el racismo, la fragilidad hace saltar como un resorte a las personas blancas, que sienten entonces la necesidad de desmarcarse y dejar claro que no tienen nada que ver con el racismo. «Yo no tengo nada que ver con lo que pasó hace siglos; yo no estaba allí». Cierto. Y no se trata de que nadie se disculpe por lo que ocurrió décadas o siglos atrás. De lo que se trata es que, aquí y ahora, cada persona blanca haga su parte del trabajo para desmantelar los sistemas racistas de los que se benefician en la actualidad.

La mayoría de la personas blancas tienen la necesidad de autoexculparse rápidamente usando el «¡yo no soy racista!». Hay, incluso, quienes sienten la necesidad de ir más allá añadiendo que no son racistas porque tienen una amiga negra. Sin embargo, cuando desde los movimientos antirracistas se dice, año tras año, que los elementos culturales de territorios colonizados no deben ser usados como disfraces, son incapaces de hacerlo. Es algo sencillísimo. Es algo que deberían ser capaces de hacer, si consideran que no son racistas. Sin embargo en ese momento anteponen su supuesta libertad de expresión al respeto a otras personas, y quieren decidir si algo es racista o no, cuando no tienen ningún tipo de experiencia negativa con el racismo y están en posición aventajada.

Es una petición de lo más sencilla. No se pide a las personas blancas colaboraciones económicas; no se les pide tampoco que pongan el cuerpo en manifestaciones en la calle. Lo único que se les pide es que, de las miles de opciones de disfraces que existen y pueden usar, escojan un disfraz que no sea la identidad cultural o étnica de otra persona.

Si una solicitud tan sencilla como tener en cuenta las opciones de vestuario durante una noche genera tantas resistencias y rechazo, es difícil pensar que esas personas, aunque se consideren no racistas, vayan a contribuir a desmantelar el racismo, cuando queda claro que no quieren renunciar a beneficiarse de las consecuencias positivas que tiene para ellas.

El privilegio blanco se manifiesta justamente así: ignorando la oportunidad de hacer pequeños cambios en lo cotidiano; cambios que garantizan el respeto hacia comunidades racialmente discriminadas. El privilegio blanco se perpetúa cuando las personas blancas creen que son ellas, y no las personas que viven diariamente la violencia racial, quienes deciden qué es el racismo y qué no lo es.

Y tú, que estás leyendo este artículo, contribuyes al mantenimiento del privilegio blanco cuando, a pesar de designarte como no racista —que no es lo mismo que ser antirracista—, lees este texto y decides que igualmente vas a llevar ese disfraz culturalmente problemático. O cuando no haces nada si alguna persona de tu entorno deciden hacer lo mismo. Si tan no racista te consideras, dejar de usar disfraces es una buena oportunidad para empezar a considerarte antirracista, contribuyendo a dejar de perpetuar las desigualdades en los carnavales y aceptando la legitimidad de los discursos de las comunidades que cada año señalan la inconveniencia de esta práctica.