Opinion · Dominio público

No disparen contra el filósofo

Antoni Aguiló

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

Pixabay.
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En una ocasión, mientras estudiaba la carrera de filosofía, un profesor con una dilatada trayectoria nos dijo que él no se consideraba filósofo, sino profesor de filosofía. Al profesor de filosofía le correspondía una función explicativa, interpretativa y divulgadora, mientras que el filósofo era aquel sujeto capaz de fundar un pensamiento propio y perdurable que ofrecía la posibilidad de comprender el mundo. A menudo me he preguntado si aquella declaración respondía a un encomiable ejercicio de humildad personal o si podía interpretarse más bien como una censura que se arrogaba el derecho de decidir quién merecía ser considerado filósofo. ¿Por qué esa división ideológica entre filósofos y profesores de filosofía? ¿Qué condiciones son necesarias para elevar a alguien a la categoría de filósofo? ¿Acaso hace falta ser Aristóteles, Descartes o Kant para ser reconocido como tal?

Hay una cierta resistencia académica a usar el término filósofo para referirse a personas cotidianas. Se basa en un prejuicio elitista muy arraigado entre los propios filósofos. Fue Platón quien acotó el espacio filosófico. Con la fundación de la Academia, aproximadamente en el año 387 a. C., la filosofía deja de practicarse en los lugares públicos, como hacía Sócrates en plazas y mercados. Salvo algunas excepciones, pasa a ejercerse en espacios privados con acceso limitado a una minoría. Durante la Edad Media, los filósofos son eminentemente religiosos con escasa actividad pública, excepto la docencia en las universidades, que en Occidente surgen precisamente en aquella época. En la Modernidad, casi siempre son miembros de familias nobles o burguesas o bien profesores universitarios que se dirigen a un público culto minoritario perteneciente a la aristocracia o la burguesía. Cuando se atreven a defender públicamente ideas políticas comprometidas, se les excluye de la actividad académica, como ocurrió con Marx. A lo largo de los siglos XIX y XX, casi todos los filósofos hoy presentes en los manuales de texto y los libros de historia de la filosofía estaban vinculados a la academia, bien como profesores o como investigadores.

La universidad funciona como una institución que no solo restringe el acceso a la filosofía, sino que además establece su contenido y forma. Delimita quién es filósofo, qué es la filosofía y cuál es su papel en la sociedad. En la universidad, el filósofo tiende a volverse docente, burócrata e investigador al servicio del neoliberalismo universitario, que lo obliga a producir papers como rosquillas para saciar a las agencias de acreditación. Temas como la desigualdad social, la mercantilización de la vida cotidiana o el desprecio de unos seres humanos por otros quedan supeditados al estudio de los autores y los conceptos consagrados por el canon vigente. En lugar de practicar la filosofía como actividad inquietante y compleja que estimula nuestra capacidad de interrogar, de luchar y nos invita a cambiar, la filosofía académica se reduce, sobre todo, a historia de la filosofía, y en concreto, dada su marcada tendencia eurocéntrica, a la historia protagonizada por ciertos varones blancos occidentales. Somos, así, herederos de un concepto aristocrático y empobrecido que convierte la filosofía en una disciplina ensimismada que a menudo guarda silencio frente a un orden social injusto.

No se trata de despreciar las contribuciones de los grandes pensadores, sino de destacar los sesgos elitistas que se reproducen dentro del mundo académico. Estos sesgos hacen de la filosofía, consciente o inconscientemente, un instrumento de privilegios. La filosofía es para todo el mundo. Para filosofar no se necesitan conocimientos previos, tan solo el anhelo de conocerse mejor a uno mismo y a los demás, el coraje de atreverse a pensar libremente y hacer “uso público de la razón”, como enseñaba la Ilustración. El rol genuino del filósofo fue confrontarse con el mundo, ser la conciencia crítica de su tiempo, conocer (y, como diría Marx, transformar) la realidad de la que forma parte. Resulta más que oportuno reivindicar las palabras de Gramsci cuando afirma que hay que destruir el prejuicio de que “la filosofía es algo muy difícil por el hecho de ser la actividad intelectual propia de una determinada categoría de científicos especializados o de filósofos profesionales y sistemáticos”. Desde esta perspectiva, la filosofía no pertenece a una determinada vanguardia intelectual. Todos somos filósofos, todos disponemos de la capacidad de pensar, juzgar, nombrar y dar sentido a las cosas, aunque no la desarrollemos de la misma manera. Filosofar es un acto inherente a la condición humana.

El problema es que hemos desaprendido a filosofar. Nos hemos alejado de nuestra condición filosófica originaria para refugiarnos dócilmente en la ausencia de pensamiento. No pienses, luego existes. La emancipación y la transformación le interesan menos al statu quo que la obediencia y la domesticación. Ya en una conferencia de 1952 Heidegger alertaba de que “aún no somos capaces de pensar”, en el sentido de transitar de un pensar que calcula hacia un pensar que reflexiona. Vivimos en tiempos de imbecilización, no de reflexión. No pensamos, por ejemplo, cuando compartimos de forma casi automática ciertos contenidos lesivos en las redes sociales. ¿Recuerdan el suicidio de la empleada de Iveco por la difusión vía WhatsApp entre sus compañeros de trabajo de un vídeo de contenido sexual? ¿Se han detenido alguna vez a leer los comentarios de ciertos lectores a los artículos de opinión? Destilan odio.

La ausencia de reflexión en la sociedad está impulsada por dos fuerzas aliadas: el miedo y el odio. El letargo de la razón es el auténtico pilar de un sistema de no pensadores alienados por una maquinara social y económica que les inculca que la filosofía es inútil, que no tiene salidas profesionales, que es un lujo cultural y que no da dinero. No es casual que el Gobierno de Bolsonaro en Brasil propusiera reducir la inversión pública en filosofía.

En su sentido filosófico, pensar es un ejercicio que implica atención, análisis, crítica, aprendizaje, reconsiderar certezas y arriesgarse a ir más allá de las fórmulas establecidas. Es por ello por lo que a menudo el filósofo se ha visto como un ser detestable que incomoda y aguijonea nuestras distraídas vidas. ¿Por qué creen que asesinaron a filósofas como Hipatia de Alejandría y Olympe de Gouges? Por ser faros críticos, por pensar a contracorriente. Más allá del celebrado Día Mundial de la Filosofía, necesitamos recuperar con entusiasmo nuestra desdeñada condición filosófica como fuerza movilizadora capaz de hacernos más libres, más inocentes (en el sentido etimológico del término, es decir, seres menos dañinos) y más responsables. Por favor, no disparen contra el filósofo.