Opinion · Dominio público

Iraq: ¡Fuera sectarismo religioso!

Waleed Saleh

Profesor de Estudios Árabes e Islámicos, Universidad Autónoma de Madrid. Autor del libro 'Librepensamiento e islam', Tirant Humanidades, Valencia, 2016. Es miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado además por Nazanín Armanian, Enrique J. Díez Gutiérrez, María José Fariñas Dulce, Pedro López López, Rosa Regás Pagés y Javier Sádaba Garay.

La invasión norteamericana de Iraq en 2003 significó el desmantelamiento del Estado iraquí y el impulso del sectarismo religioso y étnico. Fue el expresidente Clinton, asesorado por sus consejeros a finales de los noventa, quien estableció un plan sectario para el futuro de Iraq, semejante al del Líbano, y lo propuso a la difamada oposición iraquí en el extranjero. Pero fue Bush hijo quien llevó a cabo el funesto plan que rompió el tejido social de este país a raíz de la invasión.

Los partidos políticos chiíes salieron beneficiados, se hicieron con el poder en Iraq hasta el momento, refugiándose en argumentos nada sólidos, alegando ser mayoría del pueblo iraquí y haber sido víctimas del régimen de Sadam Husein. Lo cierto es que en Iraq nunca se ha hecho un censo basado en las confesiones y no se sabe con certeza si los chiíes son mayoría o no. Y, por otro lado, debemos acordarnos de la baraja de personas buscadas que preparó EEUU después de la invasión de Iraq con 50 cartas, cada una llevaba el nombre y la foto de uno de los líderes del partido Baaz que habían escapado. Resulta que más de la mitad de aquellos dirigentes políticos eran chiíes. Estaban en el gobierno de Sadam y en su partido como miembros leales al régimen y no como chiíes. El partido Baaz no se fijaba en la confesión de sus miembros, sino en el grado de su lealtad al líder. De hecho, personas de todas las confesiones y etnias: suníes, chiíes, cristianos, yazidíes, kurdos, árabes, turcumanos… fueron represaliadas por una mínima sospecha de traicionar los principios del partido Baaz o a su líder.

En 2004, el Rey jordano Abdullah I, advirtió de lo que él llamó “la Media Luna Chií”, refiriéndose a la creciente influencia iraní en los países vecinos con población chií: Iraq, Siria, Líbano y Yemen.

Con la caída del régimen del Baaz en 2003, Irán encontró su oportunidad para extender su influencia en el país vecino. Era el sueño frustrado de Jomeini después de la Revolución Islámica de 1979. Durante la larga guerra entre los dos países que duró de 1980 a 1988, los líderes iraníes esperaban que la población chií de Iraq se rebelara contra el gobierno de Sadam, objetivo que fracasó pese a los repetidos llamamientos de los ayatollahs que animaban a los iraquíes a que se levantaran contra el gobierno de Bagdad.

La tensión en las relaciones entre Iraq e Irán es histórica. Roces por problemas de fronteras, rivalidad por el dominio de la región del Golfo, incluso rencillas de carácter étnico y nacional. En diferentes momentos de la historia unos dominaron a otros generando sentimientos de superioridad y de preeminencia. Los árabes llaman a los persas despectivamente “ayam” (no árabes) o “mayus” (zoroastrianos). Por el otro lado, confundir a un iraní con un árabe es motivo de enfado por considerarse superior a los árabes. El poeta nacional persa Ferdousi (935 – 1020) en su obra Shahname dice que: “los perros de Isfahán beben agua fresca y potable, mientras los árabes en el desierto comen langostas y lagartos”.

Acabada la guerra irano iraquí en 1988, el sentimiento de odio y venganza mutuos era evidente. Iraq apoyaba a los Muyadin Jalq (luchadores del pueblo), oposición iraní instalada en Iraq. Irán, por su parte, se convirtió en destino de los disidentes partidos chiíes que formaron numerosas milicias para actuar dentro de Iraq en el momento adecuado.

Con la desaparición del gobierno de Sadam a raíz de la invasión, las milicias chiíes armadas hasta los dientes y apoyadas por el régimen de Teherán encontraron en Iraq su lugar idóneo. Milicias como las Brigadas de Badr, Hezbolá, Asa’ib al-Haqq… pusieron en marcha su espíritu sectario: secuestros y asesinatos de los otros componentes sociales y en especial de los suníes, acusados por los partidos chiíes de ser cómplices del sistema anterior. La influencia de Irán con el paso del tiempo ha alcanzado todos los rincones de la vida y la sociedad iraquí. Iraq se ha convertido en el patio trasero de Irán. Su intención fue y es no solo tener un gobierno en manos de los partidos chiíes, sino también vaciar a Iraq del componente suní, ejerciendo una política de limpieza étnica y de discriminación. De hecho, centenares de miles de familias suníes fueron expulsadas de sus hogares y muchos jóvenes fueron encarcelados sin una aparente acusación. El nuevo ejército iraquí y la policía formados después de la caída de Sadam solo admitían entre sus filas a chiíes para formar parte de ellos. La Guardia Revolucionaria iraní encontró su sitio en la Zona verde de Bagdad, sede del gobierno iraquí. El general Qasem Soleimani, Comandante de la Fuerza Quds, es el verdadero mandatario de Iraq. Ningún ministro o primer ministro puede ser nombrado en los distintos gobiernos de Bagdad sin el beneplácito de las autoridades iraníes. En las elecciones parlamentarias de 2010, a Ayad Allawi, político de familia chií, pero laico y alejado de la influencia iraní, se le impidió formar gobierno y ser primer ministro. Iraq estuvo ocho meses sin gobierno hasta que EEUU e Irán alcanzaron un acuerdo, nombrando a Maliki, hombre fuerte de Irán, en vez de a Allawi, pese a haber tenido menos escaños en las elecciones. Las autoridades iraníes no esconden su poder en Iraq. Ali Yuonisi, exconsejero del Presidente Rohani para los asuntos religiosos dijo en 2015 que “Irán ha llegado a ser de nuevo un imperio, tal y como lo ha sido a lo largo de la historia. Bagdad actualmente es su capital, es el centro de nuestra civilización y cultura como lo fue en el pasado”.

Al puro estilo de los ayatollahs, los partidos chiíes iraquíes colocaron al clérigo Ali Sistani como máxima autoridad religiosa y diría “política” del país. Sistani, ciudadano iraní, nacionalizado iraquí después de 2003, se ha convertido en el “oráculo” de la clase política que peregrina a la ciudad de Najaf, lugar de su residencia, para consultarle en relación con lo divino y lo humano. Sus fetuas son sagradas para los políticos chiíes, uno de sus edictos fue la causa de la creación de al-Hashd al-Sha’bi (Fuerzas de Movilización Popular) para luchar contra el Estado Islámico en 2014.

Las milicias chiíes manejadas por Soleimani son acusadas de estar detrás de asesinar a cientos de profesores universitarios, médicos, escritores e intelectuales. Aniquilaron a los pilotos iraquíes que habían participado en la guerra irano iraquí. Lo mismo hicieron con los antiguos miembros del partido Baaz, pero solo si eran suníes. Los partidarios de Sadam si eran chiíes eran perdonados y muchos han formado parte de los nuevos gobiernos en manos de las milicias. La intención era vaciar el país de su élite culta y manipular al pueblo a su antojo fomentando prácticas de culto y todo tipo de supersticiones del chiísmo más retrógrado. La presencia de la Guardia Revolucionaria en Iraq se justifica con el argumento de defender los lugares santos del chiísmo, en especial en las ciudades de Kerbala y Najaf. La inmensa mayoría de iraquíes piensan que los servicios de inteligencia iraní son los responsables de la destrucción en 2006 del mausoleo de Ali al-Hadi, undécimo imam del chiísmo enterrado en la ciudad de Samarra. Aquel hecho fue el comienzo de una guerra civil entre suníes y chiíes y dejó más de 100.000 muertos.

El gobierno de al-Maliki, el más fiel a sus superiores en Teherán, asesinó a centenares de miembros de la organización Muyahidin Jalq (Luchadores del Pueblo), un grupo de oposición iraní afincado en Iraq. Las fuerzas armadas iraquíes instigadas por sus amos iraníes atacaron el campamento de Ashraf, a unos 60 kilómetros. de Bagdad, donde se encontraba el grupo. Eran más de tres mil personas. Los que se salvaron de la matanza acabaron en el campamento Liberty, junto al aeropuerto de Bagdad y bajo el auspicio de la ONU, que ha ido colocándolos en diferentes países europeos.

Hasta el día de hoy muchos equipos, medios de información y centenares de periodistas iraníes trabajan dentro de Iraq como aparato de propaganda para el sistema político de los ayatollahs. En sus manos está buena parte de la prensa escrita y los canales televisivos por satélite como al-Furat.

Desde 2003 y con el consentimiento de EEUU, Irán no solo ha convertido a Iraq en un apéndice en cuanto a su política y su estrategia en la región, sino también ha explotado sus riquezas. Iraq contiene la segunda reserva mundial del petróleo, es un país rico en gas y fosfato, cuenta con dos importantes ríos, el Tigris y el Éufrates, y es un gran mercado para recibir tecnología. Las autoridades iraníes procuran que las exportaciones a Iraq alcancen la cifra de 20.000 millones de dólares para el próximo año. Exportan a Iraq desde una aguja hasta la tecnología más avanzada. Iraq, siendo un país de agricultura de primer orden, se ve obligado a importar productos iraníes como tomates y lechugas. Los automóviles de fabricación iraní de marca Saipa e Irán Khodro, famosos por su pésima calidad e inseguridad, llenan las calles iraquíes. Los agentes iraníes sabotean cualquier proyecto industrial o de agricultura iraquíes para seguir exportando a este país sus deplorables productos.

Irán, en definitiva, ha seguido el modelo sirio durante su ocupación del Líbano (1976-2005). Maneja a su antojo a las fuerzas iraquíes y vela solamente por sus intereses políticos y económicos, utilizando la mortífera arma del sectarismo religioso, sin que le importe el fatal destino de millones de iraquíes que no encuentran trabajo y pasan hambre a pesar de vivir en uno de los países más ricos del planeta.

Los iraquíes, por fin, se han dado cuenta del gran error que han cometido por aceptar el sectarismo confesional como sistema político y social. Han pagado por ello un alto precio que se aprecia en la destrucción del país y la corrupción de sus dirigentes. Las recientes manifestaciones de los iraquíes están demostrando su rechazo a las divisiones confesionales y étnicas. El espíritu de la nacionalidad iraquí como elemento aglutinador se ha situado por encima de cualquier otro valor. Este hecho ha provocado la cólera de los políticos iraquíes y sus protectores iraníes. La única arma que llevan estos manifestantes es la bandera de Iraq. Reclaman trabajo y pan y rechazan el sectarismo de la Constitución, así como la injerencia de Irán en los asuntos del país, y piden la destitución del gobierno actual. Pese a ello, salió el líder espiritual iraní Ali Jamenei acusando a los manifestantes iraquíes de ser revoltosos y empujados por EEUU e Israel. Uno se pregunta: ¿con qué derecho un líder político religioso interviene en asuntos que afectan a un país vecino si no fuera porque lo considera como algo propio?

El eslogan más repetido por los manifestantes es: “Irán, barra, barra”. Es decir “Irán, fuera, fuera”. Muchos iraquíes enojados con la injerencia iraní en su país han pisoteado y quemado fotos de Jomeini y de Jamenei, y han gritado maldiciendo la ocupación iraní de Iraq y a su peón el general Soleimani.

Los iraquíes hoy día están convencidos de que los centenares de manifestantes asesinados en Bagdad y en otras ciudades iraquíes, así como las decenas de miles de heridos son producto de las fuerzas iraníes y pro iraníes, a las que no interesa que surja ningún cambio político en este país.

Los líderes de los partidos chiíes empiezan a hablar del destino de los miles de millones de dólares robados o desaparecidos de las arcas iraquíes. Muchos dedos señalan a Irán, que para evitar los efectos del embargo dictado por EEUU ha encontrado en Iraq la gallina de los huevos de oro. Según estas fuentes, los líderes iraníes han intentado apuntalar su propia economía con dinero iraquí. Pero también con el mismo dinero han financiado la guerra de Siria para que su dictador acabara con la revolución de los ciudadanos. Asimismo, para pagar los sueldos y las armas de Hezbolá libanés, de afiliación iraní.

Resumiendo, podemos afirmar que EEUU con su prepotencia e Irán con su letal sectarismo religioso han llevado a Iraq al borde del abismo. Las manifestaciones que están teniendo lugar estos días en las ciudades iraníes por el incremento del precio de la gasolina pueden ser una esperanza para muchos iraquíes que esperan que las autoridades iraníes se ocupen de su país, procuren apagar el fuego en su propia casa y dejen en paz a su martirizado vecino.