Opinión · Ecologismo de emergencia

Las cenizas de los antiguos comunes rurales

A. Martín Sánchez

@joventardio

Incendio en Woolsey, California. 2018. Autor: @GrantDenham

Después de los incendios catastróficos suele darse un debate público en el que se reparten las culpas entre los posibles responsables del fuego: los intereses urbanísticos, el abandono de los montes, la dinámica natural de los ecosistemas, los pirómanos… Es importante aclarar que los
incendios no son un fenómeno natural, de hecho, la mayoría son debidos a la actividad humana. Pero para entender el comportamiento actual de los incendios es necesario conocer las dinámicas territoriales y las relaciones entre la sociedad y su entorno, ya que la historia de los incendios
catastróficos se puede explicar a través de los cambios en el paisaje en las últimas décadas.

 

Los comunes rurales y la memoria del paisaje
Elinor Ostrom ganó el Nobel de Economía en 2009 por su trabajo sobre los sistemas de gestión de recursos comunes, como el agua, las tierras o los recursos forestales. Ostrom demostró que es posible el uso a largo plazo de los recursos comunes más allá del estado y de la propiedad privada. La clave del éxito de estos modelos de gestión está en el establecimiento de un sistema de normas, pautas y sanciones en entornos donde pueda haber compromiso, confianza y reciprocidad.

Durante el feudalismo, en el antiguo régimen europeo, había instituciones rurales que establecían las normas de acceso a ciertos recursos naturales más allá de la propiedad feudal. Los comunes rurales jugaban un papel importante en la economía de subsistencia de los pueblos y a falta de recursos propios, los vecinos más pobres tenían una mayor dependencia de estos sistemas. Estos modelos de gestión común tienen origen en las costumbres y su relevancia hizo que las normas que los regulaban se convirtiesen en ley a través del derecho consuetudinario.

Por ejemplo, el derecho de espigueo establecía que los vecinos podían utilizar los restos de los cultivos libremente; la práctica ganadera de la derrota de mieses permitía llevar a los animales a pastar a las tierras cosechadas e impedía el cercamiento de las parcelas; en determinadas regiones existían instituciones de reparto de tierras de cultivo establecido por la antigüedad de los vecinos; la pesca, la recogida de frutos y la caza en terrenos comunes era habitual; el bosque era fuente de madera para la construcción y de leña para cocinar y calentarse. Todo ello era posible porque los propietarios no tenían derechos absolutos sobre sus bienes y no podrían vender, dividir ni vallar la tierra.

En aquella época, la mayoría de la población vivía en pequeños núcleos rurales, donde era habitual el uso del fuego. Las áreas forestales mantenían una baja densidad de combustibles vegetales debido a la intensidad de los aprovechamientos forestales y la cultura rural del fuego evitaba las manifestaciones catastróficas de los incendios, de forma que en aquella época no eran un riesgo ni una preocupación. De este modo, la frecuencia, intensidad, estacionalidad y superficie afectada por los incendios estaba dentro de lo que se denomina el régimen natural de los incendios, es decir, episodios de fuego compatibles con la existencia del ecosistema a largo plazo.

El estado liberal
A partir del siglo XIX la propiedad privada se convirtió en un sinónimo de modernización, eficiencia y progreso. Como consecuencia, comenzó el proceso que convertiría la tierra en una mercancía: las desamortizaciones.

El estado expropió de manera forzosa las tierras y bienes comunes para que pasaran a manos privadas y estatales. A consecuencia, muchos pueblos fueron privados del acceso a los recursos que garantizaban su subsistencia y así les fueron negadas las condiciones que permitían la supervivencia de la población fuera del mercado laboral. En la mercantilización de los comunes rurales se esconde la coacción original que hizo que aquellos que no tuviesen propiedades feudales tuvieran que vender su trabajo para poder vivir.

Las tierras comunes se vallaron, se descompusieron las tramas históricas del paisaje y la estructura tradicional del medio rural se fue olvidando. Se levantaron cercados y la recogida de leña pasó a ser un delito.

En el siglo XX, tras la pérdida de la mayoría de los comunes, la población rural emigró a la ciudad y el modo de vida urbano se generalizó. El desmantelamiento de los comunes rurales fue una causa fundamental del éxodo rural, debido al vínculo entre la economía de subsistencia de los pueblos y los sistemas de propiedad común. Como consecuencia de la despoblación del campo, las actividades tradicionales del mundo rural se abandonaron y entraron en decadencia. Esta crisis se manifestó en el ámbito forestal como un descenso en el nivel de explotación de los bosques. Además, el desuso de la leña como medio para calentar los hogares dio lugar a una acumulación de materia vegetal combustible sin precedentes. La leña se dejó de recoger y
por ello, los incendios se generalizaron, se intensificaron y el fuego dejó de ser un fenómeno controlable por los habitantes del medio rural.

La urbanización dispersa
A finales del siglo XX tuvo lugar un proceso que cambió la estructura territorial del sistema de población: la vivienda dispersa heredada de los países anglosajones se generalizó en las ciudades europeas y mediterráneas. En España, el sector de la construcción pasó a ser un actor fundamental de transformación del paisaje: cambios en la ley del suelo, economía inmobiliaria, especulación urbanística, construcciones ilegales… La presión urbanística sobre las zonas forestales supuso una nueva oleada de cercados.

La urbanización dispersa se generalizó y las áreas forestales fueron salpicadas de viviendas y residencias. La mezcla de terrenos urbanos y forestales se produjo en dos direcciones opuestas: los espacios urbanos colonizaron las zonas forestales y a su vez los espacios forestales colonizaron las zonas rurales. Se urbanizaron las áreas naturales y simultáneamente la vegetación se desarrolló en las áreas rurales en declive. Finalmente, la baja densidad residencial dio lugar al paisaje actual, donde los límites entre el mundo urbano y el mundo forestal son difusos. La consecuencia de este proceso fue un cambio en la magnitud de los daños asociados al fuego.

La transición forestal contemporánea y el mundo que viene
A comienzos del siglo XXI hay presente una nueva estructura territorial. La superficie de pastos y zonas forestales ha aumentado en detrimento de los usos agrícolas. Se han multiplicado las áreas urbanizadas dentro de zonas forestales. Actualmente el mundo rural se vacía y las ciudades se dispersan y los bosques crecen. La transición forestal trae consigo nuevos riesgos.

Las formas tradicionales de ocupación del espacio tendían a adaptarse a los riesgos del territorio y los pueblos estaban rodeados por un espacio agro-forestal que les protegía. Sin embargo, no se han tenido en cuenta estos factores en el proceso de crecimiento urbano, que ha configurado un modelo de asentamiento más expuesto a los incendios y por ello, es ahora cuando la población es más vulnerable al fuego.

El desarrollo de urbanizaciones en áreas forestales está produciendo una nueva generación de incendios que pueden propagarse sobre un nuevo tipo de combustible: las urbanizaciones. Es decir, el fuego ya no quema la masa forestal pudiendo afectar a una vivienda, sino que puede propagarse por la masa forestal y por las casas sin dificultad ni diferenciaciones. Como consecuencia, ha aumentado el número de Grandes Incendios Forestales y cada vez son más los incendios que pueden alcanzar una intensidad que supere la capacidad de extinción de los servicios de emergencias.

La disponibilidad de combustible vegetal que hay en los bosques sigue aumentando después de la
acumulación producida durante varias décadas. Los cultivos abandonados tras el éxodo rural ya no generan una fragmentación en la continuidad forestal que pueda proteger las zonas residenciales. Ahora el fuego puede propagarse con facilidad hasta las puertas de las casas, lugar donde nunca antes había llegado.

Como nos enseñaba Saint-Exupéry, uno es para siempre responsable de lo que domestica y para
responsabilizarnos de los montes, domesticados durante siglos, será inevitable construir el mundo que viene con las cenizas de los antiguos comunes rurales.