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El profesorado universitario: precarios, endogámicos, dinosaurios y otra fauna

Ignacio Mártil
Catedrático de Electrónica de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Sociedad Española de Física

En un artículo reciente describí el camino que tiene que recorrer un joven científico –últimamente, no tan joven–, hasta alcanzar un puesto de trabajo estable en el ámbito universitario. Hoy voy a describir en qué consiste el entorno en el que se va a desenvolver el recién llegado. Lo primero de todo es que el afortunado/a por fin empezará a desempeñar su actividad profesional con garantías de estabilidad laboral, tras no menos de diez años de deambular por el mundo con becas, contratos temporales, etc. Probablemente haya cumplido los treinta y tantos; incluso es posible que ronde la cuarentena.

Ahora es funcionario público (que los dioses se apiaden de él), y eso para algunos opinadores profesionales es poco menos que un anatema, así que se tendrá que preparar para oír las lindezas que le van a dedicar desde muchas partes del espectro mediático y desde alguna zona azulada del político. El repertorio incluirá los habituales comentarios a propósito de lo malos y vagos que somos los funcionarios en general, del chollo que representan nuestros trabajos, de los altísimos salarios que tenemos por no dar un palo al agua, etc., etc., etc. Igualmente, tendrá que soportar las opiniones sobre la función pública de ciertos políticos que, mira tú por dónde, resulta que también son funcionarios, aunque prefieren ejercer como “servidores del Estado”, lo que para algunos de ellos significa ser, sobre todo, servidores de sus propios bolsillos; amén de gozar de unas prebendas que pagamos todos con nuestros impuestos, incluidos los de los vagos y maleantes funcionarios.

Pero, hagamos abstracción de tales detalles, y pasemos a describir el entorno en el que va a desempeñar su labor. Lo primero de todo, unas cifras. Según el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (M.E.C.D.) [1], en el curso 2012-13 (último del que hay datos) unas 100.000 personas integraban el colectivo de personal docente e investigador (PDI) en las universidades públicas. De ellos, 48.000 eran funcionarios (catedráticos y profesores titulares), lo que representa algo menos del 50% del total. El resto estaba contratado con una diversidad de figuras contractuales, todas de carácter temporal; su abanico salarial oscilaba entre los 500 € y los 1.800 €. Además, debido  a que la tasa de reposición de bajas por jubilación es del 10%, lo que el sistema universitario ofrece hoy en día mayoritariamente a aquellos que llevan años y años viviendo con becas y contratos vinculados a proyectos, es –lo han adivinado– ¡otra beca u otro contrato vinculado a un proyecto!, con un horizonte de estabilidad laboral de tres años, en el mejor de los casos. Y en ese colectivo hay personas que han estado fuera de España varios años, adquiriendo una formación que nos vendría fenomenal aprovechar de modo continuado aquí, pero parece que nuestros políticos tienen otras prioridades.

Junto al PDI está el personal de la administración y los servicios, 53.000 personas en el curso 2012-13, en las universidades públicas. Sin las tareas que desempeña este personal, la labor de la universidad sería imposible. Y al igual que sucede con el PDI, más del 50% tampoco es funcionario y padece similares problemas de congelaciones salariales, ausencia de incentivos, precariedad laboral, etc.

Una de las principales tareas que tiene encomendada la universidad, además de la obvia de la docencia, es la investigación. Y aquí empiezan algunas de las anomalías de nuestro sistema universitario en la actualidad. En efecto, para resultar competitivo y poder optar a una plaza de profesor permanente, es preciso tener un buen curriculum investigador, aunque luego, el núcleo central del trabajo consistirá en la enseñanza. De hecho, las plazas se convocan por las necesidades docentes, pero no se puede acceder a ellas si no se acredita una buena actividad investigadora, lo que por otra parte tiene bastante lógica, ya que sin esa actividad la universidad no sería nada diferente de una academia.

La actividad investigadora es objeto de un escrutinio y de una evaluación casi continuas. En efecto, a los científicos se nos está evaluando constantemente, y eso es algo de lo que la ciudadanía apenas tiene noticia. Tal y como dijo recientemente el premio Príncipe de Asturias de Ciencia de este año en una entrevista en Materia, “los científicos tenemos que superar más exámenes que los políticos” . ¿En qué y cómo se nos evalúa? Presentamos un proyecto, y nos evalúan; enviamos un trabajo para publicar a una revista científica, y nos evalúan; cada seis años sometemos nuestra labor al criterio de un comité y, si tal comité evalúa positivamente los resultados que hemos obtenido en el período, nuestro salario se ve incrementado en unos 100 € al mes –no nos haremos millonarios en este oficio–, pero esto sólo vale para el PDI permanente; los precarios, a pesar de la gran labor investigadora que llevan a cabo, ni siquiera tienen derecho a ser evaluados.

Pero no todo es armonía y buen hacer, también hay un “reverso tenebroso”, como en el caso de la fuerza galáctica. En efecto, muchos de nuestros colegas no hacen investigación, uno de los males de nuestro sistema debido, entre multitud de factores, a la conocida como endogamia del sistema universitario. Según con qué parámetros se evalúe la ausencia de actividad investigadora por parte del profesorado universitario, se puede decir que entre el 25% y el 50% del mismo no hace investigación [2]. Este es un asunto que casi siempre que se habla de la universidad sale a relucir –en ocasiones con abundantes dosis de demagogia–, por lo que voy a dedicarle un espacio para describirlo y analizarlo.

La endogamia consiste, en esencia, en que una parte significativa de los que forman parte de los cuerpos docentes han obtenido –y siguen obteniendo, los pocos que pueden hoy día– una plaza de profesor permanente en el mismo centro donde consiguieron previamente el título de doctor. Además, a lo largo de los años el proceso de selección ha sido, en general, muy poco competitivo, ya que los tribunales que seleccionaban a los candidatos/as solían estar integrados o al menos controlados por personal del propio centro convocante. Ha habido variados y diversos intentos de modificar los procedimientos de selección del profesorado, pero ninguno ha corregido sustancialmente el problema. Llama la atención el hecho de que incluso dentro del ámbito universitario  no hay unanimidad a la hora de juzgar las causas y los efectos de la endogamia. Mientras que para algunos es la encarnación de todos los males, otros en cambio no la consideran siempre tan nociva.

No obstante, sería bueno aclarar, cosa que no se hace habitualmente, que no todas las endogamias son iguales. No es lo mismo ser cooptado a una plaza de profesor permanente en un departamento donde la actividad investigadora es inexistente y con un curriculum científico escaso o nulo, que tener que presentarse a un concurso en un departamento con buena actividad investigadora y en el que varios candidatos compiten por una misma plaza, aunque éstos pertenezcan al mismo departamento. No por haber realizado la tesis en el mismo centro donde se convoca la plaza la selección está forzosamente viciada de origen, ni el candidato ganador merece que lo traten como a un apestado de por vida. Una ojeada a los curriculum de los aspirantes en este caso muestra bien a las claras que, en una gran multitud de centros y de ocasiones, a nadie le regalan nada.

Se suele citar como contraejemplo de nuestro sistema de promoción el de los Estados Unidos, como paradigma de movilidad y competencia. Habría que recordar que en ese país las posibilidades de desarrollar una buena carrera científica se pueden materializar en multitud de universidades, dado el excelente nivel científico que tienen una enorme proporción de las mismas. O el de Alemania, donde, además de contar con un buen número de universidades muy prestigiosas, el título de doctor abre infinidad de puertas en la industria, donde existen gran número de centros de investigación para los que la formación que se obtiene en el doctorado es un bien muy valorado. Por desgracia, por estas latitudes no andamos sobrados ni de buenos centros de investigación ni de industrias que valoren en su justa medida a un doctor, de manera que una carrera, bien iniciada en un centro activo en las tareas de investigación y con buenas expectativas de futuro, se puede truncar casi desde sus orígenes. Es decir que, a la hora de criticar la endogamia del sistema universitario, convendría matizar a qué entorno nos referimos. Dicho con las palabras de Orwell: “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.

Pues a pesar de la endogamia, de los recortes y del desánimo, las cifras de la actividad investigadora en nuestro país son bastante elocuentes en algunos parámetros, que detallo a continuación y que están obtenidos de los datos que publica el M.E.C.D. [1] y la Fundación BBVA [2]:

El número total de publicaciones realizadas en todas las instituciones del sistema de I+D+i –esencialmente, las universidades, los hospitales y los organismos públicos de investigación: C.S.I.C., CIEMAT, etc.– fue cercano a 70.000 en 2012, (un 40% de las mismas incluyeron colaboraciones internacionales). De ellas, el 75% se realizaron en las universidades públicas. El número de publicaciones científicas realizadas en España no ha hecho sino crecer en las dos últimas décadas y representan el 11,3% de la producción de Europa Occidental y el 3,2% de la mundial. Es evidente que no toda actividad de I+D+i tiene reflejo en una publicación, pero es un parámetro que permite cuantificar con precisión su cantidad y calidad; por descontado que hay otros indicadores, pero no son tan sencillos de valorar adecuadamente y quedan fuera del alcance, propósito y extensión de éste artículo.

El PDI de las universidades públicas representa aproximadamente el 30% del personal total dedicado a I+D+i. Dado que investiga entre el 50% y el 75% del total, eso significa que el PDI activo en esas tareas que, por consiguiente, está comprendido entre el 15% y el 23% de todo el personal del sistema de I+D+i, es el responsable de la publicación del 75% de todos los trabajos científicos realizados en España. Una parte significativa de esa labor la realiza el PDI no permanente, los precarios. Tanto ellos como los permanentes, además damos clase. Y toda esta actividad se lleva a cabo en un entorno de recortes y de envejecimiento de las plantillas, como ya tuve ocasión de detallar en un reciente artículo. De modo que, volviendo a la endogamia, sería interesante que se airearan un poco estos datos, por aquello de ser algo más justos con los que desempeñan esas tareas y no juzgar a todos por igual. Lo que ocurre es que es más productivo aplicar aquella vieja máxima de “leña al mono hasta que hable inglés”. Vende más periódicos y en las tertulias queda muy bien decir aquello de “el mal de la endogamia… bla, bla, bla…” por parte de los oráculos de turno.

Mientras tanto, se está consolidando un perverso sistema dual de profesorado. De una parte, los profesores con plaza permanente, cuya edad media no hace sino crecer y crecer –el 20% del PDI permanente de las universidades públicas tiene más de 60 años; en el caso de los catedráticos sube hasta el 40% [1]–; de otra el incierto y difuso relevo, constituido por los becarios-contratados con las condiciones de precariedad que he descrito en éste artículo. De seguir así, sólo quedaremos los dinosaurios para dar clase. Ya se sabe lo que ocurrió con esos simpáticos animalitos…

El panorama aquí descrito vale casi como un calco para las plantillas de los organismos públicos de investigación (CSIC, CIEMAT, INTA,…). A lo que parece, lo único que nos queda, además de denunciarlo una y otra vez, es soñar. Ya decía Borges que “soñar es una actividad estética antiquísima”.

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[1] “Datos y cifras del sistema universitario español. Curso 2013-2014”. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Secretaría General de Universidades, 2014. (Se puede descargar desde el siguiente enlace:
http://www.mecd.gob.es/prensa-mecd/dms/mecd/prensa-mecd/actualidad/2014/02/20140213-datos-univer/datos-cifras-13-14.pdf)

[2] “Universidad, universitarios y productividad en España”. F. Pérez García (dir.), L. Serrano Martínez (dir.), J. M. Pastor Monsálvez, L. Hernández Lahiguera, Á. Soler Guillén,  I. Zaera Cuadrado. Fundación BBVA, 2012 (Una versión reducida del mismo se puede descargar desde el siguiente enlace:
http://www.ivie.es/downloads/2012/04/PP_universidades_FBBVA_Ivie_2012_04_17.pdf)