El tablero global

Un cambio que Bush ha hecho inevitable

En realidad, a Obama le está yendo de miedo el desastre monumental que le dejó Bush en herencia. No es que tenga que cumplir sus promesas de cambio, sino que ya no queda más remedio que emprender una perestroika global si se quiere rescatar algo del naufragio neocon.
Afortunadamente, el nuevo presidente es hiperactivo, además de brillante, y en sólo cien días ha dado un golpe de timón copernicano al portaviones norteamericano. Pero las dimensiones del navío impiden que tome el nuevo rumbo en tan poco tiempo.
Obama también ha sido sincero, al exponer que "es simplemente insostenible una economía en la que, en un año, el 40% de nuestros beneficios empresariales provinieron de un sector financiero basado en precios de la vivienda inflados, tarjetas de crédito saturadas, bancos desfondados y acciones sobrevaloradas".
Es decir, una economía neoliberal pura cuyos catastróficos resultados han obligado a la Casa Blanca a violar los sagrados principios del capitalismo salvaje y hacer que el Estado salga al rescate de los damnificados... incluidos los que se enriquecieron con semejante sistema y ahora se duelen de sus pérdidas.
Así que Obama resucita el Estado benefactor del New Deal –auténtico anatema para su predecesor– sin que los republicanos puedan oponer gran resistencia.
Hacia el exterior, el presidente se limita a ser realista. Hay que poner fin al mortífero despropósito de la guerra de Irak, concentrarse en Afganistán y Pakistán, dialogar con Cuba e Irán, colaborar con la UE y China, reconsiderar las relaciones con Israel y con Rusia...
Con sólo hacer lo que es ya inevitable e imprescindible, Obama se puede ver abocado a cambiar el mundo.