El desconcierto

Sánchez, entre la inflación y la guerra

El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (c), acompañado por la vicesecretaria general del PSOE, Adriana Lastra, preside la reunión de la Ejecutiva Federal del PSOE en la sede socialista en Madrid, este lunes. EFE/ J.J. Guillén

Primero fue Madrid, más tarde Castilla y León y ahora Andalucía. Todos los sondeos compiten en pronosticar la mayor o menor victoria del PP y señalan claramente tanto el estancamiento del PSOE como la gradual implosión de UP.  Dicho de otro modo, una clara derrota del gobierno de coalición progresista de Sánchez. Reaccionar ante estas claras encuestas incómodas culpando a los ciudadanos por no percibir lo bien que gestiona la Moncloa, no parece lo más conveniente puesto que más allá de la buena o mala gestión gubernamental, eso solo depende del tipo de gafas políticas que se usen. Lo incuestionablemente cierto es que el presidente Pedro Sánchez se encuentra cogido entre la espada de la inflación y la pared de la guerra que la multiplica.

La letanía de avances sociales conseguidos por Sánchez es tan larga como corta ha sido su repercusión en los mayoritarios sectores de rentas medias y bajas. Baste como botón de muestra que la subvención directa de 20 céntimos por litro de gasolina ya ha sido absorbida por el mercado. La  brutal espiral inflacionista deja reducida a la mínima expresión los aumentos salariales, las subidas de pensiones y la decreciente capacidad adquisitiva de las clases medias y trabajadoras. Si era alta antes de la guerra, donde llegaba al 7%, lo es mucho más tras la guerra, roza el 9%, y los expertos coinciden en indicar que estamos a minuto y medio de superar los dos dígitos. Seguir hablando del escudo social del Gobierno, algo innegable, es continuar viviendo en un mundo anterior al 24 de febrero.

Era bastante inevitable. Las sanciones económicas a Rusia, tras la invasión del territorio ucraniano, son un bumerán que se vuelve contra la sociedad española y el conjunto de las sociedades europeas. Nadie las cuestiona, pero es indudable que España es el único Estado de los 27 integrantes de la Unión Europea que ha sido neutral en siglo y medio de historia. Incluso con Franco, que tanto debía a los alemanes, se procuró no entrar nunca en guerra. Sánchez no hace más que cumplir hoy con todas las obligaciones de la OTAN asumidas democráticamente por el referéndum de 1986. Hay que recordar que ningún otro integrante de este bloque militar optó por votar su entrada como España. Pese a ello, Sánchez asume el coste de este histórico corte guerrero.

Al asumirlo, mete el dedo en la llaga morada del Consejo de Ministros. Nada más ridículo que el vodevil sobre la foto de la inminente reunión de la OTAN en Madrid del próximo 29 y 30 de junio, sobre todo si se recuerda que Enrico Berlinguer, secretario general del mayor Partido Comunista de occidente, llegó a manifestar su plena disposición a continuar en el bloque atlántico en caso de ganar las elecciones, y que el propio Putin sondeó incluso el posible ingreso de Rusia. Intentar reeditar hoy la vieja polémica de 1982, OTAN de entrada no, es mucho peor que la farsa de la la que hablaba Marx, por mucho que Izquierda Unida naciera de aquella  discusión. Aquí y ahora, resta madurez, solvencia y credibilidad al gobierno de Sánchez.

Puede que Sánchez caiga por la inflación, como le sucedió a Rajoy por la corrupción, Zapatero por la genuflexión, Aznar por la mentira, González por el GAL, y Suárez por la impotencia. Pero la legislatura aún no ha terminado, y bien podría todavía darle la vuelta a las encuestas antes de pasar al séptimo puesto de los presidentes derrotados desde la transición. Todo depende de la madurez de la sociedad española que en cada cambio ha sabido castigar cada uno de esos errores políticos perpetrados por los seis mandatarios precedentes. Hasta ahora los ciudadanos han sabido percibir muy bien cuando había que desalojar de la Moncloa al que había metido la pata o la mano. No parece que, visto lo visto, hayan perdido esa percepción.