La banal idiotez

El condón no sirve para luchar contra el sida en África por tres motivos. Primero, porque los africanos tienen las uñas hechas un cristo y rompen la goma. Segundo, porque los africanos no saben leer y, por tanto, no comprenden las complejísimas instrucciones del profiláctico. Y tercero, porque los condones deben mantenerse en un lugar fresco y seco. Eso dice el informativo de Intereconomía en un video que arde en Internet. El periodista que lo cuenta, un tal Rafael G. García de Cosío, se muestra nervioso y tartamudo, incapaz de creerse lo que está soltando en antena. Podría relacionar esto con la tesis de la banalidad del mal de Hannah Arendt -ésa que afirma que cierta gente es capaz de ejercer el mal ciegamente si el contexto le invita a ello-, pero prefiero hablar de la banalidad de la idiotez. Se trata de una simplificación de la filosofía de Arendt que me he inventado y que afirma que cualquiera puede llegar a ejercer la más virulenta estupidez inhumana por un contrato temporal. García de Cosío tenía la orden de defender en su reportaje las científicamente indefendibles tesis del Papa en contra del uso del preservativo en África. Así que optó -banalmente- por asesinar el sentido común y lanzarse a los brazos de la demagogia y la más apabullante imbecilidad. Por mil euros al mes.