Opinion · La soledad del corredor de fondo

Evitar la ruina del país

Vivimos momentos marcados por la crisis y deseos de cambio. Tiempos donde el esfuerzo de la izquierda debe centrarse en un objetivo: evitar la ruina del país.

Cientos de personas nos reunimos ayer en el centro de Madrid en un importante acto de IU en el que presentamos un manifiesto donde lanzamos un mensaje: es la hora de construir la alternativa a una situación que es ya insostenible.

Estamos frente a la crisis de la hegemonía de las viejas clases dirigentes en España. El bloque de poder ha sido capaz hasta ahora de conducir un proyecto de país determinado por la generación de grandes consensos en torno a una idea simple: Europa y nuestro modelo económico traerán bienestar económico y estabilidad política.

Sin embargo con la crisis, el bloque de poder se nos muestra como una clase dirigente pero no hegemónica. Como una clase capaz de sacar medidas adelante pero ya sin el consenso ni el respaldo social de antaño. Madrid es el claro ejemplo donde mayorías absolutas y controles institucionales casi totales no han sido suficientes para sacar adelante la agenda privatizadora en sanidad, educación o Canal de Isabel II, al ser incapaces de contener los efectos de una movilización social masiva y tenaz, que representaba a la mayoría social trabajadora de nuestra región.

Las políticas de ajuste y austeridad no son generadoras de consensos sociales y las referencias a una futura recuperación económica ya no bastan para volver a recuperar los marcos de hegemonía política y social con los que contaba el bloque de poder. Esta debilidad explica la necesidad de la puesta en práctica de mecanismos de imposición exterior, por medio de la intervención de la UE mediante instrumentos antidemocráticos como los memorándum y rescates financieros derivados de la intervención de la Troika (UE, FMI, BM) en España.

Políticas que erosionan los dos grandes pilares en los que se sustentaba el consenso social en nuestro país. Me refiero a la idea de Europa, antes vista como solución y ahora percibida por muchos como problema y responsable de políticas causantes del sufrimiento de nuestra población; y por otro, la progresiva disolución de la condición social del Estado, que hacen de la privatización y las reformas laborales los elementos centrales de las políticas económicas en este periodo.

Europa como una de las grandes ideas movilizadoras ha perdido ese impulso originario capaz de haber generado grandes consensos a los largo de varias generaciones en España. La disolución de la condición social del Estado acaba progresivamente con el gran elemento legitimador de un bloque de poder, ahora visto solo a través de medidas de coacción, bien en forma de despido, privatización o represión del descontento social.

A pesar del control político, económico y mediático que permiten a las élites conservar la iniciativa, el bloque de poder en nuestro país ya no es capaz de generar consensos y de articular su hegemonía a través de las políticas legitimadoras de antaño. Pero las viejas clases dirigentes conservan aún la ventaja que se deriva de la idea de que no existe una alternativa viable y ganadora.

La coyuntura nos obliga a conducir la pugna política al terreno de las alternativas. Frene al proyecto de país basado en convertirnos en un Estado periferia, los sectores sociales que sufrimos la crisis debemos presentar nuestro propio proyecto de Estado y generar los consensos suficientes para ser mayoría política.

Conquistar primero la sociedad civil para llegar al poder, a través de convocar a la mayoría social trabajadora con el objetivo de impulsar ideas y proyectos encaminados a solucionar los dos grandes problemas que tenemos como sociedad: me refiero a la cuestión social y la cuestión moral.

Cuestión social relacionada con el fracaso de nuestro actual sistema, incapaz de dar solución a los problemas relacionados con un marco productivo culpable del paro, un modelo de relaciones laborales responsable de la precariedad laboral y de los problemas económicos de las familias trabajadoras, junto con la incapacidad de solucionar el grave problema de la vivienda. Problemas que son consecuencia del bloqueo obsesivo que las clases dominantes han impuesto a cualquier intento industrializador y de reforma fiscal, que podrían haber solucionado dos de nuestros grandes déficit que explican nuestro paro y subempleo actual: el déficit tecnológico y la falta de un estado social avanzado.

Cuestión moral relacionada con la generalización de la corrupción, consustancial a la generalización de las privatizaciones y demás mecanismos de desposesión de presupuestos y servicios públicos, puestos al servicio de una clase empresarial rentista e improductiva, que encuentra en la apropiación de los recursos públicos o de nuestro suelo y patrimonio natural, una vía de adquisición de los recursos suficientes para superar la crisis del sector inmobiliario. Corrupción relacionada también con la progresiva apropiación de la administración puesta al servicio de los partidos tradicionales de nuestro país y de mecanismos de ascenso social de una élite incapaz de sobrevivir por medio de su trabajo, en el exigente mundo globalizado en el que vivimos.

La solución a estos dos grandes problemas requiere la superación de los límites de nuestra democracia actual, de su desarrollo en formas nuevas tanto en nuestra vida productiva dentro de la empresa, como en nuestra vida social y relación con el Estado.

Un nuevo concepto de democracia capaz de impulsar nuevas formas de organización de la vida económica y social del país, dirigida a resolver en favor de las mayorías sociales los problemas cotidianos generados por la crisis, e insertar dichas soluciones, en un proyecto de transformación de largo alcance.

Convocar a mayorías sociales a construir una alternativa a la situación actual necesita de la convergencia, que no es reflexionar tanto en estrategias electorales o fórmulas de gobierno, sino en construir una estrategia a largo plazo con el objetivo de renovar y transformar el país.

Tarea titánica decidida a resolver los grandes temas pendientes aún no resueltos, como el de la industrialización truncada desde el siglo XIX, la falta de un estado social avanzado y moderno, expresión del gran fracaso de nuestras élites en el siglo XX, elementos que determinan la configuración de nuestro país como una sociedad periférica en el siglo XXI.