Fuego amigo

Edad penosa y edad penal

Ayer, como cuarenta años antes, me quedé fascinado de nuevo ante el televisor viendo repetida, una y otra vez, la imagen del primer hombre que ponía el pie en la luna. Recuerdo que los adoradores de las teorías de la conspiración se pasaron cuarenta años intentando convencerme de que todo había sido un montaje de propaganda de la guerra fría. Más de un amigo de entre la militancia de izquierda de entonces daba por seguro que se trataba de un montaje fabricado por alguna factoría de imagen de la Casa Blanca.

A mí me parecía fantástico, pero alegrarse de un logro de los americanos era un golpe bajo a mis convicciones revolucionarias, cuando todos sospechábamos que el Progreso, que la censura no nos permitía ver, se hallaba detrás del telón de acero.

Y ayer, también, los restos de mi alma revolucionaria dieron un respingo en mi conciencia perfectamente amueblada. ¡Resulta que estaba de acuerdo en algo con el PP! ¿Será grave, doctor? Y todo venía a cuento de su propuesta de rebajar, en alguna medida y con restricciones, la edad penal de los menores de edad.

Ahora se habla de que el ser humano ha cambiado tanto que quizá habría que alargar la vida laboral hasta los 70 años, edad en la que muchos conservan un vigor mayor que los cincuentones de hace un siglo. Pero quizá haya que preguntarse: ¿es igual un chico de 12 años de hoy que el de hace un siglo?

O quizá habría que plantearlo de otra manera: ¿qué educación recibieron los tres chavales de 13 años que el otro día violaron a una chica de su edad? ¿Hasta dónde los padres deben ser responsables de los actos irresponsables de sus hijos?

Y todo ello me ocurrió en un solo día: ayer, el día ?incomparable que ya nadie nunca? volverá a ver jamás sobre la tierra, como diría el poeta Ángel González. ¡Y me lo quería perder!
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Primera meditación para hoy:

Gürtel en alemán significa correa, cinturón. La policía bautizó así la famosa trama corrupta del Partido Presunto por el apellido español del jefe del tinglado, Francisco Correa. Quizá hoy, tras las conversaciones interceptadas por la policía, donde los conjurados se refieren a los presuntos regalos enviados por ellos a Rita Barberá, la alcaldesa de Valencia, la acción policial se hubiera llamado "Handtasche", en honor a los bolsos de Vuitton con que dicen que era agasajada por la banda.

Es la última que le ha caído al pobre Rajoy, que ya no se atreve a aparecer por ninguna rueda de prensa, ni para decir que todo lo que le está ocurriendo es un ataque coloxal. Por ello envía a sus cospedales a culpar de sus males a la prensa, a los jueces, a los policías, en lugar de cortar por lo sano en su propio partido.

Y mientras, desde dentro continúa recibiendo el implacable fuego graneado de su sucesora, Esperanza Aguirre, que acusa a Rajoy de haber cometido un error aceptando la nueva financiación autonómica. ¡Qué larga agonía, Señor!
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Segunda meditación para hoy:

Las reacciones a mi post de ayer por parte de la feligresía facha es la constatación de que la exposición continuada al humo del incienso y de las velas acaba secando las neuronas, como el humo de la madera de roble seca la cecina de León. Yo creía haber explicado que resultaba muy sospechoso el "presunto" (¡anda, como el PP!) intento de quemar la iglesia de Majadahonda con una chapuza que se detectaba hasta por el olor a gasolina. ¿Cui prodest? ¿A quién beneficiaría un incendio de la iglesia? ¿Por qué no se ha vuelto a hablar del asunto? ¿Cómo va la investigación?

...Y sin embargo, la incapacidad lectora de quienes tienen atiborrado el cerebro de fantasías de dioses y demonios que luchan entre sí (lo del infierno sí que es un bonito incendio) les ha llevado a la conclusión de que yo proponía quemar iglesias. Qué le vamos a hacer, ese es el material humano con el que tenemos que trabajar. Muy al contrario, yo propongo confinar en ellas a los fieles con calentura para que recen mucho por todos nosotros, pecadores. Así, a buen recaudo todos ellos, entretenidos en orar a los tres dioses y a la madre de uno de ellos por su salvación, evitarán la tentación de jugar a las víctimas colocando bombas incendiarias chapuceras con las que acusar luego a los pacíficos ateos como yo.