Fuego amigo

Pues que jueguen solos

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El fútbol estuvo muy mal visto entre la progresía de la postguerra por el uso que el régimen hacía de él, por lo que significaba de espita semanal con la que aliviar la presión, donde podíamos llamar hijoputa a gritos, sea al  arbitro o al adversario, sin que la policía te detuviese inmediatamente. Gracias a la teoría del pan y circo, íbamos agachando la cabeza toda la semana, a la espera de la ración dominical, lo que impacientaba a los que confiaban en la pronta llegada de la dictadura del proletariado. Lo maravilloso de la instauración de la democracia es que desde entonces ya podías decir que te gustaba el fútbol sin correr peligro de que los del comité central te expulsaran del partido.

Eso sí, siguió habiendo equipos de derechas y de izquierdas, nacionalistas y antinacionalistas, y uno era seguidor de un equipo según su adscripción social o territorial. El equipo del régimen por antonomasia, el Real Madrid, vestía de blanco primera comunión, el color de la virtud. El Atlético parecía haber aprovechado para su uniforme las lonas presidiarias de rayas que cubrían los colchones de borras de lana, duros y sin pedigrí, como los propios jugadores atléticos.

Los deportistas siempre fueron y son nuestros héroes de carne y hueso. Ya en los juegos olímpicos de la antigua Grecia los triunfadores gozaban de un prestigio mayor que los gobernantes, y eran pagados a veces con casa y alimentos para toda su vida. Como hoy, vamos. Así que entre la juventud nunca ha dejado de crecer el prestigio de los deportistas de élite, los líderes a los que imitar. Prueba de ello es que ganan más dinero con la publicidad que con sus sueldos, lo que debería obligarles a ser más prudentes en sus manifestaciones y actitudes públicas.

El éxito del Barcelona, por ejemplo, se debe a una doble virtud: sabe jugar y sabe estar. El Real Madrid (aunque supongo que no es porque se trate del equipo del hijo de Rajoy) prefiere el estilo bronca política, como el papá del niño. Y no lo puedo remediar. Cada vez que veo por televisión a Mourinho, su entrenador, se me pone el mismo mal cuerpo que cuando sale Mariano por el telediario. Me dan ganas de esconderme debajo de la mesa, porque los dos me miran siempre de mal humor, como a punto de echarme una bronca, con ese gesto patibulario, de desprecio, como acusándonos de que todo lo estamos haciendo mal, excepto ellos. En realidad creo que a ambos les gustaría jugar solos.