Fuego amigo

Las guerras no son para los demócratas

 

Las dictaduras, los regímenes cuyos gobernantes no están obligados a validar sus decisiones ante ningún parlamento, son extraordinariamente eficientes en el ejercicio de la violencia. El asesinato o la guerra relámpago, ese invento que en manos de Hitler alcanzó la perfección, escapan al control de jueces y demás estructuras fiscalizadoras del estado. Un buen día decides invadir Polonia, y lo haces sin previo aviso, sin tener que aguantar los reproches de tus adversarios. Cuando las cosas se hacen mal, hay que hacerlas bien.

 

En democracia, por el contrario, cabe la posibilidad de que hasta el presidente Camps acabe respondiendo ante la justicia por delitos que en el franquismo no solo no constituían cohecho sino que eran considerados una virtud. Si esto es por unos trajes, no digamos nada de las cautelas necesarias para declarar una guerra, con el riesgo geoestratégico que supone y los gastos millonarios que conlleva. Mucho más que tres trajes.

 

Hitler se zampó Polonia utilizando el efecto sorpresa. Las democracias, en cambio, televisamos el debate previo, y avisamos al enemigo con meses de antelación, como ocurrió con Irak, Afganistán y ahora Libia. Les anunciamos el número de soldados, aviones, barcos y tanques que vamos a emplear en la invasión, incluyendo detalles de su nuevo blindaje, para que así el enemigo cuente con el tiempo suficiente para añadir más kilos de dinamita a sus explosivos.

 

Lo más gracioso es que también les anunciamos el calendario de nuestra retirada, una vez que dejamos los países en manos de gobiernos corruptos. De esta manera tienen tiempo para echar unas partiditas al mus, al frescor de las trincheras, a la espera de que el campo quede despejado. Cuestión de paciencia.

 

Lo que demuestra que las democracias y yo estamos preparados para hacer el amor, pero no la guerra.