Opinion · Otras miradas

¿Cuántas vidas?

María García Bueno

Miembro de Anticapitalistas, diputada en el Parlamento Andaluz y miembro de la Comisión de Medioambiente

María García Bueno

Área de Ecosocialismo y Ecología de Anticapitalistas

Juanjo Álvarez

En los últimos años se están poniendo en marcha varios proyectos de ganadería intensiva en la forma de macro-granjas, establecimientos en los que se crían animales para consumo en enormes cantidades y con formas de maltrato que son ya casi inherentes al mismo modo de producción. Las macro-granjas son la última forma que ha adoptado – por el momento – la explotación animal para el consumo de carne. Pero su impacto no acaba ahí; en segundo lugar tenemos que llamar la atención sobre la acumulación de grandes cantidades de urines, que producen nitratos; estos, cuando superan unos límites asumibles por la masa vegetal, se filtran a la tierra y contaminan las aguas, con efectos peligrosos, especialmente para los lactantes. En tercer lugar, la tecnología utilizada, con un altísimo consumo energético, está lejos de ser positiva para el entorno rural, que ya sufre una endémica despoblación y que ve como industrias contaminantes vienen a hacer una forma de competencia desleal, produciendo más barato a costa de arruinar el medio en el que se insertan. Y más aún: continúan en la dinámica de sobreproducción de carnes para un mercado que ya está saturado y que dista de ser beneficioso en términos de salud pública; muy por el contrario, la OMS afirma que la carne roja es probablemente cancerígena[1].

Vacas lecheras estabuladas en una granja. EFE
Vacas lecheras estabuladas en una granja. EFE

¿Por qué, entonces, esta forma de explotación continúa? Los datos económicos parecen tener la clave. Sólo en Castilla la Mancha se ha duplicado la producción de cerdo, que “ha pasado de exportar 54.523 toneladas de porcino en el año 2013, en el que facturó 156,07 millones de euros por ello, a 94.899 toneladas hasta noviembre del pasado 2017, por valor de 262.598 millones[2]. Una vez más, una rentabilidad económica alta vuelve a pasar por encima de los intereses sociales, laborales y ecológicos y, por supuesto, de la consideración del bienestar animal. Un rendimiento económico que, como ha denunciado tantas veces el movimiento ecologista, es la primera causa de la crisis ecológica y que ataca de forma igualmente directa a la democracia. David Llorente, diputado de Podemos en Castilla la Mancha, ha venido denunciando precisamente el trato de favor a la empresa Incarlopsa a raíz de una denuncia de dos veterinarios que fueron expedientados al denunciar maltrato animal en sus instalaciones. La administración, en este caso la Junta de Castilla la Mancha, habría actuado “al dictado” de la empresa, según sentencia judicial. Y es que cuando la dinámica del capital se impone, también las normas básicas quedan dañadas.

Existe una noción interesante que Marx apuntó en El capital, aunque apenas la desarrolló, y es la de “metabolismo sociedad naturaleza”. En la concepción de la naturaleza del pensador alemán, la posición del ser humano es conflictiva porque es, al mismo tiempo, parte de la naturaleza – naturaleza subjetiva – y, al mismo tiempo, se relaciona con el resto de la naturaleza como una realidad externa de la que puede apropiarse, de la que tiene que obtener los recursos para subsistencia – naturaleza objetiva. Que el marco de la actividad de apropiación de la naturaleza acabe siendo tan amplio como para desbordar los ecosistemas y producir una degradación generalizada del entorno era una posibilidad que, en tiempos de Marx, no parecía real y sólo se podía imaginar en un plano teórico. Que este desborde fuera articulado por la dinámica mercantilizadora del capital, era, no hace falta decirlo, mucho más fácil de predecir desde los postulados del marxismo. Hoy, dos siglos más tarde, la idea del metabolismo sociedad naturaleza, que consiste precisamente en el control del impacto de la actividad humana en la naturaleza objetiva, es más necesaria que nunca, porque lo que era impensable se ha hecho cierto y la peor de las posibilidades se ha materializado: la crisis climática, la crisis energética, la degradación ambiental o la pérdida de biodiversidad nos obligan a reconocer que, como sociedades, hemos perdido la capacidad para controlar nuestra relación con la naturaleza a la que pertenecemos y de la que dependemos.

Esta cuestión aterriza con claridad en el crecimiento de la macrogranjas. Formas de explotación animal, laboral y ambiental que son globalmente dañinas a ojos de cualquiera, sin necesidad de un conocimiento experto, y que sin embargo persisten y obtienen la connivencia de los poderes públicos, subordinados a la lógica de creación de mercados y obtención de beneficios. Hoy, pequeños pueblos de diversas partes del estado ven como su producción ganadera convencional y su acceso a aguas y entornos habitables se ven amenazados por estas industrias que son auténticos infiernos en vida para miles de animales cuya carne es consumida por poblaciones que además sufrirán problemas de salud por este tipo de consumo.

Una relación sana y sostenible de las sociedades con la naturaleza tiene que pasar necesariamente por un consumo mucho menor de carne, puesto que las dietas altamente carnívoras de occidente son dañinas para toda la población y sólo son viables mediante unos niveles de explotación y maltrato animal absolutamente inconcebibles. Pero esta relación pasa por ser capaces de movilizarnos colectivamente para establecer objetivos y principios de uso del territorio y de nuestras formas de producción y consumo. Una organización colectiva que, huelga decirlo, será igualmente necesaria para detener los intereses del capital, que en su crecimiento arrasa el escenario ecológico, la democracia y, en definitiva, la vida misma.


NOTAS
[1]http://www.who.int/features/qa/cancer-red-meat/es/
[2]https://www.lacronica.net/criamos-el-doble-de-cerdos-que-hace-cinco-anos-hablando-solo-77169.htm