Otras miradas

La sociedad del envoltorio

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Javier López Astilleros

El texano Víctor Vescovo consiguió el 28 de abril una proeza inigualable: descendió a 10.928 metros de profundidad con un pequeño submarino, un prodigio técnico de 50 millones de dólares. Este empresario, que se dedica a comprar empresas arruinadas, siente una gran atracción por la aventura. Se ha propuesto además subir a las 7 cumbres continentales más altas del mundo.

Siempre hay un punto de vanidad y de fascinación en el deseo de alcanzar lo que en apariencia es imposible. La obsesión por las cifras en determinados lugares ha dejado un mundo inculto de estepas despobladas, y un sinfín de cumbres intermedias que pocos conocen, porque sus medidas tienen poco que ofrecer.

Pero Vescovo es "un hombre de negocios", y piensa validar el aparato para uso turístico. En su gesta, más técnica que atlética, ha descubierto cuatro pequeñas especies de animales, incluso un pez con la cabeza transparentedescatalogado. Pero no imaginó el auténtico hallazgo: el espectro de una bolsa de plástico y unos envoltorios de caramelos a 11 kilómetros de profundidad.

No debe de sorprendernos, pues no hay lugar en la tierra exento de envases. Es cierto que los envoltorios garantizan nuestra intimidad, y evitan tener que compartir en fruterías y supermercados los virus y las bacterias de nuestros semejantes. Gracias al plástico gozamos de cierta seguridad higiénica, sin promiscuidades reseñables, aislados del tacto de nuestra especie salvo para lo necesario.

Pero la cadena trófica es inocente, y tantos trillones de partículas de plexigás y derivados son interpretadas por los albatros o pardelas como un rico sustento, lo que llena sus estómagos de cientos de coloridas piezas.

Hoy todo explorador está asombrado por la contaminación del sistema. En un Océano de Plástico (Craig Leeson, 2016), Ben Fogle desea grabar a las ballenas azules, en las proximidades de la costa de Sri Lanka. Son moles formidables, majestuosas. Su cuerpo y estómago, es como una enorme cavidad que sintetiza la vida oceánica. Pero algo extraordinario sucedió mientras trabajaban. Miles de piezas y partículas de plástico flotaban alrededor del operador de cámara. La imagen era una inquietante pesadilla. Una sopa de basura envolvía a una criatura prodigiosa, en apariencia ajena a la catástrofe.

La sociedad de la avaricia y el consumo ha globalizado la democratización de la basura. La limpieza es un privilegio, por eso los portaviones del imperio tienen un sistema de gestión de residuos plásticos increíble y fascinante. Estas máquinas de destrucción no execran, sino que pulverizan la materia que genera la actividad de sus máquinas y soldados, hasta convertirla en polvo, lo que reduce los residuos malignos a partículas esenciales e inocuas. El sistema de pulverización está situado en las entrañas de los portaaviones, y se conoce como pirogénesis. Esta afición por la incineración tiene una traducción muy positiva, aunque también es un aviso a cualquiera que se oponga a esta tiranía global.

Este no es el único método para quemar sin apenas contaminar. La pirolisis es un tratamiento termoquímico que se emplea en residuos basados en carbono, y quema sin oxígeno. El resultado es que la contaminación es muy inferior, y puede convertir los desechos en energía.

Pero al final el último depredador acumula todos estos desechos. En las islas Fiyi cocinan con plástico. Lo utilizan para calentar los alimentos. Prefieren hacerlo antes que comprar queroseno. En un Océano de Plástico, aparece la bahía de Manila. Muy cerca de allí, a pocos kilómetros, hay tal acumulación de basura que en los días de calor el metano combustiona, y  genera un aire pestilente y sucio que se extienden por la capital filipina.

El Mediterráneo es uno de los más contaminados del mundo. Turquía y España son los países campeones en vertido de detritus, seguidos por Italia y Francia. El turismo masivo, la incompetencia, y la falta de ambición política, son la causa de esta situación.

No conviene ser agorero, pero es difícil disfrutar de la naturaleza sin algo que lamentar, tal vez porque ya estamos fuera de ella.

La aventura es un reino dirigido por osados touroperadores. Solo hay que seguir las reglas y esperar el turno, previo pago. El viajero escasea, pero el turista abunda y consume los hábitats, sin que en realidad viaje.

Los 50 millones de euros del submarino de Vescovo bien podrían destinarse a investigar, o en concienciar sobre lo nocivo de la sociedad del envoltorio. Incluso los podía invertir en limpiar y dar educación a los niños de la bahía de Manila.

Es cierto que hay que proteger los alimentos y los productos del sol y la descomposición. Es necesaria la incorruptibilidad de lo que ingerimos. Además, la generación industrial y de servicios está acostumbrada a tocar por intermediación. Se dedican enormes recursos en protegernos, aunque muchos de esos envoltorios acaben abandonados justo en el medio donde se creó la vida, desde el útero a la inmensidad oceánica.